El caso del rector plagiador y lo que se oculta detrás

Los males de la universidad española van mucho más allá de la polémica suscitada alrededor del rector de la Rey Juan Carlos. Hay problemas graves, pero resultan mucho menos visibles

Foto: Fernando Suárez, durante su toma de posesión como rector de la URJC. (EFE)
Fernando Suárez, durante su toma de posesión como rector de la URJC. (EFE)

Siegfried Kracauer, uno de los autores que mejor estudiaron la Alemania de entreguerras, señalaba en 'Los empleados' (Ed. Gedisa) un aspecto de aquellos años, quizá menor, pero que es especialmente frecuente en nuestra época, como es la tendencia a fijarse en los casos más llamativos en detrimento del análisis del conjunto: “Aunque su protesta sea, entre tanto, sincera y a menudo fructífera, dicha intelectualidad hace que el cuestionamiento le resulte sencillo. Pues, en general, solo se exaspera ante los casos extremos: la guerra, las sentencias crasamente desacertadas, los disturbios de mayo, etcétera, sin juzgar la existencia normal en su inapreciable horror. No es la propia estructura de esa existencia lo que la impulsa al gesto de la rebelión, sino única y exclusivamente alguna de sus irradiaciones que resultan visibles en la distancia. Ella no se dirige, pues, realmente al núcleo de lo dado, sino que se circunscribe a los síntomas: ataca las deformaciones manifiestas y olvida la sucesión de pequeños acontecimientos a partir de los cuales se compone nuestra vida social normal y como cuyo resultado deben entenderse aquellas deformaciones”.

Los cambios en los criterios de evaluación del profesorado endurecen las condiciones e insisten en un modelo muy ineficaz

Las frecuentes críticas, por otra parte lógicas, a Fernando Suárez, rector de la Universidad Rey Juan Carlos, por haber plagiado varios trabajos de investigación (hecho que, sin duda, le inhabilita para el cargo), se suelen realizar a costa de pasar por encima de aquellos elementos cotidianos que revelan los problemas estructurales en los que el mundo universitario está inmerso. La polémica puntual suele oscurecer lo importante, y así ha ocurrido en este caso, que ha provocado que elementos notablemente relevantes estén pasando desapercibidos:

Malos criterios de evaluación

Los cambios en los criterios que utiliza la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (Aneca) para valorar a los académicos son de gran calado. Implican el endurecimiento de las condiciones para la mejora en la carrera profesional, lo cual supone una mayor dificultad para quienes tratan de salir de una situación precaria (con obvias consecuencias personales), pero sobre todo implica la profundización en un modelo ineficaz de gestión universitaria. Una vez más, las habilidades docentes son despreciadas, y se insiste como criterio fundamental en la publicación de artículos de investigación en revistas que no lee nadie y cuya importancia social, e incluso académica, es entre escasa y nula.

Lleva a lógicas perversas como sugerir a los autores de los 'papers' qué investigaciones deben citar

Recientemente, el filósofo y escritor César Rendueles se preguntaba en Twitter lo siguiente: “¿Os imagináis cuántos premios Nobel NO se habrían acreditado con estos criterios?”. Otro usuario recordaba que, con esas exigencias, el filósofo y matemático Kurt Gödel no habría pasado de ayudante doctor. La pregunta que muchos se hacen es: ¿para qué estudiar aquello que no va a proporcionar réditos en forma de prestigio académico?

Redes de poder

Como siempre que se genera un cuello de botella para acceder a una posición, se favorecen la picaresca y el establecimiento de mecanismos que, como todos los de control, benefician al que está arriba y perjudican a los que están abajo, salvo a aquellos que se pliegan a las reglas de los primeros. El caso del grupo de investigación del CSIC del que hablamos recientemente es sintomático, en cuanto pone de manifiesto las herramientas blandas (que no solo son invisibles, sino que gozan del respaldo callado del sistema) que garantizan la concentración de poder: solo se publica aquello que ya se ha medido, por lo que aquello que queda fuera de los márgenes establecidos —y de las metodologías y cosmovisiones preponderantes— es silenciado. Lo que lleva a lógicas perversas como sugerir a los autores de los 'papers' qué investigaciones deben citar (y, por lo tanto, apoyar, gracias a los factores de impacto) y a una sutil selección.

