El precio eléctrico: dejen de disparar al pianista

El precio de la luz tiene tres grandes componentes: impuestos, el coste de la energía y la denominada parte regulada (aquí la primera confusión, en realidad todo está regulado)

Foto: Torre de tendido eléctrico. (EFE)
Torre de tendido eléctrico. (EFE)

Que nos pregunten a los que trabajamos en el sector energético por la factura de la luz es tan habitual como a los médicos por los efectos del tabaquismo o a los economistas por la bolsa. Habitualmente, respondemos de la misma manera titubeante que los segundos. Voy a intentar responder como lo hacen los primeros. Como decía un buen amigo, intentaré explicarme para que hasta yo mismo sea capaz de entenderlo.

El precio de la luz tiene tres grandes componentes: impuestos, el coste de la energía y la denominada parte regulada (aquí viene la primera confusión, porque en realidad todo está regulado). Tal vez sea más sencillo pensar, en lugar de en KWh, en plátanos. El precio que pagamos por un plátano también tiene tres componentes: impuestos, el coste de 'producirlo' (es decir, el coste para el agricultor de plantarlo y recolectarlo) y todo lo demás (el coste de transporte, el margen del frutero que vende los plátanos, la parte correspondiente al alquiler de la frutería, etc.).

Los clientes domésticos pagamos una parte desproporcionada del pato eléctrico

Distintos consumidores

El coste regulado (el todo lo demás) está formado por un conjunto de partidas para garantizar un suministro estable, como las redes eléctricas. Lógicamente, es más costoso llevar la electricidad a un pueblo remoto de Cuenca (con perdón para mis amigos conquenses) que a Madrid. Pero el regulador (es decir, el Gobierno) ha decidido que los peajes sean pagados a partes iguales por los consumidores con independencia de dónde se encuentren. Esta solidaridad eléctrica (entre Madrid y Cuenca), sin embargo, no es sacrosanta, porque el Gobierno sí establece diferencias en los peajes en función del tipo de consumidor: como ejemplo, el peaje medio en 2015 para un cliente doméstico fue de 106,9 €/MWh, mientras que para la industria (media tensión) fue de 38,3 €/MWh y para la industria intensiva (alta tensión), 11,6 €/MWh. Es lo que tiene que haya 'lobbies' más efectivos que otros y la primera razón de que los clientes domésticos paguemos una parte desproporcionada del pato eléctrico.

Costes regulados

La segunda razón es que las partidas de costes regulados se han disparado con el tiempo. Además de las redes eléctricas, entre los costes fijos hay objetivos de los más variopinto:

- De política energética (como el sobrecoste de las renovables).

- De política industrial (la interrumpibilidad, básicamente una ayuda a la industria para sortear las reglas comunitarias).

- De equilibrio territorial (la compensación extrapeninsular, el sobrecoste todavía más elevado de producir electricidad en Canarias).

- De política presupuestaria, como la amortización del déficit de tarifa (un invento para cumplir con los criterios de Maastricht que requeriría un artículo aparte).

- De políticas de bienestar (como el bono social).

- La factura de errores de planificación en el pasado (hasta hace poco, la moratoria nuclear).

Muchas de estas medidas son más o menos afortunadas, aunque en general todas son loables. El problema es que su inclusión dentro de la factura eléctrica ha sido un verdadero coladero. El Gobierno ha utilizado los costes regulados para satisfacer las demandas de diferentes 'lobbies' (industriales, territoriales, sociales) introduciendo partidas sin el control que normalmente ejerce el Ministerio de Hacienda para el resto de partidas presupuestarias. Como era de esperar, cuando se relajan los controles, aumentan las equivocaciones. El coste de generación en Canarias era, hasta hace poco, más caro que el de producir electricidad en islas remotas del Pacífico. No hay que ser muy versado para entender por qué: si a un hijo adolescente le decimos que le pagamos todo lo que se gaste en una noche hasta un máximo de 100 euros, encontrará la forma de gastarse los 100 euros. Con la generación de electricidad en Canarias ocurría algo parecido.

El impuesto eléctrico 'español' se puso al quitar las ayudas al carbón y sigue como tributo autonómico

Impuestos

Los impuestos sobre la electricidad son dos: el IVA (que es del 21%) y el impuesto especial eléctrico (algo más del 5%). Es cierto que algunos países, como el Reino Unido o Luxemburgo, aplican un IVA reducido a la electricidad. Y que el impuesto eléctrico es bastante 'español': se estableció cuando la UE obligó a suprimir las ayudas al carbón, y si se ha mantenido es porque, dentro del cambalache de la financiación autonómica, es uno de los tributos autonómicos. El problema es que cualquier bajada de impuestos se traduciría en una pérdida de recaudación tributaria, algo en lo que no estamos precisamente boyantes.

Coste y precio

Llegamos ahora al coste de la energía, la otra mitad del coste de la luz. Aunque se habla de la parte no regulada, en realidad sí que lo está. Volvamos por un momento al ejemplo de los plátanos, en el que también hay un mercado mayorista (Mercamadrid o Mercabarna, donde todas las mañanas van los fruteros a comprar frutas y hortalizas) y un mercado minorista (la propia frutería donde compramos los plátanos). Aunque nunca hayamos reparado en ello, el mercado de los plátanos es también un mercado marginalista. Si compramos cinco plátanos, pagamos por todos ellos lo mismo. Nadie compra el primer plátano a un precio y el quinto a otro. Se dice que es marginalista porque pagamos por cada uno de ellos exactamente lo que estamos dispuestos a pagar por el último.

