la serie que se mira al espejo

'UnREAL' y otros autorretratos televisivos

Este es el asunto: contar lo que pasa delante y detrás de las cámaras de un programa de telerrealidad

Foto: Un momento de la serie que mira a las series, 'UnREAL'.
Un momento de la serie que mira a las series, 'UnREAL'.

En este verano en el que los amantes de las series pasamos el rato despellejando la segunda temporada de True Detective, pero viéndola, buscando alguna producción interesante pendiente o esperando la venida de un nuevo apocalipsis zombi, la producción más inesperada se ha convertido en una de las series del momento. Y quién sabe si del año. Su título, UnREAL. Su premisa, contar lo que pasa delante y detrás de las cámaras de un programa de telerrealidad, de esos en los que una docena de mujeres aspiran a casarse con el hombre de sus sueños. Lo sé, sobre el papel no tiene ningún interés, a no ser que seas amante de ese tipo de programas. Lo cual suele estar bastante reñido con la televisión de calidad.  

Pero UnREAL, que se ha despedido esta semana de su discreta audiencia y regresará en 2016 con una segunda temporada, es capaz de contentar al amante de la “realidad” televisada y al que la detesta, sean cuales sean sus razones. Porque la serie creada por Sarah Gertrude Shapiro y Marti Noxon es una producción dispuesta a desnudar a cada uno de los responsables, trabajadores y participantes en este tipo de programas, que, como queda bien claro desde el principio, viven de alcanzar audiencias descomunales a base de hurgar en las mentes de las participantes de turno. Para el delicado ejercicio de fisgonear en sus motivaciones y sus anhelos frente a ellas se encuentran, aunque no los veamos, psicólogos, consejeros o simples expertos en el arte de la manipulación. Profesionales que viven azuzados por una productora ejecutiva, que premia a aquellos que consiguen buenos momentos para el programa, sin importar qué barrera ha habido que derribar para lograrlos.  

Todo ello sin ningún tipo de escrúpulo ni miramiento, sin consultas a la conciencia, porque el programa sólo tiene un fin, conseguir la audiencia necesaria para que el producto sea recordado en la industria. O al menos esa es la motivación que mueve a Quinn King, a quien sus años de experiencia le han servido para dejar los sentimientos aparcados junto a su coche. Y para recurrir a quien sea necesario para hacerse un nombre, aunque eso implique volver a contar con la problemática Rachel Golberg como una de las productoras. Porque cuando se trata de manipular y buscar lo mejor para el programa, lo peor para el participante, no hay nadie como Rachel. Juntas tratarán de sacar adelante un producto desgastado que, como el soso pretendiente con el que aspiran a casarse las participantes, sólo busca un lavado de cara que lo convierta en algo respetado.   

Admirables y mezquinas

Este descarnado retrato de las miserias humanas y profesionales de uno de los productos más exitosos de la televisión mundial no nace de un interés particular de sus creadores, sino más bien de la terrible experiencia de Shapiro, que durante tres años trabajó en The Bachelor, similar al QQCCMH patrio. A pesar de que la directora y guionista ha explicado que no ha llevado a la pantalla sus propias experiencias, la serie sirve para hacerse una idea, por ligera que sea, de lo que se mueve tras las cámaras de un reality-show. Y lo mejor es que para plasmarlo ha escogido dos personajes femeninos, tan fuertes y admirables como mezquinos y deplorables. Un retrato del siglo XXI sobre la televisión del siglo XXI. Una costumbre que la pequeña y egocéntrica pantalla explota de vez en cuando, sabedora de que para hablar de televisión no hay nadie mejor.  

Según cuenta Saul Austerlitz en su libro Sitcom, a history in 24 episodes from I Love Lucy to Community, la idea de hacer una serie de televisión sobre un programa nació en otro programa, Your Show of Shows, que la NBC emitió a principios de los cincuenta. En él trabajaba el veterano y prolífico Carl Reiner, además de nombres como Mel Brooks, y en él se inspiró empujado por la idea de trasladar el día a día de una sala de guionistas a la pequeña pantalla. En 1960 Reiner grabó el piloto, con él mismo en el rol principal y bajo el título de Head of the Family. Pero la cadena lo descartó y le pidió a Reiner que lo modernizase.

Un año después nacía The Dick Van Dyke Show con un protagonista nuevo que daba nombre al programa, Dick Van Dyke, y Reiner asegurándose su presencia ante las cámaras con un personaje de menor relevancia que la deseaba. En cinco temporadas la producción, que se centraba en la vida y el trabajo del guionista Rob Petrie, se convirtió en una referencia para el género de las sitcom y ganó quince premios Emmy, algo que su inmediata sucesora, The Mary Tyler Moore Show superaría con creces.

