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Recuerdo en 'off' de 'Blade Runner'
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María José S. Mayo

La hija del Acomodador

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María José S. Mayo

Recuerdo en 'off' de 'Blade Runner'

Cuando me tomo un cuenco de noodles me pasa como a Proust con su magdalena. Pero no es el pasado el que acude a mi mente.

Foto: Recuerdo en 'off' de 'Blade Runner'
Recuerdo en 'off' de 'Blade Runner'

Cuando me tomo un cuenco de noodles me pasa como a Proust con su magdalena. Pero no es el pasado el que acude a mi mente. Visualizo a Rick Deckard frente a un puesto de comida callejera en ese 2019 de Blade Runner.  

El caso es que la primera vez que la vi creo que no llegaba a los doce años y una de las cosas que más recuerdo es la escena en la que la replicante Pris sumerge su mano en un gran hervidor de huevos cocidos. Con el tiempo me di cuenta de que había escenas mucho más crudas, como cuando Roy sacaba los ojos a su creador, Tyrell (una cabeza artificial que costó nada menos que unos 10.000 euros).

 

Contemplando el gran documental de tres horas y media dedicado a todo su proceso de creación -incluido en su versión definitiva, completísima y metálica- me reconcilié con ese director que soñaba con androides y no con billetes verdes. Menudas balls las de Ridley Scott para no amedrentarse ante los productores y seguir luchando por un proyecto en el que se estaba dejando la vida -su hermano Tony, un fanático de la cinta, dice que volcó todo aquello que les gustaba de niños: cómics, ilustraciones...-. Finalmente, esos días de frenética creación y rodaje tuvieron muchas anécdotas, como cuando todo el equipo norteamericano, harto de que Scott –más acostumbrado a los profesionales británicos- no reconociera su trabajo, se pusieron unas camisetas-protesta con frasecitas del tipo "Yes Guvnor [así le llamaba el equipo], my ass".

Como sabrán, la cinta estaba basada en el relato de Philip K. Dick Sueñan los androides con ovejas eléctricas. Con ese material tan profético, Hampton Fancher elaboró el primer borrador y unos cuantos más hasta que pidieron a David Peoples (menos intelectual, más simple) le diera el toque final. Bueno… Casi. Durante el rodaje, muchos fueron los que metieron mano al asunto. Uno de ellos, el más inspirado, fue Rutger Hauer que, totalmente volcado en su personaje, ideó aquello de que “Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

El caso es que al final las palabras de Dick habían quedado totalmente transformadas en otra cosa. Un futuro en el que el sentido de la vista era el más apreciado. El mencionado asesinato de Tyrell; la prueba Voight-Kampff que analiza el ojo; Roy que dice que “ha visto” o “te veo” en las escenas finales y cuyo ojo suponemos que es el que sale en una de las versiones; la visita al creador de globos oculares… En fin, que la lista es larga.

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Scott versus Ford

Yo me preguntaba durante mucho tiempo: ¿Qué pasaba entre Scott y Harrison Ford? ¿Se llevaban tan mal como dicen? Es aquí donde viene uno de los puntos estrella de los off the record de la cinta. Desde luego que hubo tirantez, pero claro en las entrevistas recientes las cosas se han limado un poco. Al final, cualquiera puede darse cuenta de que en el fondo era un problema de mala comunicación: Scott estaba hasta arriba controlando cada detalle estético y no dialogó mucho con Ford acerca de su personaje, quizá porque confiaba en su experiencia (acababa de rodar el primer Indiana Jones y llamó a Spielberg para que le diese su opinión, que, como imaginarán, era magnífica). Éste no se lo tomó bien y parece que se aisló bastante. No hubo problema: a su personaje le sentó como un guante. Era el perfecto caza-replicantes y el sumun de la masculinidad para muchas féminas. Para mí también.

Era uno de los vértices de un atractivo cuadro interpretativo. Hauer, qué les voy a decir, cortaba la pana; pero en el terreno femenino tampoco se quedaba la cosa atrás. Teníamos, como en la zarzuela, “una morena y una rubia”. Sean Young fue el acertado capricho de Scott, mientras que una jovencísima Daryl Hannah se lo curró de lo lindo para el casting. Inspirada por Klaus Kinski en Nosferatu se presentó hecha un cuadro: ojos ennegrecidos en exceso, cejas exageradas con masilla y unos pequeños movimientos gimnásticos. El papel era suyo.

Pero una de las cosas más apasionantes viene cuando nos muestran todo lo relacionado con la construcción de los planos generales de ese Los Ángeles futuro. Maquetas y más maquetas, dibujos exquisitos y unos cuanto efectos con humo, y se consiguieron momentos impagables, tan alejados del desesperante abuso de una digitalización que todavía se nota demasiado.

Ahora bien, no crean que me voy a despedir sin mojarme en la polémica de si es o no mejor con voz en off. A mí, como a muchos les pasará, me resulta insoportable que después de la impactante muerte de Roy Batty aparezca esa voz diciéndome qué pensar de todo aquello. Por eso, prefiero, sin lugar a dudas, la película sin voz en off. También me rechina ese final entre montañas y claridad, sacado de los restos del rodaje de El resplandor de Kubrick. Sí, me quedo con el Montaje del director, en el que al final Rick Deckard coge un unicornio de papel (el animal que aparecía en sus sueños), se lo guarda en la mano y se va con la chica. Cortante y directo.

No sé qué efecto hipnótico tendrá, pero es de esas películas que no te atreverías a pasar rápido ninguna de sus escenas. Hay que verla íntegra, y, aunque ya sea tarde para ello, si se puede, decir a los que aun no la conocen: “He visto cosas que no creeríais…”.

Cuando me tomo un cuenco de noodles me pasa como a Proust con su magdalena. Pero no es el pasado el que acude a mi mente. Visualizo a Rick Deckard frente a un puesto de comida callejera en ese 2019 de Blade Runner.