Obviamente, esta es una simplificación grosera. El mercado eléctrico tiene bastantes particularidades, pero sirva esta analogía para entender las diferencias entre el mercado mayorista y minorista (y, sobre todo, para entender qué no es lo singular del mercado eléctrico).

El mercado mayorista (el Mercamadrid eléctrico) se celebra cada día, y en él participan vendedores (los propietarios de las centrales nucleares, hidráulicas, gas, carbón o renovables) y los compradores. Una particularidad de este mercado es que los compradores y vendedores pertenecen a las mismas compañías (los agricultores son también fruteros, para entendernos). Por este motivo, para evitar que unos y otros lleguen a acuerdos colusorios, tiene mucho sentido organizar un mercado mayorista, controlado por las autoridades de la competencia.

Hablar de las uvas, las campanadas, el vestido de las presentadoras y el coste de la luz ya es tradición

El mercado mayorista lleva funcionando en España desde hace años, de una manera razonablemente adecuada. Cuando se incrementa la demanda, el precio sube, y cuando hay exceso de oferta, baja. Hace años, se contaban historias de barcos de gas licuado que eran desviados por las compañías eléctricas para incrementar el precio del mercado. Sin embargo, hasta la fecha han sido contadas las veces que las autoridades han podido demostrar comportamientos de este tipo. A día de hoy, es muy improbable que ninguna de estas actuaciones esté teniendo lugar.

La formación del precio minorista (el de la frutería) es algo más complicada. Para los grandes consumidores, es un mercado libre. Van a la frutería y compran al precio que mejor negocian con el frutero. Para los consumidores domésticos, el Gobierno no se termina de fiar del libre albedrío del frutero. La electricidad es un bien demasiado básico y representa una parte importante de la cesta de la compra de los hogares (también, por cierto, el pan, pero por algún motivo el regulador ha confiado siempre más en las panaderías).

El Gobierno decidió hace años fijar una tarifa única para los consumidores domésticos (un precio para los plátanos que se vendían en las fruterías a estos consumidores), la denominada TUR. Para determinar la manera de fijar esta tarifa (el Gobierno no se podía inventar un precio de la nada) y que no fuese ni muy alta (su razón de ser era proteger a los consumidores domésticos) ni muy baja (de lo contrario, ningún frutero querría vender plátanos), se organizaron otras subastas (las Cesur), que es el mejor sistema para garantizar un cierto nivel de competencia y transparencia en mercados verticalmente integrados. Estas subastas fueron fuertemente criticadas. Cuando se comparaba su precio con el del mercado mayorista (con el diario de Mercamadrid), el precio siempre era superior. Era lógico que lo fuese. Si le pedimos a un frutero que compre fruta para tres meses y que la almacene para venderla a un precio fijo, nos diría que de acuerdo, pero no esperemos que lo haga al mismo precio que si va todos los días a Mercamadrid a abastecerse de fruta.

Qué es el Cesur

En diciembre de 2013, también coincidiendo con una ola de frío, el precio de esta subasta Cesur se disparó. El ministerio, dirigido entonces por José Manuel Soria, no aguantó el chaparrón mediático (el mismo que tiene lugar estos días) y decidió suspender las subastas. Para sustituir este mecanismo y fijar el precio de los plátanos en las fruterías, no se le ocurrió mejor idea que... (¡tachán!) utilizar el precio de Mercamadrid. Magnífica idea, se pensó: así los consumidores recibirán en cada momento la señal de si la electricidad es cara o barata (el Mercamadrid eléctrico funciona las 24 horas del día).

Esta loable idea tenía un par de grietas: podemos decidir cuándo nos comemos un plátano según cuándo sean más baratos, pero en general tenemos menos flexibilidad para decidir nuestro consumo eléctrico. Encender la luz, por ejemplo, es algo que solemos hacer cuando anochece, no cuando es más barato (sí, podemos programar la lavadora de madrugada, pero poco más). Y, en cualquier caso, incluso si pudiéramos, no sabríamos cómo hacerlo. La mayoría de hogares carece de los contadores necesarios para consultar el precio horario de la electricidad. El ministerio ideó un sistema para suplir esta deficiencia. Una página web donde consultar el precio del día siguiente. Como era de esperar, en lugar de dar más transparencia a los consumidores, este sistema ha provocado lo contrario.

El nuevo sistema, denominado 'precio voluntario para el pequeño consumidor' (PVPC), tenía, además de unas ventajas que no eran tales, un pequeño inconveniente: la volatilidad de los precios se trasladaba al consumidor. Para quien haya ido alguna vez a Mercamadrid, habrá visto que allí los precios oscilan mucho de un día a otro. En las fruterías, los fruteros normalmente suavizan estas fuertes oscilaciones, porque los consumidores detestan que algo que un día vale un euro, al día siguiente valga cinco, especialmente cuando ese algo es un bien básico. Salvo, claro está, que el Gobierno obligue al frutero a utilizar el precio de Mercamadrid para fijar el de sus estantes. Gracias a ello ha conseguido que, junto con las uvas, las campanadas y el vestido de las presentadoras, tengamos un tema del que hablar todos los años por estas fechas: cuánto ha subido el precio eléctrico.

*Isidoro Tapia es economista y MBA por Wharton

Tribuna

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