¿Clientes o pacientes? El saqueo de Madrid

El principal indicador de la riqueza de un país debería ser la longevidad de sus habitantes. España ocupa la novena posición mundial en el caso de

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    El principal indicador de la riqueza de un país debería ser la longevidad de sus habitantes. España ocupa la novena posición mundial en el caso de los hombres; las mujeres están en quinto lugar.

    Según tal clasificación, España está por delante de muchos de los países que pretenden darnos lecciones de no se sabe muy bien qué, como Alemania o Reino Unido y, por supuesto, los ínclitos Estados Unidos, que desglosados por sexos ocupan la posición decimoséptima y decimosexta, respectivamente.

    Lo afirma un demoledor informe publicado de manera conjunta por las academias nacionales estadounidenses, que pretende con ello sacudir conciencias acerca de la deficiente salud del imperio. Son la National Academy of Sciences: la National Academy of Engineering, el Institute of Medicine y el National Research Council.

    La mayor o menor esperanza de vida se debe, según tal publicación, a cuatro conjuntos de causas:

    Los sistemas sanitarios, objeto de este post. Los comportamientos de los ciudadanos, que incluyen todos sus malos hábitos, desde la comida basura al abuso de las drogas; o el gatillo flojo al que son tan aficionados, herencia cultural del Far West y las masacres de indios, para asear unos predios que adquirieron a pistoletazo limpio.

    Las condiciones económicas y sociales: mayor desigualdad y pobreza o menor movilidad social. Quién lo iba a decir en el país de la igualdad de oportunidades. Incluye la deficiente educación de los menores, un mal occidental y no solo patrio, que afecta también a la salud. La falta de redes sociales (no las informáticas), como las que ya están al límite aquí y han ocultado la vergüenza del mal gobierno, contribuye a empeorar la situación entre los más desfavorecidos.

    Finalmente, influye en la longevidad el entorno físico, desde la contaminación hasta la obesidad de la población, causada por el uso intensivo del automóvil, por una menor actividad física, y el mencionado abuso de la comida basura que ya comienza a ser un inquietante problema infantil en España entre ciertas capas de la población.

    El American way of life es cualquier cosa menos sano. Desgraciadamente, seguimos copiando sus insanas prácticas con tanto adosado y construcciones diseminadas, con tanta urbanización en el extrarradio y polución por excesivo uso del Cayenne para llevar a los niños al colegio y, al político, en coche oficial.

    ¿Qué fue de la sostenible ciudad mediterránea en donde se podía ir andando o en tranvía, cuando los había, a todos los lados, a cambio de menor coste sanitario y algo de ejercicio físico?

    Sanidad pública o privada

    Los países cuyos habitantes viven más son, curiosamente, aquellos que disponen de buenos sistemas públicos de salud. ¿Casualidad? Su coste, en porcentaje sobre el PIB, está, en cualquier caso, por debajo del estadounidense.

    ¿Productividad superior de los sistemas públicos? Habrase visto desfachatez mayor desafiando las teorías económicas dominantes y la ortodoxia en vigor. Indicadores, competencia, objetivos, ratios, controles, beneficios. ¿Qué fue del manual de la buena gestión privada en la sanidad?

    Las causas de que los sistemas públicos puedan ser más eficientes son varias. Igual que muchas grandes multinacionales que se consideran modelos de gestión, y no digo nombres, son en realidad monstruos burocráticos que ganan dinero a pesar de sus directivos, a causa de las economías de escala, de su capacidad de presión política y de un acceso privilegiado a los mercados del que empresas pequeñas carecen, los sistemas públicos han competido ventajosamente con los privados, al menos en la sanidad, a pesar de sus carencias. Contribuía el menor gasto farmacéutico relativo, que permitía una gestión global de las compras, y la honradez y una buena gestión, que alguna vez las hubo.

    Un monopolio de demanda bien diseñado puede ser más rentable económica y socialmente para el conjunto de un país que una libre competencia que trabaja mediante incentivos perversos.

    Se podría constatar tal herejía comparando los porcentajes del PIB que cada país ha dedicado históricamente a su sistema sanitario, ponderándolo con su longevidad media. Si alguien se tomase la molestia de hacer un estudio histórico serio, estoy convencido de que España ocuparía el podio absoluto o quedaría muy cerca de él. Pero eso es historia, por obra y gracia de políticos asesorados por druidas de última generación, ideológica, enjuagada en ciencia estancada en desfachatez, codicia y falta de rigor.

    Fue así, a pesar de las listas de espera y más de una incomodidad, hasta que la sanidad se desmembró en diecisiete negociados diferentes, poniendo a ineptos aficionados al frente, denominados políticos, que convirtieron la sanidad española en un oneroso galimatías.

    Hasta que el descontrol provocado conscientemente sugirió que las cosas se encauzarían de nuevo privatizando los gastos, que no los ingresos, adjudicándolos, de paso, a grupos afines. Evidentemente, nunca a usted o a mí. Seguro que lo haríamos francamente mejor sin necesidad de maltratar a los trabajadores.

    Nos encontramos, pues, con otro sector que se entrega impunemente a las fauces del capitalismo mediopensionista español, aquel que disfruta de garantizados ingresos públicos, o de un aseado oligopolio, mientras privatiza los gastos. A grupos que actúan al alimón con la misma casta política que dice gobernar por el bien común y la felicidad del ciudadano.

    Cuando se está en el pelotón de cabeza de algo en el mundo, y este algo es la sanidad, hay que afinar mucho para escalar más puestos. Si se posee un sistema que funciona razonablemente y se pretende cambiarlo drásticamente, es importante tener claros los beneficios que se van obtener y poder demostrarlos previamente. Si no, los errores costarán caros, en dinero, y en calidad de la asistencia sanitaria. De momento, el saqueo de la sanidad madrileña, parece que ya no presunto, tiene muy mala pinta. La prensa empieza a sacar analíticos trapos sucios a acólitos y rufianes.

    ¿La consecuencia más trágica? La sanidad empeorará y se encarecerá a causa de los incentivos perversos habituales en la sanidad privada, los mismos que han hecho del sistema sanitario estadounidense el peor, excepto para los millonarios, de entre todos los del mundo otrora denominado rico y hoy arruinado.

    Esperanza, ¿dimitió usted por eso? La creía más gallarda. ¿Por qué traicionó a sus votantes? ¿Por qué huyó cuando más la necesitaban los madrileños? Depositaron la confianza exclusivamente en usted, no en unos secuaces mediocres que no habrían ganado ninguna elección si usted no se hubiese presentado. 

    Apuntes de Enerconomía
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