'Manhunt: Unabomber': la serie del hombre que luchaba contra el progreso es una pasada

El canal norteamericano Discovery ha llevado a la televisión los últimos años de la investigación del famoso terrorista de los años noventa

Foto: Paul Bettany como Ted Kaczinsky, en una de las imágenes más reconocibles del terrorista.
Paul Bettany como Ted Kaczinsky, en una de las imágenes más reconocibles del terrorista.

Un mes antes de que José María Aznar ganase las elecciones generales de 1996, en una solitaria cabaña del estado de Montana, fue detenido Theodore John Kaczynski. Terminaban así 17 años de búsqueda del hombre conocido como 'Unabomber', responsable de 16 paquetes bomba que acabaron con la vida de tres personas e hirieron a 23. Casi dos décadas de historia, durante las cuales el FBI vivió momentos complicados, y los medios de comunicación se convirtieron en invitados inesperados del particular tira y afloja que Kaczynski mantuvo con la agencia. Una apasionante historia que Discovery Channel ha convertido en una serie de televisión aún mejor, bajo el título de ‘Manhunt: Unabomber’. Una producción compuesta por ocho episodios que ya podemos disfrutar en nuestro país gracias a Netflix.

Con el actor británico Paul Bettany en el papel del enigmático terrorista, tras las cámaras nos encontramos con Greg Yaitanes, director de series como ‘Banshee’ o ‘House’ entre muchas otras. ‘Manhunt: Unabomber’ narra los últimos años de la investigación que consiguió identificar y detener al autor de los atentados que aterrorizaron a todo un país. Para hacerlo, su creador, Andrew Sodroski, se centra en la labor que llevaron a cabo los investigadores que trabajaron en el caso y en el personaje que interpreta Sam Worthington (‘Avatar'), el agente del FBI Jim Fitzgerald. Que si bien fue crucial para la investigación, no fue el único responsable del exitoso desenlace, como podría deducirse tras ver la producción.

El empujón final

‘Manhunt: Unabomber’ arranca describiendo el engranaje mediante el cual alguien deja una carta, o un paquete, en un buzón y llega a su destinatario. El propio Kaczynski es el encargado de narrar la mecánica que envuelve al sistema postal, primero con nostalgia, luego con mala leche y más tarde con la descarnada crítica con la que justificaba sus actos. “Eres una oveja porque lo único que puedes hacer es obedecer”, narra poco antes de que uno de sus artefactos estalle en el segundo piso de un edificio de oficinas. Un rápido y certero recordatorio de la mentalidad y el 'modus operandi' del hombre en el que se centra la producción.

La acción comienza en 1997 con el agente Fitzgerald, que vive en una cabaña en el norte de California, recibiendo la visita de Don Ackerman, uno de los jefes del FBI. Kaczynski lleva meses detenido, pero el FBI necesita su ayuda para que el terrorista se declare culpable, y enterrar así definitivamente la posibilidad de que la defensa alegue enfermedad mental para evitar la prisión. O evitar que el juicio se convierta en un 'circo mediático' que le dé al terrorista el micrófono que tanto ansía.

La narración del regreso de Fitzgerald a la investigación que cambió su destino se alterna con su llegada al caso en 1995. Entonces, dos hombres del FBI interrumpieron una celebración familiar para esclarecer su particular currículo (fue durante 11 años policía local) y pedirle que trabajase en el caso de Unabomber. Una decisión que no fue fácil pero que, una vez tomada, absorbió cada minuto de su vida.

Sam Worthington, en el papel del agente Fitzgerald.
Sam Worthington, en el papel del agente Fitzgerald.

El manifiesto de Kaczynski

Cuando Fitzgerald se sumó a la búsqueda del terrorista, sus predecesores llevaban años buscando a un hombre relacionado con aerolíneas, probablemente “mecánico de Cincinnati”. El agente no tardó en desterrar ideas previas que tenían poco fundamento, pero que quizás habían sido demasiado importantes a la hora de afrontar la investigación. Y aunque sus superiores no parecían dispuestos a empezar desde cero, el bueno de Kaczynski, oculto tras el grupo terrorista FC con el que firmaba sus cartas, estaba ahí para echarle un cable enviando un nuevo paquete al 'New York Times'. Afortunadamente, no se trataba de una nueva bomba, sino de 56 páginas mecanografiadas que, con el título 'La sociedad industrial y su futuro', contenían la filosofía de Unabomber.

