Mourinho tiene mucho que perder si degrada a Iker Casillas, el bendecido

Iker Casillas es un tipo bendecido por los dioses, que aguanta la mirada de fuego de José Mourinho. El portugués, tipo duro, se traga antes dos
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Mourinho tiene mucho que perder si degrada a Iker Casillas, el bendecido

Iker Casillas es un tipo bendecido por los dioses, que aguanta la mirada de fuego de José Mourinho. El portugués, tipo duro, se traga antes dos tráiler en bocadillo que un abrazo afectuoso del cancerbero. No es nada personal, insiste uno, y corrobora el otro; pero entre sus miradas se desliza un cuarterón grumoso de veneno. Se respetan, pero no se tragan. Y máxime cuando José, líder de la camada líder, atisbó hace unos meses la posibilidad de quitarle el brazalete de capitán; entonces tronaron las paredes de Concha Espina y alrededores de la Castellana. Rechinaron cadenas: más que quitarle el privilegio a Casillas, pareció que le arrancaron el bigote al mismísimo Clark Gable.

Y es que Casillas, de Móstoles, siempre fue un jugador distinto, alguien con áurea. Desde chico, decían por el barrio que el niño había caído de pie. Y de pie cayó: entró en el Real Madrid siendo un niño, de la mano del mítico Malbo, y el espigado mozo fue mostrando a los pocos días sus dotes de gato con cara de ángel. Internacional en todas las categorías, ganador puro. Campeón por méritos y vocación.

Iker es un tipo sencillo, colega de sus amigos de siempre y con fama de medir el euro con las tiras de un metro de costurera; puede que cuando se ponga delante de un espejo, en la otra parte se encuentre con Xavi Hernández, su alma gemela barcelonista. El otro campeón que lo ha ganado todo.

En aquel Mundial sub-20 de Nigeria, Iker era el más joven y la titularidad bajo el marco recayó en el vasco Aranzubia. Pero a Iker Casillas le correspondió el papel de mostrar sus manoplas mágicas, parando unos cuantos penaltis a Ghana. Con su magia bajo la axila, sonrisa back street boys, ascendió al primer equipo, donde fue acogido casi como uno más por los saurios de entonces, sobre todo por Raúl González, del que aprendió todo, incluso a morderse la lengua en los momentos claves.

Iker Casillas, camino de la leyenda

Porque para los momentos claves, Iker siempre ha sacado lo mejor de su jardín. Ya se percató de ello su admirado Buffon cuando se le cruzó en el túnel del Ernst Happel Stadion de Viena, y luego apretó la mano instantes antes del comienzo de la tanda de penaltis. Iker paró dos: uno a Rossi y otro a Di Natale; uno a la derecha y el otro a la izquierda. Italia fuera, España campeona. Casillas por las nubes, quizás buscando al mito Zamora para decir quién es el mejor portero de la historia de España.

Entre pies, entre manos, volando, desafiando a los vientos y a la física, Casillas fue sumando títulos y haciendo acopio de leyenda. El Real Madrid, grande; la selección de España, en la punta más alta de una pirámide de oro, con Casillas repartiendo gestas y coleccionando momentos. Con la casaca roja, en aquel penalti parado al paraguayo Cardozo, o la bota que salió de alguna parte y se interpuso entre Robben y el balón, cuando el holandés se disponía a descerrajar el disparo de gracia. Pero allí andaba Iker Casillas, el bendito, para gritar bien alto por el título de campeón del mundo.

En mayo cumplirá 31 años, una edad perfecta para seguir sumando oros. En medio de esta borrachera de luces, en la vida de Casillas se cruzó José Mourinho, un entrenador campeón, un líder que basa sus éxitos en el control absoluto de las sombras de sus futbolistas. Pero desde el primer momento, las ruedas del portugués chirriaron al lado de las ruedas de Iker. Cuestión de carácter y chispas. También de códigos: Casillas siempre ha mostrado respeto por el rival y por las decisiones del árbitro; Mou dispara ira y fuego contra los que derrotan a su equipo y contra los que certifican sus desastres. Los árbitros. Y quiere que así sean todos, incluyendo a Casillas. 

Por eso ha dejado caer la posibilidad de arrebatarle la capitanía al portero. Cuando tomó aire la 'posibilidad', el Bernabéu se puso firmes y en guardia: tocaban al bendecido, al hombre que desató muchos nudos en el equipo. Florentino Pérez, que entiende de números y nunca fue un casillista, tuerce el gesto ante la mirada cómplice de su entrenador. FP sabe mejor que nadie que mover un santo en este país de meigas siempre fue mala cosa. Degradarlo, peor todavía. Y mucho más cuando el santo tiene sus manos chorreando de agua bendita.

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