La eventual intervención militar en Siria desconcierta y confunde a ciudadanos y gobernantes, porque, como dice Rafael Argullol, desde esta parte del llamado mundo civilizado nos empeñamos en buscar soluciones muy simples a problemas muy complejos, tal y como ya ocurrió en Afganistán y en Irak. En clave nacional, por suerte, el Gobierno mantiene un perfil bajo, el que corresponde a su talla en el cuadro de las relaciones internacionales. Y acierta. Aplicado al conflicto sirio, el 'marianismo' de ver, oír y callar, es lo mejor que nos podía pasar. Así Rajoy no ha tenido necesidad de rectificar su posición, como le ha ocurrido a Rubalcaba, que ha dicho "Diego" donde decía "digo" en apenas cinco días (ahora ya está claramente en contra de la intervención).

Y así, además, nos ahorramos la participación en el bochornoso espectáculo que están ofreciendo los mandatarios de potencias occidentales como EEUU, Inglaterra y Francia, en plena parada de burro después de su rasgado de vestiduras por la sospecha de que Al Asad estaba asesinando con armas químicas. Antes del 21 de agosto también asesinaba a mansalva, también provocaba una catástrofe humanitaria y también se comportaba como un sátrapa, pero no era tan grave, parece, a ojos de los países democráticos, siempre que se mantuviera el statu quo de la región.

La Carta de las Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos han sido tan pisoteadas que ya son herramientas inservibles para cargar de legalidad y moralidad una intervención armada en la guerra civil de SiriaLuego vino lo del uso de armas químicas contra los rebeldes y Obama despertó la libido militar de sus aliados con aquello de “con la ONU o sin la ONU” (¿verdad que nos suena?), en nombre de los derechos humanos y el respeto a los códigos de la guerra. Pero, ay, a estas alturas de la película estrenada después de la Segunda Guerra Mundial ya se amontonan las pruebas de que el derecho internacional muere en el Consejo de Seguridad de la ONU (derecho de veto como mecanismo obstructivo) y la ética de las Naciones muere antes de nacer en un tablero global que funciona por intereses y no por valores.

Nos toman por tontos los gobernantes que todavía hablan de legalidad y moralidad como resortes de una intervención armada en Siria. Los bandazos, las dudas, la división de opiniones entre los mandatarios, la desconexión entre gobernantes y gobernados ante la posible intervención militar están poniendo en evidencia el agotamiento de las instituciones vertebradoras de eso que Obama llamaba ayer “la comunidad internacional”. “No es mi crédito el que está en juego, sino el de la comunidad internacional”, decía en Estocolmo, camino de San Petersburgo (cumbre del G-20), el presidente de la primera potencia mundial y presunto garante de las libertades en todo el mundo. Como si ese problema lo acabase de crear Al Asad por el uso de armas químicas contra los rebeldes en las afueras de Damasco.

La Carta de las Naciones Unidas y la Declaración de los Derechos Humanos han sido tan pisoteadas que ya son herramientas inservibles para cargar de legalidad y moralidad una intervención armada en la guerra civil de Siria. Y en las guerras civiles lo que procede es la neutralidad de las armas extranjeras. Marianismo químicamente puro: neutralidad, distancia, mirada distraída, prudencia, hablar poco de Siria y, si se habla, que no se entienda. Como mucho, apuesta por las “soluciones políticas”, que es la nueva doctrina del PSOE en este debate y no compromete a nada. Pero nada de acciones armadas. Sobre todo cuando ninguna de las partes enfrentadas aspira a convertir ese país es el paraíso de las libertades y el respeto a los derechos humanos. Una intervención militar como la que parece estarse preparando crearía males mayores.