El estudio que revela la clave de nuestro mundo (y por eso vivimos tan mal)

Estaban analizando los datos de una investigación sobre el bienestar en diferentes edades cuando repararon en una explicación con la que se puede entender casi todo lo que ocurre

Foto: Demasiadas preguntas y sólo una respuesta: compite. (iStock)
Demasiadas preguntas y sólo una respuesta: compite. (iStock)

Un estudio publicado en el 'Journal of Clinical Psychiatry' asegura que la juventud no es la mejor época de la vida y que las personas más felices son las de más edad. La investigación fue realizada por la Universidad de California y analiza los datos de 1.546 personas del área de San Diego (EEUU), de edades comprendidas entre los 21 y los 99 años.

Sus conclusiones van en contra de ideas muy comunes en nuestra sociedad, como que la vejez es una época oscura, ya que el declive físico lleva aparejados cambios de humor que empujan hacia la depresión y el mal humor. Hay estudios con conclusiones similares, como el realizado por el profesor de Economía de la Universidad de Warwick Andrew Oswald, según los cuales la felicidad tiene forma de U: empezamos a sentirnos infelices después de los 20 años, y mejoramos nuestro bienestar paulatinamente hasta los 70 años.

Jóvenes y viejos

Sin duda, los condicionantes físicos son importantes para los mayores, además del deterioro cognitivo que sufren, pero según el estudio, las generaciones con más años son más fuertes, ya que poseen niveles más altos de bienestar, satisfacción y felicidad. Por el contrario, el grupo de edad que va de los 20 a los 30 años se siente más presionado, muestra más estrés y cae con más frecuencia en la depresión.

Existe una presión comparativa constante: te fijas siempre en los demás y te sientes mal porque no logras el mismo éxito que ellos

La investigación, por tanto, sugiere que a medida que las personas envejecen la salud mental mejora. Aunque no existan datos definitivos, suena plausible, asegura en declaraciones a la revista 'Time' uno de los autores del estudio, el psiquiatra Dilip Jeste, director del Centro de Envejecimiento Saludable en la Universidad de California, ya que “las personas mayores manejan mucho mejor pequeños factores estresantes de la vida y acumulan algo tan valioso como la sabiduría: son emocionalmente más estables, más compasivos, se conocen mejor a sí mismos y toman decisiones sociales más inteligentes”.

Presión social

La investigación incluye otros aspectos menos positivos. Cuando reparan en las causas de la infelicidad de los más jóvenes, encuentran que “existe una presión comparativa constante: te fijas siempre en los demás y te sientes mal porque no estás logrando el mismo éxito que ellos; es como si tuvieras un montón de oportunidades que no estuvieras aprovechando”. Jeste señala que este tipo de estrés aparece con frecuencia entre los veinteañeros, y que se hace más intenso dado que coincide con la edad en la que se realiza el aterrizaje en la vida adulta, se termina la etapa de formación y se inicia la laboral, y la vida emocional no está aún asentada.

Los resultados que se consigan importan menos que el hecho de haber quedado o no por encima de las empresas rivales

Para Jeste, esta presión añadida proviene de un entorno que está sumido en cambios notables, ligados al desarrollo de la tecnología, la globalización, el incremento de la competencia en la educación superior y la transformación del rol de las mujeres en la sociedad, que afectarían más a los jóvenes que a las edades mayores, menos afectadas por cambios que les pillan ya un poco lejos.

La descripción de Jeste revela algo más, porque esa presión comparativa es habitual en todos los terrenos de nuestra vida, sea cual sea la edad que tengamos. Se trata de una constante: las dinámicas y las ideas sociales y laborales nos introducen en escenarios comparativos continuos que inducen a la autovigilancia. La competencia, que es la esencia de nuestro sistema económico, supone exactamente esto, a cualquier nivel: en el terreno empresarial implica una puesta en relación de las compañías con las de su entorno, en la que los resultados que se consigan importan menos que haber quedado o no por encima de las firmas rivales; existe la competencia interna, esa que lleva a intentar que las compañías mejoren sus resultados año tras año; y también ocurre en el campo laboral, donde los aspirantes a un empleo tratan de aportar mejores cualificaciones y acreditaciones académicas, y en el que quienes cuentan con un empleo son sometidos a instrumentos de medición y de evaluación muy precisos que les obligan a mejorar los resultados profesionales que ofrecieron en trimestres anteriores y a sobrepasar los de aquellos que ocupan puestos similares.

Vivimos sometidos a una exigencia continua para cumplir con la imagen que queremos ofrecer de nosotros mismos o con la que se nos demanda

A estas presiones se suman la del estatus, en la que todo el mundo compite por tener un coche, una casa, una pareja, una yate, una megamansión o cualquier otro bien más grande o más distinguido que el de los demás; la física, en la que el atractivo del cuerpo es un bien que es considerado objeto comparativo, y la de las relaciones sociales, en las que se aspira a integrarse en un círculo de conocidos y amigos que sea más prestigioso que el del resto.

Corriendo sin parar

Vivimos mal, sí, sometidos a estrés, a autoexigencia para satisfacer la imagen que queremos ofrecer de nosotros mismos (y la que los demás esperan de nosotros, o nos exigen), y a un sentimiento de escasa valía y de depresión si no logramos los objetivos que el entorno nos fija. Como para vivir bien… Las generaciones mayores tienen una existencia más tranquila, en ese sentido, porque ya están más o menos fuera de la rueda o porque esta competencia continua les da igual.

De modo que, más que la globalización, los cambios en las costumbres y excusas similares, lo que nos produce insatisfacción e infelicidad es el estado habitual de las cosas, ese vivir en la cinta de correr mirando a los lados para ver si el que está a tu lado corre más deprisa o durante más tiempo.

Tribuna

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