La prohibición del efectivo, el último cartucho

Prohibiendo el dinero en efectivo, el Estado logra dar rienda suelta a un mundo con hiperinflación en el que sus deudas no se pagan y en que nadie puede escapar a su control

Foto: Un empleado de banca muestra 5.000 euros en billetes de 500. (EFE)
Un empleado de banca muestra 5.000 euros en billetes de 500. (EFE)

“Emergencies have always been the pretext on which the safeguards of individual liberty have eroded”.

Friedrich Hayek

Con las excusas de la lucha contra el fraude fiscal, los tráficos ilegales y el terrorismo, los gobiernos de muchos países europeos y unos cuantos más han comenzado a limitar los pagos en efectivo, cuando no a sacar de la circulación miles de millones prohibiendo el uso de billetes de alta denominación. El caso más reciente es el del Gobierno de España, cuyo ministro de Hacienda continúa su labor en pro del bitcoin y las monedas virtuales, tras eliminar la posibilidad de pagar en efectivo cantidad alguna por encima de 1.000 euros. “Ningún problema, haremos un par de notas a nombres distintos”, le dijeron a un buen amigo cuando el mismo día del Consejo de Ministros (ese en el que el Gobierno del PP volvió a incumplir su promesa electoral de no subir los impuestos) pagaba 4.300 euros uno encima de otro.

Sigue Montoro la senda marcada por el Gobierno socialista francés, que hizo lo propio el 1 de septiembre de 2015. Medidas más radicales son las previstas, cuando no ya ejecutadas, por Suecia, Noruega o Dinamarca, todas ellas encaminadas hacia la prohibición absoluta del efectivo en un horizonte temporal temprano. Larry Summers, reputado exsecretario del Tesoro norteamericano con Bill Clinton, abrazaba la idea en una columna del pasado febrero y citaba un 'paper' de Sands, quien, en la línea de Rogoff, aludía a las consabidas medidas de protección a los ciudadanos, lucha contra el terror, etc. El Banco Central Europeo tiene previsto dejar de emitir billetes de 500 euros en mayo de 2018, aun sin prohibir la circulación de los ya existentes.

Más allá de las consecuencias sobre su libertad de elección y su capacidad de pago, las consecuencias repercutirán sobre quienes menos tienen

Más allá de las consecuencias sobre la privacidad de las actuaciones de los ciudadanos, sobre su libertad de elección y su capacidad de pago (siempre habrá alguien que diga “quien no tenga nada que ocultar nada tiene que temer”, clasificando al ciudadano que gusta de emplear efectivo en la categoría de presunto delincuente), las consecuencias repercutirán, como siempre, sobre quienes menos tienen. La historia de muertes y terror tras la Revolución francesa de 1789 que causó la sustitución del oro (entonces de curso legal) por la nueva moneda, los asignados, está referida en mi libro y hace un par de años resumida aquí en El Confidencial. No hace falta, sin embargo, un DeLorean para viajar al pasado como Marty McFly; basta con observar lo que está sucediendo hoy en la India, la mayor democracia del planeta con sus más de 1.250 millones de habitantes, para anticipar, sin temor a equivocarnos, lo que aquí sucederá en breve.

A principios de noviembre, el primer ministro indio, Narendra Modi, sacaba de la circulación y declaraba ilegales las denominaciones de 500 y 1000 rupias (al cambio, unos 7,5 y 15 dólares, respectivamente), el 85% de los billetes de curso legal del país. Un país en el que aproximadamente la mitad de la población no tiene cuenta corriente y una cuarta parte carece de una identificación oficial, obligatoria para llevar a efecto el cambio por denominaciones más modestas. Igual que ha ocurrido siempre en la historia, ante medidas de represión financiera, la población acude al único activo refugio que le ofrece alguna garantía, cumpliéndose con precisión la consabida ley de Gresham, por la que la moneda débil expulsa a la fuerte. Y la reacción del Gobierno no se ha hecho esperar, requisando el oro a los particulares, bajo la manida excusa de la lucha contra el crimen organizado, el fraude y demás.