Para Kaczynski, la revolución industrial y sus consecuencias eran “un desastre para la humanidad”, ya que este sistema obligaba a la sociedad “a comportarse de un modo que está cada vez más alejado de los patrones naturales de la conducta humana”. Según el autor, además de influir en el “proceso de poder” propio de cualquier ser humano, este veía amenazadas sus libertades por culpa del desarrollo de la sociedad tecnoindustrial. Un discurso que auguraba un colapso social y ecológico, que a mediados de los noventa resultaba más disparatado de lo que podría parecer hoy.

Paul Bettany, en el papel de Ted Kaczynski.
Paul Bettany, en el papel de Ted Kaczynski.

Genio terrorista

La particular mente del terrorista, que llegó a Harvard para cursar sus estudios superiores con 16 años, albergaba un coeficiente intelectual de 167 (el de Einstein era de 160). Pero sus habilidades intelectuales le impidieron desarrollar sus aptitudes sociales, y nunca terminó de encajar en aquellos ambientes donde los que le rodeaban eran mayores que él.

En la prestigiosa institución educativa, tal y como escribió el historiador Alston Chase en ‘Harvard and Unabomber’, formó parte del experimento subvencionado por la CIA denominado MK Ultra. Unas pruebas con las que trataban de desarrollar nuevas técnicas para interrogar y torturar a sospechosos, para analizar posteriormente sus respuestas al estrés. La experiencia vital que, según los expertos, llevaría a Kaczynski a desarrollar la tecnofobia sobre la que construyó los cimientos de su filosofía.

El poder de la palabra

“Este es un mensaje del grupo terrorista FC. (…) Al 'New York Times' le ofrecemos un trato. Si publican nuestro manifiesto, desistiremos permanentemente de toda actividad terrorista”. Con este mensaje, Unabomber trataba de asegurarse la difusión de sus ideas sin el sesgo de los medios de comunicación, pero a través de ellos. Bob Guccione, editor jefe de 'Penthouse', se ofreció rápidamente a prestar sus páginas para dar a conocer el texto.

Pero las autoridades estaban ocupadas discutiendo la conveniencia de acceder a los deseos de Kaczynski. Fitzgerald tenía clara su postura: la publicación del manifiesto permitiría que alguien reconociese el habla y las ideas del terrorista, y esto les ayudaría a identificarlo. Para llegar a esa conclusión, el agente había estudiado minuciosamente el escrito del terrorista, pero también todas las cartas que había enviado en los últimos 20 años. Unos textos que le servían para hacerse una idea de la peculiar psicología del autor, al que consideraba una mente privilegiada.

Los violentos años noventa

A lo largo de casi seis horas de metraje, ‘Manhunt: Unabomber’ ofrece un detallado retrato de sus dos protagonistas principales, con Fitzgerald como hilo conductor, y Kaczynski aumentando su presencia en la narración conforme esta avanza. Un relato tan complejo como interesante que, a pesar de su discreta presencia en la parrilla televisiva veraniega, ha cosechado excelentes críticas. Aunque tampoco han faltado aquellos que, como el exagente Greg Stejskal, se han apresurado a aclarar que la excesiva presencia de Fitzgerald en todos los hechos relevantes del caso corresponde a las licencias narrativas más que a la realidad. Y al hecho de que el agente, asesor de medios desde hace años, haya trabajado con los guionistas de la producción para construir la historia.

A pesar de esta licencia creativa, que no resulta excesiva, ni amable, aunque sí oportuna, la producción es una pasada de docuserie que sin fuegos de artificio ni escenas de acción desarrolla una investigación atractiva que consigue enganchar al espectador. Y que desea volver, según Yaitenes, para narrar algunos de los eventos más terribles de los años noventa, como la matanza de Waco, el atentado de Oklahoma o los ya televisivos hermanos Menéndez y O.J. Simpson. Qué espanto de década y qué bien está quedando en la pequeña pantalla.

Desde Melmac
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