¿Envidia de pene? El milagro de 'Transparent'

Ali, la hija pequeña de los Pfefferman, acapara la atención del espectador en la última temporada de la gran serie transgénero

Foto: Imagen de la cuarta temporada de 'Transparent'
Imagen de la cuarta temporada de 'Transparent'

Que una serie como 'Transparent' estrene su cuarta temporada es una gran noticia además de un milagro del audiovisual. Daría lo que fuera por haber visto la cara de los productores de turno escuchando a Jill Soloway, su creadora, exponer su propuesta de guion para que estos compraran su serie. Es lo que en el mundillo se conoce como un pitching. Poneos vosotros mismos en la piel de estos directivos. Imaginad que os proponen una serie sobre una familia cuyo padre es transexual, la hija mayor bisexual poliamorosa, la pequeña pansexual o transgénero, el hijo vive obsesionado con su primera amante – una niñera unos 30 años mayor que él – y una madre heterosexual. Seguramente, sin el sistema de Amazon –que consiste en comprar pilotos y producir las temporadas de aquellos que funcionan– jamás habría sido posible que 'Transparent' se hubiera colado en nuestras pantallas de televisión.

Cada capítulo de 'Transparent' me reconcilia con la vida. Es un regalo para quienes nos sentimos en continua crisis de identidad, para quienes nos negamos a comulgar con que el mundo emocional de algo tan complejo como el ser humano se reduce a un estúpido sistema binario. Para quienes vemos personas más allá de lo que uno tenga entre las piernas o la forma en que se relacione sexualmente con los demás.

Road Movie hacia Israel

Los Pfefferman viajan a Israel con la intención de conocer a la parte de la familia que vive allí. La cuarta temporada se convierte así en una road movie hacia los orígenes de los protagonistas, aunque hay un personaje que acapara especialmente el interés. Ali, la hija pequeña de Maura y Shelly, interpretada por la maravillosa Gaby Hoffmann, descubre en el país de sus antepasados que algo no funciona en su interior.

Aunque la misma Maura baraja la idea de que Ali podría haber heredado el gen de la transexualidad –el personaje de Jeffrey Tambor no es el primer trans de la estirpe de los Pfefferman la realidad es que cualquier mujer con conciencia feminista, o que se cuestiona el sistema en el que vive, puede llegar a sentir desagrado con su condición. No se trata de no querer ser mujer o de no sentirse mujer, sino de no querer ser tratada como un ciudadano de segunda.

No se trata de no querer ser mujer o de no sentirse mujer, sino de no querer ser tratada como un ciudadano de segunda

Cuando Ali aterriza en el Muro de las lamentaciones, y descubre que hombres y mujeres no pueden compartir el mismo espacio, rebasa el límite de su paciencia. Se dirige con paso firme a la parte de los varones, se coloca una kipá y se pasea sin complejos por la zona reservada para el género masculino. No es que quiera ser un hombre, es que quiere tener la misma libertad de movimiento, trato y privilegios que ellos.

El misógino de Freud desarrolló la famosa teoría de la 'Envidia de pene', dando a entender que todas las mujeres querrían tener un falo colgando entre sus piernas. Según el psicoanalista, como la naturaleza nos lo niega, desarrollamos una envidia generalizada hacia el sexo masculino. Esto, claro, convierte a la mitad de la población en seres rencorosos y frustrados por defecto. Por no tener pene. Impresionante.

¿Envidia de pene?

La alemana Karen Horney fue una de las primeras psicólogas feministas que publicó ensayos sobre la salud mental femenina y que se cuestionó algunos planteamientos biologicistas que sus colegas hombres afirmaban con convicción. Fue Horney quien observó que esa envidia de pene freudiana tenía que ver con la desigualdad social entre géneros y no con el miembro viril. Algunas mujeres que tomaban conciencia de su posición en la sociedad, efectivamente, envidiaban el rol del varón y, añadía, esto podía suceder también al contrario.

Precisamente esto es lo que, yo interpreto, le sucede a Ali. Con este giro en el devenir del personaje, Jill Soloway incluye en la serie la diferencia entre ser transexual y ser transgénero. Mientras que el personaje de Maura se entiende a si misma como a una mujer heterosexual habiendo nacido con genitales masculinos, Ali sí parece sentirse cómoda con su sexo biológico pero no con el rol ni la idea generalizada de lo que es una mujer. Al fin y al cabo, el género no es más que una construcción social: si naces con genitales femeninos te agujerean las orejas y te visten con faldas y ropa de color rosa, si son masculinos de color azul. A partir de aquí ancha es Castilla aunque, si logramos deconstruirnos de la cultura mamada desde nuestro primer día de vida, advertiremos que cualidades como la valentía o la virilidad no son patrimonio de los hombres, ni la sensibilidad o la emoción de las mujeres. No debería ser así, al menos.

Me resulta especialmente interesante observar que probablemente Soloway haya encontrado en el personaje de Ali un alterego que cuente su propio viaje personal. El paralelismo entre las transformaciones físicas de ambas es más que evidente:

Tendremos que esperar a la próxima temporada para sacar conclusiones definitivas acerca de la sexualidad del personaje de Gaby Hoffmann. Aunque, sabiendo que ya está confirmada, la espera se hace menos dura.

Chanquete ha muerto
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