"Hay una tribu, la de los gafapastas, que impone los criterios culturales"

En CT o la Cultura de la Transición (Ed. Debolsillo) el periodista Víctor Lenore escribe que "los madrileños Camela, rumba multiplatino, fueron ninguneados durante años por
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    En CT o la Cultura de la Transición (Ed. Debolsillo) el periodista Víctor Lenore escribe que "los madrileños Camela, rumba multiplatino, fueron ninguneados durante años por la prensa y por la industria seguramente porque sus discos reflejaban una España poco fashion, cool y europea". Camela serían, pues, un buen ejemplo de cómo la cultura más popular está siendo despreciada por los medios de masas.

    Víctor Lenore.- Recuerdo estar trabajando en La Razón y escuchar que un subdirector del periódico le pedía a un periodista, hoy columnista en El Mundo, que hiciese una entrevista a Camela. Su respuesta fue la típica: "¿Y qué hago yo con esos? ¿Atracamos una gasolinera?" Me dio tanta rabia que me ofrecí voluntario.

    Creo que es cuestión de esnobismo, o directamente de clasismo, ya que se busca marcar distancias con la gente de barrio

    En la charla me contaron que la megatienda de discos Madrid Rock se negaba a ponerlos en su lista de ventas, aunque eran el artista que más cedés despachaba. También lamentaban que casi nadie quería entrevistarles y cuando lo hacían el texto tenía "deslices" freudianos, como poner "Choni" en vez de Dioni o decir que eran un grupo de gitanos, cuando en realidad ninguno lo es (por descontado, Camela no tiene nada contra los gitanos, pero el detalle revela cierta mentalidad de la prensa). Para mí, son como nuestros Ramones: canciones sencillas, directas, que intentan atrapar una emoción. Por encima de eso, obviamente, está el criterio objetivo de que venden muchísimos discos, más que la mayoría de artistas que copan los dominicales. ¿Qué motivo puede haber para que se les margine? Creo que es cuestión de esnobismo, o directamente de clasismo, se busca marcar distancias con la música que disfruta la gente de barrio, los que más han sufrido los procesos de desposesión que se pusieron en marcha con los triunfos del PSOE. Poco a poco me he ido dando cuenta de que muchos artistas con los que se identifica la gente más humilde son ninguneados por los medios. También es el caso de Óscar Mulero, seguramente el mejor DJ que hay en España, del que apenas se hacen reportajes o entrevistas. Se le ve como "el pincha de los polígonos", cuando está haciendo la mejor música techno del país y además trabajando con frecuencia en el extranjero.  

    Esteban Hernández. - Sí, estamos en una sociedad que ha asumido como normal una mirada clasista. Lo ves en televisión, donde muchas de sus series y de sus programas de telerrealidad hacen burla de unas clases bajas (esa gente que viste ropa de Carrefour…) siempre representadas a través de sus estereotipos más negativos. Es una tendencia cultural que, como dices, se deja sentir también en la música, y que tiene algo de peculiar.

    El esnobismo contemporáneo no es más que una versión cínica del clasismo

    En las décadas centrales del siglo XX había una llamativa apelación paternalista en los medios de masas a las virtudes de las clases populares (“gente pobre pero honrada, inculta pero trabajadora”) que hoy ha sido convertida en su contrario. La clase popular es algo de lo que se debe huir a toda costa, una suerte de agujero negro que absorbe a los perdedores. No es extraño que esa mirada haya cristalizado en la música. Pero no sólo en los ejemplos que cuentas, también dentro de los géneros esa división subsiste. Por ejemplo, el rock indie mira con enorme desprecio al hard, al punk o al garage, estilos de macarras por completo alejados de la sensibilidad que exige el arte. Sí, el esnobismo contemporáneo no es más que una versión cínica del clasismo.

    Pero eso no significa que debamos eliminar los criterios formales. Si trabajas en un medio de comunicación de masas, uno de cuyos criterios de selección, y probablemente el más importante, es el del éxito, estás obligado a hablar de Camela y además deberías hacerlo manejando elementos objetivos y no desde un cinismo tea party

    Wilco suenan ya igual que Dire Straits y Radiohead son nuestro equivalente a los Pink Floyd más plúmbeos

    Sin embargo, cuando hablamos de suplementos culturales, medios especializados y valoraciones críticas, entran en juego otras cuestiones más allá de las ventas. Por seguir con los ejemplos que propones, a Camela se les debe valorar por su validez formal dentro del estilo que practican, y no por si venden más o menos discos. No toda negación de validez estética es clasista. Del mismo modo que no debemos minusvalorar a Camela o a Óscar Mulero por la procedencia social de sus receptores, tampoco debemos glorificarlos porque gozan de éxito o porque vienen de la calle.