En el país con las décimas reservas de oro del mundo, que en los años de este siglo han crecido en más de 200 toneladas, desde las 357,75 hasta las 557,77, en el país junto con China con más tradición cultural del oro, en el país donde la única posibilidad de los más desfavorecidos está en el efectivo y en el poco oro que puedan ahorrar, el Gobierno, por el bien de todos, condena de nuevo a la más absoluta pobreza a los que menos tienen. Si en el mercado internacional la onza de oro cotiza alrededor de los 1.200 dólares, en India se intercambia actualmente por encima de los 2.000. Por supuesto, siempre habrá quien esté dispuesto a hacer el favor a quien no tiene nada de cambiarle sus 1.000 rupias por 700 o 750 en billetes de baja denominación, antes de acudir a la ventanilla B de un banco amigo o de una casa de cambio en la que transformar el billete en moneda fuerte u oro.

Jamás con represión se ha logrado vencer la ilegalidad

Se han dejado de pagar salarios por la insuficiencia de efectivo, y los vendedores de alimentos frescos se arruinan porque no pueden aceptar billetes ilegalizados por el mismo Gobierno que les dio valor. Por supuesto, se trata de una jugada maestra del Gobierno, a costa de los más débiles: si solo un magro 20% de los billetes no se intercambia (además de las previamente señaladas condiciones de cambio, otra supone la limitación a 2.000 rupias por persona y día), el Gobierno se ahorrará unos 42.500 millones de dólares —robados a sus legítimos propietarios—, el equivalente a un 2% del PIB del país.

La represión financiera actual, una de las más duras y globales a las que nos hemos enfrentado jamás, siempre apoyada en la destrucción de la moneda y lo que ha representado en la historia, en la educación a los jóvenes en la falsa bondad de un dinero fiduciario que te dan como te quitan, y escondida bajo bellas medidas de lucha contra al fraude, el terrorismo o el narcotráfico, plantea sin embargo al menos dos desafíos que los responsables de la Hacienda y el sistema monetario tan bien conocen como callan.

El primero de ellos es la efectividad. Jamás mediante la represión se ha logrado vencer la ilegalidad. Son miles los millones destinados a la lucha contra la droga, la ley seca, los embargos internacionales a potencias terroristas; nunca se han logrado más que éxitos puntuales que se han vendido como pasos de gigantes. El comercio ilegal nace con la ley, y con ella morirá: cada barrera legal es una restricción a la libertad de los ciudadanos de bien ante la que los malos ríen.

La expansión crediticia, la bajada de tipos y la inundación de liquidez se les ha ido de las manos y solo les queda un cartucho antes del 'reset'

El segundo desafío es de mucho más calado que el anterior, y tiene que ver con la estabilidad del sistema monetario internacional. ¿Se han planteado ustedes retirar dinero de sus cuentas y almacenarlo, físicamente, fuera de los bancos? En una situación de tipos de interés negativos, ese es el gran problema al que se enfrentan tanto la banca (cada día más ávida de márgenes, y más necesitada de comisiones que nunca) como las autoridades monetarias: el límite inferior efectivo ('effective lower bound') es la única limitación actual para políticas más agresivas aún de reducción de tipos de interés, pues los depositantes retirarán sus fondos de las entidades financieras cuando estas comiencen a cobrar tipos del 5% por guardar el dinero; cuanto mayor la denominación del billete, mayor la capacidad del ciudadano y mayor la rentabilidad del espacio en el que guardar el dinero.

Prohibiendo los billetes de alta denominación, prohibiendo el dinero en efectivo (se habla de 2020 como año en el que todas las transacciones de la eurozona serán obligatoriamente electrónicas, coincidiendo con el objetivo de Acceso Financiero Universal del Banco Mundial) o gravándolo con un impuesto, el Estado logra dar rienda suelta a un mundo con hiperinflación en el que sus deudas no se pagan y en que nadie puede escapar a su control —salvo, inicialmente, a través del oro, otros metales preciosos y el bitcoin o cualquier otra criptomoneda como el Hayek, que combina un fondo físico de reserva de valor con su capacidad digital y de la que hablamos aquí en su día.

No es una conspiración. Es la historia que comenzó con Nixon y Friedman y hoy siguen escribiendo Draghi, Kuroda, Yellen y el resto de banqueros centrales, apoyados en los ministros de Hacienda del mundo. La expansión crediticia, la bajada de tipos de interés y la consiguiente inundación de liquidez se les ha ido de las manos y solo les queda un cartucho antes del 'reset' del sistema, ese que inevitablemente veremos en esta generación.

Big Data

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