Emitida en España con el título de La chica de la tele, la comedia creada por James L. Brooks y Allan Burns logró 29 premios Emmy, siendo únicamente superada por la comedia Frasier. Pero los inicios no fueron fáciles para la pareja de guionistas que crearon a Mary Richards, la protagonista, siendo una mujer divorciada. Demasiado atrevido para la época. Aunque su estado civil tuvo que conformarse con la soltería, Richards fue un personaje clave en la historia de la televisión. Con su carácter, su empeño y, por supuesto, su sonrisa, la productora de las Noticias de las seis se convirtió para muchos en el primer personaje femenino verdaderamente relevante en la historia de la televisión.  

El empeño de Aaron Sorkin

El relevo metatelevisivo de Tyler Moore lo cogió otra mujer, Candice Bergen, cuando se estrenó en 1988 Murphy Brown. Y la producción creada por Diana English también consiguió retratar un personaje femenino para recordar, que se convirtió en cuestión de Estado cuando los guionistas decidieron hacer de ella una madre soltera. Ya en los noventa The Larry Sanders Show, la fracasada Lateline o por qué negarlo, Un chapuzas en casa trataron de reflejar el día a día de una redacción de noticias, o de otro tipo de programa, con más intención de entretener que de plantear retos morales al espectador. Bueno, casi todos.

En 1998 debutaba en la pequeña pantalla el guionista de películas como Algunos hombres buenos o Malicia, Aaron Sorkin, que antes de ser venerado por su retrato sobre la Casa Blanca dio sus primeros pasos en el medio con Sports Night. Ambientada en la redacción de un programa deportivo la producción, que sólo duró dos temporadas, tuvo tiempo, entre gags e historias menores pero interesantes, para reflexionar sobre las miserias de la televisión y el periodismo, con los directivos y sus crueles cláusulas como principales causantes de los males del medio. Un esquema que, a grandes rasgos, ha mantenido en su quizá involuntaria trilogía televisiva, que completaron Studio 60 en 2006 y The Newsroom seis años después.

El escenario cambió, y de los deportes pasó a los entresijos de un late-show y posteriormente a una redacción de noticias. Pero las intenciones y las aspiraciones de Sorkin, incluso sus diálogos, han sido los mismos durante dieciséis años: señalar los males del medio, que somete la creatividad de sus empleados, de aquellos que la hacen posible, a los deseos y los intereses de aquellos que llenan sus bolsillos con ella y sólo la ven como una máquina de hacer dinero. A pesar de que la mejor de las tres, Studio 60, dio muestras de un enorme potencial en sus primeros episodios, la serie no pasó de su primera temporada. Más allá de que su coste era inversamente proporcional a sus audiencias, una de las razones por las que la NBC decidió terminar con la serie probablemente fue que para hablar de televisión ya tenían en su cadena una comedia, más simpática y menos moral, 30 Rock.

La televisión moderna

La comedia creada por Tina Fey, que en nuestro país se emitió, y se maltrató, con el título de Rockefeller Plaza se centraba en un programa similar al Saturday Night Live, en el que ella misma había trabajado años antes, y en su abnegada guionista jefe. Pero como sus predecesoras, Fey se preocupó por hacer de Liz Lemon un personaje provechoso, y reflejó los retos a los que se enfrenta una mujer adulta soltera en su trabajo en la industria televisiva. Y todo ello además de ofrecer un ácido retrato de las estrellas del medio, regalarnos personajes inolvidables y convertirse en una referencia ineludible para cualquier amante del género metatelevisivo.

Un género que en los últimos años, y hasta la llegada de UnREAL, ha recuperado el personalismo de antaño con un último giro de tuerca: estrellas de la televisión que ya sea como ellos mismos o con roles que se asemejan a sus carreras, narran su búsqueda de una nueva oportunidad en el mundo de la televisión y, cómo no, la crueldad del medio. Matt LeBlanc y Lisa Kudrow, que alcanzaron la cima televisiva con Friends, son él mismo y Valerie Cherish en Episodes y The Comeback.

La primera se estrenó en 2011 y narra las desdichas del famoso actor, que continúa explotando su lado inocente, después de que los años, y las series, pasen y ni su cuerpo ni su cuenta corriente sean las que fueron en sus mejores tiempos. En la segunda, que ha “regresado” este año y ha conseguido una nominación al Emmy a la mejor actriz de comedia, la historia es un poco más amarga, y la superficial y egocéntrica Cherish puede terminar resultando cargante en su intento de protagonizar la serie Seeing Red, la versión ficticia de sí misma. La metatelevisión al cuadrado. Parece evidente que, cuando se trata de hablar de uno mismo, la pequeña pantalla no conoce límites.

Desde Melmac
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