¡Por favor, dejen de manipular la moneda!

Imaginen por un instante que un marchante de arte les vende unos grabados asegurándoles que no hay más que un número limitado de copias del mismo

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    Imaginen por un instante que un marchante de arte les vende unos grabados asegurándoles que no hay más que un número limitado de copias del mismo y, pasado un tiempo, descubren que la serie no era tan limitada como les habían prometido. ¿Cómo se sentirían? ¿Estafados? Sustituyan ahora al marchante por el banco central y los grabados por billetes. ¿Cómo se sienten ahora? Pues bien, les propongo que hablemos del dinero y de su manipulación por los estados.

    Pese a su mala fama, si hay una institución que sea vital para el desarrollo económico y el progreso de la sociedad, esa es sin duda el dinero. No en vano, el descubrimiento de que determinados bienes podían utilizarse más allá de su uso común para ser intercambiados, y el hecho de que esos bienes concretos fueran aceptados de manera generalizada por grupos paulatinamente más amplios de individuos, sirvió a nuestros antepasados para superar las limitaciones del trueque.

    De tal modo que, liberado de las restricciones del cambio directo, el comercio se pudo multiplicar y extender y con él, se avanzó en la división del trabajo que, gracias a la especialización nos aportó mayores cotas de productividad y consecuentemente de progreso económico y bienestar social.

    Y su mala fama responde, seguramente a que quizás sea la institución humana más desconocida, misteriosa e incomprendida de todas. Tal y como dijo Hayek, a partir del momento en el que el simple trueque fue reemplazado por el intercambio indirecto basado en el dinero, desapareció toda posibilidad de interpretar directamente los hechos económicos.

    Por todo ello, es frecuente que nos hagamos preguntas como: ¿Qué es el dinero? ¿Cuánto dinero puede haber en una economía? ¿Se puede crear de la nada como hacen gobiernos y bancos? ¿Quién establece su valor y de acuerdo con qué criterios? ...

    Además, el velo de misterio se vuelve más tupido aún en un mundo donde el dinero ya no está sujeto a un bien físico —y, por tanto, limitado y escaso— como antaño, sino que no es más que una mezcla de papeles de colores, monedas de metales baratos y, sobre todo, de meros apuntes contables sin una contrapartida material tangible.

    Mezcla que, si lo piensan bien, no tiene más valor que el que dicta por decreto el gobernante o banquero central de turno y que el reconocimiento o confianza que los ciudadanos depositamos en el mismo —lo cual en el caso de Grecia es merecidamente poca, como estamos viendo estos días. Por eso a nuestro dinero lo llaman fiduciario, que viene de fe. La fe ciega que depositamos en el estado.

    Y es que, aunque de padres desconocidos, el dinero es un gran invento humano que ha sido pervertido y abusado secularmente por otro —quizás no tan gran— invento humano: el estado. No en vano hace unos quinientos años Nicolás Copérnico, que aparte de astrónomo, tuvo tiempo de escribir todo un tratado de teoría monetaria —¡y dicen que la Economía la inventó Adam Smith!— incluía la manipulación del dinero entre las cuatro grandes causas de la decadencia de las naciones —las otras tres eran la discordia, la mortalidad y la esterilidad de la tierra.

    No obstante, el astrónomo polaco, reconocía que de estos cuatro jinetes del Apocalipsis, el del envilecimiento de la moneda era el que menos consenso generaba, pues el daño de la manipulación del dinero es paulatino y gradual y, ocultándose a quienes no ven o no quieren ver más allá, va poco a poco arruinando a una nación sin que sus ciudadanos sepan por dónde les vienen. Es, como si dijéramos, el veneno ideal para el crimen perfecto.

    Pero, ¿qué entendemos hoy en día por manipular el dinero? Pues bien, dicho de forma muy simplificada, manipular el dinero es imprimir billetes sin que estén respaldados por, por ejemplo, una cantidad equivalente de oro o de otra mercancía que sea considerada dinero. Creo que estarán de acuerdo en que esto no es buena idea, ya que si de repente el estado duplicara los billetes que hay en un país, los precios tenderían a duplicarse y al final el efecto sería neutralizado.

    Pero hay un matiz: ese nuevo dinero no se distribuye de forma homogénea a todos los ciudadanos como si nos lo repartieran desde un helicóptero  —Friedman dixit. Antes bien, el gobierno lo inyecta en la economía a través de canales específicos (contrataciones públicas, subvenciones, etc.) que benefician primero a unos pocos y perjudican a otros muchos por la subida de precios que acarrea.

    Pero existen otras vías mucho más sutiles —y seguramente más dañinas— de crear dinero de la nada sin tener que imprimir físicamente nuevos billetes. Una de ellas es la compra de deuda pública por parte de los bancos centrales, o monetizar la deuda. Así, con un simple apunte contable, se crea dinero y se envía a la cuenta corriente del gobierno para que lo gaste a discreción.

    No obstante, lo más habitual es que los bancos centrales compren los títulos en el mercado secundario. En ese caso, el dinero creado ex novo es inoculado directamente al sistema financiero vía los bancos y fondos de inversión que operan con deuda pública, con el objetivo de alterar el precio que el mercado fijaría por sí solo. De este mecanismo, tenemos ejemplos recientes.

    Otra forma es la intervención en el llamado mercado de dinero o de crédito a corto plazo, que es donde las entidades financieras obtienen la liquidez necesaria para atender sus pagos inmediatos. Generalmente, esto lo hacen los bancos entre ellos, pero hay momentos de tensión en los que no se fían unos de los otros y entonces suele intervenir el banco central abriendo una línea de crédito ilimitado para aliviar la presión. Esto es lo que sucedió tras la quiebra de Lehman.

    Y es lo que han hecho el jueves pasado Jean-Claude Trichet (BCE), Ben Bernanke (Fed), Mervyn King (Banco de Inglaterra), Toshihiki Fukui (Banco de Japón) y Jean-Pierre Roth (Banco Nacional Suizo), que se subieron juntos de nuevo al helicóptero de Friedman en socorro de los bancos franceses, expuestos a un eventual default griego, para prestarles los dólares que el resto de bancos e inversores privados no se atrevían a prestar por miedo a perderlo.

    Hay otras muchas otras formas de imprimir billetes sin gastar una gota de tinta, pero con estos ejemplos podemos ilustrar la realidad de la manipulación del dinero por los gobiernos.

    ¿Es mala esta manipulación? Keynesianos y monetaristas, piensan que no, que crear dinero de la nada es un buen estímulo para salir de la crisis —o un salvavidas para evitar hundirnos más. Pero, una vez más, ignoran un hecho económico fundamental: que multiplicar el dinero no hace crecer automáticamente unos recursos que son limitados y escasos. Es decir, imprimir billetes no soluciona las causas últimas de las dificultades.

    Lo que sí hace es provocar una grave distorsión, pues al notar que hay más dinero en circulación ustedes y yo podemos pensar que hay más recursos de los que realmente existen y tomemos decisiones equivocadas. Y tal y como pasaba con los tipos de interés, esas decisiones, tarde o temprano, se volverán contra nosotros.

    Así que les ruego a nuestros políticos y gobernantes, ¡por favor, dejen el dinero quieto!

    Monetae Mutatione
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