Juan Luis Cebrián, la doble vida del Darth Vader del periodismo español

Las memorias del fundador de El País desvelan un caso agudo de bipolaridad periodística. Jordi Évole le ha realizado una tensa entrevista en Salvados

Foto: Juan Luis Cebrián y Darth Vader (montaje: Carmen Castellón)
Juan Luis Cebrián y Darth Vader (montaje: Carmen Castellón)

Hay una página (estrella) en las nuevas memorias de Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944) que circula estos días por grupos periodísticos de WhatsApp, generando todo tipo de emoticonos de perplejidad. Cuenta Cebrián que a principios de julio de 1976, dos meses y medio después de la salida de 'El País', el periódico publicó una información exclusiva sobre la causa oculta del sorprendente ascenso de Adolfo Suárez, nombrado presidente del Gobierno días antes.

“El nombramiento se debía a presiones de la banca, verdadero poder oculto detrás del trono. No se trataba de una acusación indiscriminada, y se apuntaba con toda claridad al Banco Español de Crédito y a su presidente, Pablo Garnica, como el muñidor de la conspiración”, resume Cebrián sobre el contenido del reportaje. La información había llegado al periódico vía José María de Areilza, ministro de Asuntos Exteriores y aspirante frustrado al puesto de Suárez. Ocurre que la noticia era falsa, algo que Cebrián sospechó desde el primer momento...

'El País' comenzó a consagrarse como un contrapoder a base de cumplir una máxima bien conocida de nuestra profesión: 'No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje'

La tesis me pareció fascinante, aunque dudé mucho de su veracidad… Yo estimaba que no se habían cumplido los mínimos requisitos profesionales en la elaboración del reportaje: no se habían chequeado las fuentes y carecía de todo rigor la comprobación de los hechos... Jesús de Polanco desconfiaba también que fuera cierto, pero con el realismo que le caracterizaba comentó: 'Si non è vero, è ben trovato', rememora Cebrián en 'Primera página. Vida de un periodista 1944-1988' (Debate, 2016).

Pues dicho y hecho: la información se publicó... y arrasó. "Fue el segundo gran éxito del periódico... Se agotaron los ejemplares en muchos quioscos y los empleados de Banesto hicieron decenas, no sé si centenares, de fotocopias que distribuyeron entre las sucursales… Poco tiempo después constaté que las extendidas sospechas sobre el rigor de la información eran fundadas... Aunque el poder de la banca en general, y el de Banesto en particular, resultaba muy grande, la conspiración que el reportaje atribuía a sus gestores nunca existió. No obstante, gracias al artículo creció la popularidad e incluso la credibilidad del diario, que comenzó así a consagrarse como un contrapoder a base de cumplir una máxima bien conocida de nuestra profesión: 'No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje”.

Lo cuenta Cebrián en sus memorias, sí, y se queda tan ancho. El mismo Cebrián que hace unos días hizo una defensa del “periodismo profesional” porque estamos “en un momento muy confuso, en el que crece la posverdad. En definitiva, la mentira y la confusión”. El mismo Cebrián que reclama en los tribunales 8,2 millones de euros a El Confidencial para que deje de publicar informaciones sobre sus negocios. Maravilloso todo.

Cebrián con un casco de Darth Vader en una portada de 'Jot Down' que no llegó a publicarse
Cebrián con un casco de Darth Vader en una portada de 'Jot Down' que no llegó a publicarse

Más allá de que en todas las redacciones cuecen habas y de que Cebrián no es el único director del mundo que ha publicado información falsa alguna vez, la anécdota sobre Adolfo Suárez sirve para resumir el regusto que deja la lectura de sus memorias: Cebrián tiene una escisión mental digna de estudio, la diferencia entre lo que dice y lo que hace y entre el cómo se ve él y cómo le ve el resto del mundo es acusada; sufre una versión aguda de la pérdida de contacto con la realidad característica del bloque progre que lideró los rumbos culturales del país desde la Transición, hasta que la crisis y el 15-M quebraron su relato.

Esta bipolaridad se manifiesta de diversas maneras en el texto. Cebrián arranca con una petición de disculpas por escribir una biografía -"uno de los actos más genuinamente narcisistas”- porque “la suposición de que nuestra vida interesa a alguien más que a nosotros mismos o, en todo caso, a nuestros familiares y allegados, me parece del todo gratuito”, lo que no es óbice para que luego dedique varias páginas a recordarnos -venga o no a cuento- su estupenda relación con numerosos mandatarios internacionales, como si supusiera que le va a interesar a alguien más que a sí mismo.

Cada semana da un titular. Ya sea con demandas o con libros. Y ahora lo de Évole. Parece que le guste ser el puto Darth Vader. ¿Qué cree, que va a salir bien parado?