La “fuerza de trabajo móvil e hipercompetitiva” puede parecer buena para la ciencia, pero solo es una carrera suicida que favorece la zancadilla al compañero

Un investigador anónimo explicaba en 'The Guardian' cómo los doctorandos se ven obligados a lo mismo que solían hacer aquellos que querían ser artistas: viven durante años en una permanente inseguridad (financiera, personal), encadenando contratos temporales y sueldos bajos, con la esperanza de que algún día alcanzarán su objetivo. Es la vieja metáfora de la zanahoria y el burro, con la diferencia de que, como el caso del rector ha mostrado, su trabajo sirve, en última instancia, para reforzar el poder de los escalones más altos y no el propio. Como explicaba el investigador, la “fuerza de trabajo hipercompetitiva y tremendamente móvil” puede parecer buena para la ciencia, pero tan solo es una carrera suicida que favorece la zancadilla al compañero.

Control ideológico

El profesor titular de Economía, Ética y Ciencias Sociales en la Universidad de Barcelona, Félix Ovejero, señalaba en Facebook un aspecto evidente: "Ustedes revisen dónde cobra cada cual, qué departamento universitario me invita, con qué colegas mejor no me debo enemistar, qué reseñista me reseñará, en qué revista quiero publicar, quién revisará mi 'paper'.. .Y se explican la evolución de las ideas mejor que con Dan Sperber, Dawkins y cosas así... La independencia de criterio de los intelectuales está muy sobrevalorada…".

Se invierten mal los recursos, ya que se contratan expertos en la gestión con sueldos elevados mientras que se rebajan los de los docentes

En un artículo reciente, el periodista y exprofesor universitario Andrés Villena reseñaba cómo estos “colegios invisibles” están soportados por esas revistas, que son las más valoradas en las evaluaciones, “que están controladas por los mismos modelos teóricos, de manera que producir algo diferente y que sea publicado se convierte en una tarea improbable”. De este modo, la repetición de las ideas se convierte en la constante, y salirse del marco establecido, aquel que interesa a quienes ocupan lugares dominantes, supone cerrar cualquier puerta al progreso académico.

No hay dinero

La ausencia de recursos para educación, que distan mucho de ser los suficientes, se agrava en un país como el nuestro, acuciado por las necesidades de ajuste del déficit. El resultado es que las universidades, públicas y privadas, se enfocan hacia dos objetivos, la reducción de los gastos y la generación de ingresos, de modos a menudo torpes. Se pone más énfasis en el 'marketing', en vender a la universidad, en situarse en los 'rankings', y en concentrarse en materias y en cursos que puedan atraer más alumnos, que en mejorar la calidad de la enseñanza. Como aseguraba Terry Eagleton, al final se acaban programando cursos sobre vampiros porque siempre hay quien está dispuesto a pagar por pasar un buen rato. Y, además, se invierten mal los recursos, ya que se contratan expertos en la gestión con sueldos elevados mientras que se rebajan los de los docentes, a menudo a través del establecimiento de figuras administrativas cuyas funciones reales distan mucho de las que figuran en el papel.

Terry Eagleton.
Terry Eagleton.

Los profesores, los nuevos bohemios

Los colegios e institutos tampoco viven una situación mucho mejor. La precarización del profesor es común en todos los campos, en la medida en que los recursos han disminuido y la gestión ha sido desigual. Significativo es el caso de los interinos en regiones como Murcia, donde se han generado tapones imposibles de hacer desaparecer de la noche a la mañana debido al despido de miles de profesores y una tasa de reposición que impedía que se pudiesen realizar nuevas contrataciones. Esta situación ha conducido a muchos profesores a encadenar interinidades de meses por toda su comunidad con la esperanza de que algún día el esfuerzo sea rentable.

Ese es el gran problema: la asunción por parte de profesiones que tienen en sus manos la formación de la sociedad y la investigación del país de principios que tradicionalmente eran asumidos por una élite bohemia y artística que canjeaba años de inestabilidad financiera y personal por un hipotético éxito.

Una llamada de atención

En definitiva, los problemas de la universidad y de la enseñanza son lo suficientemente amplios y graves como para tomarlos en consideración. El caso de un rector que realiza una práctica nada ética debería ser una llamada de atención para comenzar a arreglar los problemas serios que sufre el mundo del conocimiento en lugar de convertirse en un arma arrojadiza para las redes que termina agotándose en sí misma.

Tribuna

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