el oficio del escritor

Muñoz Molina recibe el masaje de su vida

RTVE emite el documental 'Antonio Muñoz Molina. El oficio del escritor', dentro de su serie 'Imprescindibles', donde se ensalza hasta lo inenarrable al autor de 'El jinete polaco'
Foto: Anonio Muñoz Molina, José Manuel Lara, Jordi Pujol y Marta Ferrusola
Anonio Muñoz Molina, José Manuel Lara, Jordi Pujol y Marta Ferrusola

En 1991 Antonio Muñoz Molina recibió el premio Planeta a un metro de distancia de Jordi Pujol. Al entonces 'president' se le ve tan contento que uno diría que los 50 millones de pesetas con que estaba dotado entonces se los acaban de dar a él. Y quizá -según sabemos hoy- era así.

La imagen puede revisarse en 'El oficio del escritor', un insustancial y sonrojante documental que RTVE ha dedicado al reconocido novelista.

Se trata de un cuento de hadas canónico, narrativa convalidatoria de la de toda la vida. Lo que se convalida, obviamente, es el sistema.

Según esta cantinela inocente y empática, cantinela que oímos a menudo de boca de actores y músicos, el triunfador siempre pasaba por allí, iba a acompañar a un amigo, él mismo no aspiraba a nada, era pobre, era humilde, tuvo en verdad mucha suerte, le salió sin querer.

Es decir: el triunfador podría haber sido usted; todavía puede ser usted. El sistema, salomónico, reconoce el talento verdadero. Hay que creer en él.

El triunfador podrías haber sido tú; todavía puedes ser tú. El sistema, salomónico, reconoce el talento verdadero. Hay que creer en él

El documental mismo se propone como un ramillete de clichés de muy difícil digestión. Tenemos la voz cascada y afectadísima que lee extractos -no particularmente destacados- de la obra del autor, planos saturados y nostálgicos de calles y de personas con libros en la mano, imágenes de archivo con reyes, princesas y Pujoles asintiendo ante discursos morales irrebatibles; aparte del pueblo llano, que también se enriquece con las palabras pronunciadas por el escritor en una charla o en un homenaje.

Completa el documento material grabado para la ocasión. La mujer, el hijo y un joven amigo conversan con Antonio Muñoz Molina en lo que parece su propio domicilio. Nadie menos adecuado que la familia y los discípulos para sacarle palabras nuevas a un escritor, pues lo que nos ofrecen esos tres encuentros parecen las sobras de una larga conversación que ya languidece. Las mismas preguntas de la esposa y el hijo y el amigo joven suenan como hechas después de que Muñoz Molina dé sus respuestas, generando un clima intelectual desvaído y recalentado, y una intimidad un tanto inoportuna.

No aprende uno cosa alguna de Antonio Muñoz Molina en 'El oficio del escritor', aparte de que no pareció querer nunca nada y de que sigue siendo un hombre sencillo, puro en su vocación, que va a la biblioteca pública y gusta de escribir en un rincón (sic), seguramente con un lapicero muy pequeño.

La historia, desde luego, se puede contar de otra manera.

Muñoz Molina en su contexto

Antonio Muñoz Molina debutó de clásico, desde arriba, siendo un caso sintomático de la cultura española en los años noventa, donde primero se volvía uno imprescindible y luego se buscaba el porqué. Llevamos 30 años dentro de la dictadura de la consagración, y por eso hoy no se consagra nadie: no hay sitio.

Aquello fue como el juego de las sillas musicales, que se dejó de jugar cuando una veintena de nombres ocupó los escaños de la gloria y decidió que con ellos terminaba la melodía.

Mi generación se tragó todas las consagraciones de la democracia. Nos habían suspendido el juicio y el criterio, de modo que la gente tenía prestigio porque tenía prestigio, que es la tautología que apuntala la mayor parte de las carreras profesionales surgidas en la Transición. Nunca entendimos los chistes de Máximo.

Así llevamos 30 años, leyendo a los mismos autores en los mismos periódicos dirigidos por los mismos periodistas y premiados todos ellos por los mismos políticos en el mismo palacio donde solo ha cambiado el que abre la puerta. De pobre puedes salir; de Muñoz Molina, no.

Llevamos 30 años leyendo a los mismos autores en los mismos periódicos dirigidos por los mismos periodistas y premiados por los mismos políticos

Ya avisaba Francisco Umbral en su 'Diccionario de Literatura' que Antonio Muñoz Molina era “el autor que se esperaba”, y por eso no hay un escritor en España que tenga una carrera más impecable y rutinaria que el de Úbeda, que uno diría que hace literatura legislativa, un poco como el BOE, pero con mejor prosa.

Y ¿quién esperaba a Muñoz Molina? Es evidente: la Institución, las medallas, las calles aún sin nombre, todos esos políticos que no leen pero que necesitan que alguien escriba en conciencia para darle el premio Cervantes.

En el documental presentan a Muñoz Molina como un “insobornable intérprete de la realidad” y un “librepensador”, cuando lo cierto es que, desde que Pujol le felicitó por el premio Planeta, todos los estamentos del Estado le han querido dar un premio o una calle o un cargo, lo cual indica que pensar libremente y ser insobornable a lo mejor son conceptos que yo no he acabado de pillar.    

Muñoz Molina hizo balance de su vecindad con el poder -vecindad casi vitalicia- en uno de sus libros más interesantes, 'Todo lo que era sólido'. Allí leemos cómo el autor asistió durante años a la gran kermés del dinero público, que se gastaba con alegría e indecencia y siempre ante un reducido grupo de escritores ganosos de migajas.

Antonio Muñoz Molina y su mujer, Elvira Lindo.
Antonio Muñoz Molina y su mujer, Elvira Lindo.

Toda esta ambigüedad intelectual -ser el referente moral de la sociedad al tiempo que la parte más corrupta de la misma te da su beneplácito- ya le ha sido afeada a Muñoz Molina muchas veces. Pongamos como ejemplo aquel pasquín llamado 'La fiera literaria' o, más recientemente, la gavilla de ensayos 'CT. Cultura de la transición'. Yo no quisiera alistarme en ese lado del frente, pues hay algo en lo que la figura de Antonio Muñoz Molina no admite discusión, y es que trabaja, escribe sin cesar, apunta alto.

Otra cosa es que su literatura, intoxicada de solemnidad y de recursos más imitativos de grandeza que propiamente grandes, me resulte un tanto fraudulenta. Decía Tolstói que es mucho más difícil contar la vida de una persona normal que narrar las batallas de Napoleón, y Muñoz Molina, desde hace años, arrima su prestigio al Gran Tema sobre el que escribe, beneficiándose de esa suerte de contagio de importancia que da narrar hechos cruciales de la Historia.

Hay un momento en 'El oficio del escritor' que merece un breve apunte. Elvira Lindo le pregunta a Muñoz Molina cómo vive los fastos de las letras, todos esos premios y parabienes que le van cayendo, y el autor dice que lo suyo es escribir, estar con la familia, pasear, y que lo otro, el circo mediático y académico, “me da mucho por culo”.

Ahí, en esa única grieta en la gran pose del autor humilde, en esas palabras malsonantes pero inequívocamente honradas, acaba el documental; en verdad, es por donde tenía que haber empezado.

Mala Fama

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