"Mejor encender una vela que maldecir la oscuridad", Confucio.

La primera colisión entre ingleses y españoles se dio a causa del posicionamiento de los primeros en el contencioso de las guerras de religión que enfrentaban a católicos contra calvinistas en el territorio de las Provincias Unidas, área en la que estaría comprendida hoy, con algunas variaciones, la actual Holanda.

No se le puede negar a aquella España el mantenimiento de una iniciativa constante en el plano militar. Como consecuencia de ello, se dieron algunos lances bastante ignorados, pero que merece la pena recordar por su trascendencia histórica y por su mensaje, tan asimétrico al que vive hoy el país.

En aquellos años, algunos proyectos de invasión de las islas británicas fraguaron y otros se fueron al traste por imprevistos o inadecuada planificación. Era una idea harto contemplada, pero que se dio de bruces constantemente con el Cantábrico y las procelosas aguas del Golfo de Vizcaya. El mar diezmaba de manera inmisericorde flotas, marinos, tercios, recursos y esperanzas.

Un siglo de continuos intentos de invasión

Allá por el año 1585 los ingleses se habían posicionado claramente al lado de los protestantes. En el contexto de la guerra que se desplegó a la postre, atacaron a una Cádiz desprevenida, entraron con nocturnidad y de puntillas en la bahía destruyendo íntegramente en un audaz golpe a la flota española allá fondeada. Como consecuencia de aquel correctivo, Felipe II quiso lavar la afrenta y diseño e implementó varios intentos de invasión con diferente suerte.

Aunque ya había sendos precedentes en las invasiones castellanas durante la Guerra de los Cien Años (las dos expediciones de Fernando Sánchez de Tovar), en los que estos se hartaron de incendiar y saquear ciudades costeras en el sur de Inglaterra, es en el siglo XVI cuando los enfrentamientos entre las partes cobran mayor virulencia. Para muestra, unos botones.

El mensaje que se había dado a los isleños, no dejaba lugar a dudas; no podían estar seguros en su fortaleza atlánticaEn 1595 Juan de Amésquita ya había tocado tierra en la Bahía de Mounts en la costa de Cornualles. El audaz desembarco tuvo como resultado el incendio de varios pueblos costeros, la puesta en fuga de las milicias locales y la incautación de un importante botín a los sorprendidos lugareños. Pero lo realmente destacable de todo esto fue que la insularidad inglesa había sido violada una vez más por los españoles y el mensaje que se había dado a los isleños no dejaba lugar a dudas: no podían estar seguros en su fortaleza atlántica.

Dos años mas tarde, allá por 1597, a la altura de septiembre y después de capear una dura tormenta, una flotilla de siete navíos desgajada de otra principal desembarcó accidentalmente en Falmouth cuando tenia que haberlo hecho a un centenar de kilómetros del lugar. El caso es que después de darles un susto de muerte a los locales, ponderaron la posibilidad de acercarse a Londres, impregnados de una muy merecida euforia. Ciertamente la apuesta era de calado pero podía acabar en desastre. Finalmente imperó la cordura y días después de generosas barbacoas e ingesta más que razonable de cerveza local, decidieron levantar el campamento y retornar .

Socorriendo al pueblo irlandés

Algunos años mas tarde, España, en su intento de desestabilizar a su eterno enemigo, llevaría a más de cuatro mil hombres en ayuda de los clanes católicos irlandeses. Estos habían solicitado al paladín de la cristiandad, Felipe II, ayuda en su enfrentamiento contra Inglaterra. La hambruna estaba devastando la pequeña isla (los ingleses habían practicado la táctica de tierra quemada) y eran harto frecuentes los casos de canibalismo. La desaparición de los soldados de su majestad de manera subrepticia era bastante frecuente y muchos de ellos acababan en medio de una sabrosa guarnición de las afamadas patatas locales o convirtiéndose en antimateria.

Una de las batallas mas famosas de la época se libró en las inmediaciones de la bella ciudad sureña de Cork, en un punto donde la maniobra era compleja para ambos ejércitos y que solo permitía pequeñas escaramuzas en detrimento de los grandes enfrentamientos.

Los ingleses, conscientes de que el enfrentamiento les podía acarrear serias complicaciones, optaron por negociar a pesar de su superioridad numéricaEn la Nochebuena del año 1601 comenzó la batalla de Kinsale entre un heterogéneo grupo de voluntariosos irlandeses que habían acudido en ayuda de los españoles y los soldados de su graciosa majestad. Los locales habían llegado después de una marcha forzada de cerca de trescientas millas desde el norte y estaban agotados, cuando no directamente incapacitados, incluso para intervenir en una mera trifulca domestica. Un rosario de escaramuzas libradas contra los ingleses los habían puesto en una situación límite. La exhausta tropa fue diezmada y huyó a los pantanos próximos impidiendo así que la caballería enemiga los rematara. Esta triste retirada de los irlandeses no recompensó sus denodados esfuerzos por acudir a la batalla y a su compromiso con Felipe II, pero al menos cumplía una función de distracción que permitió a los españoles formar una defensa compacta.

La situación de tablas en el campo de batalla era más que evidente pues la superioridad en potencia de fuego y entrenamiento de la tropa hispana era notable. Los ingleses, conscientes de que el enfrentamiento les podía acarrear serias complicaciones, optaron por negociar a pesar de su superioridad numérica y ofrecieron una rendición honrosa a sus adversarios. Juan del Águila y sus tercios entendieron que en una guerra de desgaste se verían superados por los ingleses y por la inclemente meteorología; además no estaban garantizados los suministros. Se impuso la cordura y una tregua con la consiguiente retirada de los españoles que pudieron reembarcarse con todo su bagaje, armamento y estandartes a la península sin más incidentes.

Se volvía a romper el mito de la inexpugnable insularidad inglesa una vez más. Trescientos años de guerra entre los peninsulares e isleños prácticamente ininterrumpidos, crearían una amplia literatura en lo relativo a hechos de armas que no se puede abarcar en unos párrafos. España era, por entonces, la referencia del poder.