Su autobiografía está, en definitiva, sobrada de falsa modestia. Cebrián intenta convencernos de que sigue siendo uno de los nuestros, un periodista cualquiera, pero al mismo tiempo no para de resaltar su trascendental labor de fontanería en la España de los últimos cuarenta años; apoyándose en, por cierto, anécdotas de trastienda en las que sí merece la pena detenerse:

Sobre su etapa como jefe de informativos de TVE en 1974: “Se acercaba el 18 de julio… Para celebrar la fecha, tenía lugar en los jardines de la Granja un magno festival artístico bajo la presidencia del dictador. Era uno de los espectáculos favoritos de Franco. Muchos pensaron que dadas las circunstancias lo lógico era suspender la españolada, pero el ilustre enfermo comentó que, ya que ese año no podía asistir, lo vería por televisión… El ministro convocó entonces un sanedrín de alto nivel al que acudimos todos los responsables de la empresa y en el que alguien sugirió que se enviara un equipo móvil a la Granja y retransmitiera el acto por un enlace especial al hospital madrileño en el que estaba internado Franco. Así este podría verlo y creería que se trataba de una emisión ordinaria, mientras que para el resto de los españoles se retransmitiría una película de calidad… Desde dentro del régimen se articulaba ya un sistema de engaños al propio Generalísimo tendente a garantizar el entramado de intereses tejido en torno suyo. Al final se aprobó la propuesta de retransmitir, solo para aquel privilegiado espectador, el charivari musical patriótico. Afortunadamente alguien, creo que el propio Pío Cabanillas decidió que aquello era un contrasentido y no se perpetró la farsa”.

Portada
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Sobre el juicio del 23-F: “Tuve la fortuna de que un par de redactores de una agencia cuyo director mantenía contactos con los golpistas se mostraran dispuestos a hurtar una copia [del sumario] y entregármela, lo que hicieron a cambio de una promesa, que cumplí, de incorporarlos a nuestra plantilla. Yo había participado en muchos foros sobre ética periodística en los que frecuentemente se planteaba la cuestión de si es lícito robar documentos como práctica del periodismo de investigación, en definitiva sobre si en honor a la libertad de informar el fin justifica los medios. En aquellas circunstancias no me asaltó ninguna duda al respecto”.

Sobre Manuel Fraga, promotor, accionista y pieza clave del lanzamiento de ‘El País’: “Amigos comunes me contaron que habían asistido a una cena en la que [Fraga] se definió a sí mismo como ‘un liberal que fusila’. Yo había aprendido a guardarle cierto respeto, y aun admiración, tras las largas y frecuentes charlas que mantuve con él en la embajada en Londres, pero el poder le había transformado nuevamente en un monstruo autoritario”.

'La democracia soy yo' es el trasfondo delirante típico de las memorias de las estrellas de la TransiciónMuy interesante, sí. El problema es que cada vez que el director icónico de 'El País' menta la Transición... su bipolaridad se dispara. Lo que Cebrián viene a decir todo el rato y sin querer es algo así como: "Yo solo soy un humilde deshollinador, pero la heroica Transición la hicimos entre media docena de prohombres como yo". Ya saben: las libertades democráticas no se las debemos a movimiento social alguno, sino al cebrianismo, al juancarlismo y al resto de ismos personales e intransferibles. Mirada (canónica) sobre la Transición digna de un parque temático de Disney sobre democracias tuteladas: se empieza diciendo que la democracia la gestamos entre cuatro en el reservado de un restaurante de la Castellana y se acaba teniendo una visión patrimonial de la misma. O 'la democracia soy yo' como trasfondo delirante típico -voluntario o involuntario- de las memorias de las estrellas de la Transición. Puro delirio bonapartista, sí, pero desde el máximo consenso y la máxima modestia. De ese estado mental hiperbólico a la borrachera de poder hay un paso... que Cebrián ha dado sin despeinarse, de la jefatura de 'El País' a la de Prisa, pero del que no hay rastro alguno en sus memorias...​

Resumiendo: no es que el fundador de 'El País' no sea una figura relevante -sería absurdo negarlo- es que su negativa a asumir la parte mas sombría de su carrera, abusos de poder incluidos, convierte el tono de sus memorias -de la modestia artificial a la camaradería periodística- en algo impostado y desconcertante. Si Cebrián se quitara sus máscaras, el libro ganaría. Y si escribiera menos plano, también.

El lado oscuro de la fuerza

Uno tiene la sensación de que existen dos cebrianes; y que el Cebrián bueno ha marginado durante la elaboración de este libro al calcetín de su mano derecha/el Cebrián malo: al margen de su pillería con la información sobre Adolfo Suárez, apenas nos deja entrever su lado oscuro, pese a que la luz que emite hoy día al exterior sea cada vez más tenebrosa.

Hace unos días mantuve una conversación de barra de bar con un periodista de 'El País'; resumió así el estado del cebrianismo a esta hora de la mañana: “Cada semana da un titular. Ya sea con demandas o con libros. Y ahora lo de Évole. Parece que le guste ser el puto Darth Vader. ¿Qué cree, que va a salir bien parado?”. A falta de saber si Jordi Évole le hace un traje este domingo en 'Salvados', una cosa está clara: Cebrián fue abducido hace tiempo por el lado oscuro de la fuerza (sea o no consciente de ello).

Nuestro hombre posó hace tiempo para la revista 'Jot Down' con un casco de Darth Vader en la mano. La fotografía, que debería haber salido en portada, no fue publicada. ¿El supuesto motivo? Alguien pensó en Prisa que no era buena idea que se le asociara con un malvado icónico. Pero quizá no era tan mala idea... Si Cebrián decide escribir otras memorias centradas en su turbulenta etapa como Consejero Delegado de Prisa, debería asumir de una vez su rol como Darth Vader del periodismo español; o el Pedro J. progre. Sería un libro mucho más sexy.

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