    V. Lenore.- Yo hablo del éxito comercial como criterio que te obliga a cubrir de alguna manera lo que hacen esos artistas, no a poner bien cada uno de sus discos o directos. De hecho, uno de los problemas de la crítica musical es basarse demasiado en el gusto, cuando es un asidero bastante precario y moldeable. ¿Quién reivindica ahora a El Inquilino Comunista, uno de los grupos más alabados de los noventa? No creo que nadie se haya puesto a escuchar ese disco en los últimos diez años. Empiezas defendiendo el buen gusto y acabas por no darte cuenta de que Wilco suenan ya igual que Dire Straits o que Radiohead son nuestro equivalente a los Pink Floyd más plúmbeos (la crítica indie ha acabado por defender los valores artísticos que más odiaba). Respecto al macarrismo, ahora se está dando el fenómeno de rizar el rizo, con revistas como Vice intentando ser más salvajes que nadie. Es la clásica actitud del pijo malote, que podemos resumir en "qué fuerte, tía, mira a quien estoy entrevistando". Un día quedan con alguien de Amanecer Dorado, el partido neonazi griego, otro se meten en un campo de entrenamiento militar palestino, lo que importa es el rollito escándalo (impactar más que aprender). Con lo de las series de televisión supongo que te refieres a Aida, La que se avecina o similares. Yo las veo como la continuación del humor Bruguera, un poco pasado por la brocha gorda de Telecinco. Encuentro más clasismo en los programas de telerrealidad como Gran Hermano", Mujeres y hombres y viceversa, CallejerosPrincesas de Barrio, donde se intenta que la audiencia se sienta sofisticada comparándose con la gente más freak y psicológicamente inestable que pasa por los cástings. Pero, vamos, yo soy periodista musical, prefiero hablar de mis cosas...

    Si eres de clase media o popular y se te nota, es que eres alguien cutre a quien los tiempos han pasado por encima

    E. Hernández.- Si el criterio de un medio, y así ocurre con los de masas, es dar cuenta de lo exitoso, no puede hacer excepciones porque no le gusten cómo visten los autores o porque quien compra el álbum lo haga en una gasolinera. Lo del gusto es otra historia, porque tampoco soy partidario de que en la selección a través de la que se hacen (o se intentan hacer) visibles los productos culturales, deban jugar sólo criterios como el éxito o las preferencias particulares del tipo que escribe. Pero eso nos llevaría a otro debate, tan amplio o más que este.

    Y estoy de acuerdo en lo del tema del macarrismo pijo. El problema, desde mi punto de vista, no es que medios como Vice apuesten decididamente por él, sino que se trata de una tendencia que los medios más influyentes de ese estrato han adoptado como marca de modernidad. 

    A esta clase de medios la obra les da igual, lo que les interesa es el personaje. Buscan personalidades indómitas, excitantes, y poderosas a las que acercarse, una clase de sujetos que les fascina. Al mismo tiempo, si eres alguien de clase media o de clase baja al que se le nota su lugar social de procedencia, eres definitivamente alguien cutre a quien los tiempos han pasado por encima. Más o menos como Camela.

    Por eso me preocupa poco ese subjetivismo estético que citas, porque creo que detrás de ese remitirse a gustos puramente personales (y sin necesidad de ulterior justificación) de críticos y periodistas residen este tipo de tendencias que tienen un marcado carácter social.

    La plaga moderna sigue teniendo todo el poder, todo el prestigio y toda la legitimidad cultural

    V. Lenore.- Para mí lo que puede resultar interesante de esta conversación es dejar claro que la crítica cultural no sirve para nada si no toma en cuenta las estructuras sociales de poder.  El problema que tenemos encima, para hablar claro, podría llamarse la plaga moderna. Me refiero al hecho de que hay una tribu urbana (los hipsters, gafapastas, modernos o como quieras llamarlo) que impone su criterio cultural al resto, sin dejar resquicios para otras propuestas. Su música es la que manda en Radio 3 y El País, la que suena en los anuncios, en Deportes Cuatro y en los festivales masivos del verano. Con los festivales pasa lo mismo que hace veinte años con los museos de arte contemporáneo: toda ciudad que se pretenda importante tiene que tener uno, donde programan al mismo tipo de artistas además (al menos, esto pasaba antes de la crisis). La plaga moderna sigue teniendo todo el poder, todo el prestigio y toda la legitimidad cultural. Sus criterios son esnobs y clasistas: solo hay que ver la polémica que se creó en el Festival de Benicassim por incluir a Julieta Venegas. No hay que ser muy listo para adivinar el problema que tenían con ella:  "¿Qué pinta en mi festival una sudamericana de radiofórmula?". El indie lo que busca, inconscientemente o no, es distinguirse. Por eso les repatea tener que escuchar la misma música que su asistenta. Los modernos no se consideran a sí mismos una tribu urbana de la misma manera que los pijos no se consideran una tribu urbana. Simplemente se ven como gente con criterio, que sabe en qué consiste la buena vida. Son como esas abuelas que dicen "¿Pero tú a que le llamas ser pijo? ¿A vestir bien?".

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