La familia ante el bullying o acoso escolar

Si hacemos memoria y echamos la vista atrás, seguramente todos podamos recordar algún niño con el que se “metían” en el colegio de forma reiterada: Quizás
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La familia ante el bullying o acoso escolar
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    Si hacemos memoria y echamos la vista atrás, seguramente todos podamos recordar algún niño con el que se “metían” en el colegio de forma reiterada: Quizás le insultaban, se burlaban de él o le dejaban fuera de las actividades, y posiblemente esto “corría a cuenta” de alguno de los niños o niñas más populares de la clase. ¿Cómo nos sentíamos nosotros ante estas actuaciones? ¿Sufrimos nosotros mismos éste tipo de cosas? ¿Llegó a considerarse como un verdadero problema, donde algún profesor o el Centro tomaron medidas, o simplemente se “asumió” como parte de la dinámica general de la clase, sin que los adultos intervinieran?

    Hoy en día, recordar estos días de colegio puede ayudar a que los padres aborden el tema del bullying o acoso escolar con sus hijos. Recordar estos sentimientos puede ayudarles a comprender mejor a sus hijos y las cosas que les pasan en la escuela. También desde ahí les resultará más fácil ayudarles a que puedan empatizar con la víctima, darles recursos para que puedan hablar con un profesor o adulto de confianza en el centro escolar, o incluso detectar si sus propios hijos son quienes están siendo víctimas de acoso. Pero, ¿cuáles son los indicadores que pueden ayudar a que los padres detecten que el problema requiere intervención?

    Los niños se pelean, se enfadan y discuten. Sin embargo, cuando existe de forma sistemática y reiterada en el tiempo una violencia y abuso de un niño (o adolescente) o de un grupo de ellos hacia otra u otras personas, en concreto en el ámbito educativo, podemos hablar de bullying o acoso escolar. La víctima, que termina en situación de inferioridad, se siente indefensa y sin capacidad para defenderse o actuar en modo alguno. Se sentirá atemorizada ante la idea de acudir a la escuela y posiblemente aparezcan un bajo estado de ánimo, notas más bajas, dificultades para concentrarse o dormir… 

    Se abusa de varias maneras

    El niño que acosa suele ser un líder, popular en la clase y que puede contar con el “apoyo” de otros compañeros. Las conductas de abuso tienen lugar en las horas de patio, en los cambios de clase, a la salida del Centro… es decir, en aquellos momentos donde hay menos control por parte de profesores o adultos que puedan poner límites. Cada vez más, también, a través de las redes sociales, como Tuenti o Facebook, que son cada vez la forma de comunicación por excelencia entre las nuevas generaciones. Estamos ante un niño con una marcada incapacidad para empatizar, no pudiéndose poner en el lugar de la persona a quien le está infringiendo un daño.

    Respecto a las conductas de abuso, pueden ser de varios tipos: manipulación (presentando una imagen negativa y distorsionada de la víctima ante el resto de la clase), amenazas, coacciones (cuando el acosador pretende que la víctima realice acciones contra su voluntad, ejerciendo un sometimiento), exclusión social, marginación, intimidación (induciendo miedo al niño), agresiones, faltas de respeto, ataques a la dignidad (burlas, ridiculizaciones, motes, humillaciones),…

    La víctima terminará siéndolo, posiblemente, sólo por tener algún rasgo diferente (raza, religión, forma de vestir, de hablar, altura,…). Al verse sometido a este tipo de situaciones de forma reiterada, posiblemente terminará sintiéndose sin saber qué hacer o a quién acudir, bloqueado y pensando que no haya salida. Es posible que llegue a sentir que merece lo que le está pasando (los niños agresores escogen como víctimas a niños inseguros y/o con baja autoestima) o tenga miedo a posibles represalias, a que no le crean o vergüenza, lo que quizás haga que pase mucho tiempo antes de que el niño o la niña víctimas puedan hablar con un adulto, bien sea con un profesor o sus propios padres. Su desarrollo, tanto en lo emocional como en lo escolar, se verá seriamente dificultado o incluso imposibilitado.

    Por eso es fundamental que, si los padres están preocupados porque piensen que a su hijo o a alguno de sus amigos les puede estar pasando esto, puedan hablar desde la confianza y la comprensión, intentando entender la situación y tomando después las  medidas oportunas. Que el niño haya podido hablarlo con sus padres es tremendamente valioso y hay que reconocérselo como algo muy positivo. Ahora lo siguiente es que se pueda hablar en la escuela: sería importante que el niño pudiera contarle cómo se siente a algún adulto de confianza en colegio.

    La actitud de los padres, clave para afrontar el conflicto

    Respecto a los padres, es importante que, a pesar de la angustia y ansiedad que puedan sentir al ser conocedores de algo así, puedan ir a hablar con el Centro (con el tutor o Jefe de Estudios, alguien que pueda conocer bien el ambiente en la clase) con la mayor calma que les sea posible. Desde ahí, se debe garantizar la seguridad del menor (mediante medidas de protección hacia la víctima y de sanción hacia el agresor). Los padres pueden pedir que se les informe de las medidas que se van a tomar, quedando ellos “al margen” de estas medidas para evitar enfrentamientos directos (con el niño agresor o su familia). También es recomendable que soliciten reuniones periódicas. Es importante que los padres puedan confiar en las acciones que va a realizar el centro, para poderles transmitir esta tranquilidad a sus hijos.

    En el caso de que los padres sigan temiendo por la seguridad de sus hijos una vez llevados a cabo estos pasos, pueden acudir a las Asociación de Madres y Padres (AMPA) o al Servicio de Inspección Educativa. Si la situación no puede detenerse o el daño producido ha sido muy grave, existe la posibilidad de cambio de centro, pero siempre debe ser una última medida, ya que supondría que todo lo anterior ha fallado y estarían retirando al niño del contexto que (en teoría) le ampara. Si los papás consideran que necesitan ayuda, es más que recomendable que puedan consultar con un especialista que les ayude a ellos y al niño, para poder trabajar la autoestima, la asertividad y las relaciones sociales.

    No podemos perder de vista las medidas de prevención: la educación en valores, empatía y en el respeto de las diferencias son fundamentales para que éstas situaciones no se produzcan. También el que los papás puedan enseñar a los niños a defenderse y hacerse respetar (desde la palabra), a no reírse cuando se meten con un compañero y a poder acudir a un adulto si sienten que ellos no pueden hacer nada para dar fin a la situación. Todo esto será más fácil si existe una relación de confianza suficientemente buena entre padres e hijos y si los niños tienen una autoestima lo suficientemente sólida (ahí los papás pueden ayudar valorando sus cualidades positivas y potenciándolas, ayudándoles también a aceptar sus dificultades). Por último, es imprescindible dar valor a lo que nos cuentan los niños, para que puedan sentirse escuchados y entendidos.

    Relación Padres e Hijos
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