Los años tristes de ‘Rayo líder’, el caballo que Gadafi regaló a Aznar

El Rayo del Líder habita un box de madera de tres por tres metros colindante con los de Zar, Almirante, Elmer y Bengalí, cuatro lustrosos corceles

 Imagen actual de 'Rayo' en el Escuadrón de Caballería de la Guardia Civil en Valdemoro (E.C.)

El Rayo del Líder habita un box de madera de tres por tres metros colindante con los de Zar, Almirante, Elmer y Bengalí, cuatro lustrosos corceles de imponente porte y andares regios que no desmerecerían al Bucéfalo de Alejandro Magno. A su lado, Rayo parece poca cosa. Es un caballo pequeño que estira el pescuezo para asomar el hocico por encima de la puerta y contempla desde abajo con envidia a sus vecinos de caballeriza. Sus ojos son grandes; su pelaje, castaño; su crin, sedosa pero carente de valor, poco que ver con la suntuosidad de los caballos isabelinos. El Rayo del Líder (13-14 años), el equino que Muamar Gadafi regaló a José María Aznar en su visita a España de 2003, se asemeja más a un poni que a un caballo de raza árabe. 

Lo tienen encerrado en el Escuadrón de Caballería de la Guardia Civil de Valdemoro. El entonces presidente del Ejecutivo español prometió al líder libio que lo “montaría con sumo cuidado y mucho gusto”, pero lo cierto es que, nada más recibir el obsequio, se lo endilgó a la Benemérita como el que devuelve la cubertería de la lista de boda. No ha vuelto a saber más de él. Mientras sus compañeros de cuadra realizan labores de seguridad, control de masas y orden público, Rayo permanece enclaustrado en su habitáculo de madera. Nadie lo quiere. Por su naturaleza, es capaz de llevar beduinos subidos en la grupa y aguantar largas jornadas en el Sahara sin probar gota de agua, pero carece de sangre para cargar contra manifestantes, hooligans y otros vándalos en esas operaciones rutinarias que lleva a cabo la Guardia Civil.  

Aznar se desentendió del jamelgo, pero se encargó de cuidar sus relaciones con Gadafi. El ex presidente español fue el primer líder occidental en visitar al guía supremo de la Gran Jamahiriya Arabe en Trípoli tras el levantamiento de las sanciones impuestas por la ONU a Libia, motivo por el cual fue recibido con todo tipo de honores. Entre éstos se incluía una visita guiada por la antigua residencia oficial de Gadafi, un edificio en ruinas reconvertido en museo del terror que exhibía los restos de un caza norteamericano y una escultura que representaba a un puño y a un avión estadounidense estrujado entre los dedos. Aznar repetiría viaje años más tarde, cuando ya había dejado de ser inquilino de La Moncloa, y abriría las puertas de España a la familia Gadafi.

Tan extravagante maridaje ha permitido ver a algunos de los hijos del dictador libio paseando por las calles de Madrid sin despertar suspicacias. Uno de ellos, Khamis, estaba matriculado en un MBA del Instituto de Empresa, lo que ha convulsionado el atildado mundo académico de la capital. Se desconoce cuál es su actual paradero. De otros ha sido Alejandro Agag el que se ha encargado de ejercer de cicerone. No por nada, el yerno de Aznar, ahora metido a financiero, tiene intereses en el país norteafricano, caso de un coto de caza de perdices en las proximidades de Trípoli. Quienes han coqueteado con el tirano pretextan que la diplomacia no está hecha para salvar el mundo, sino para velar por intereses políticos y económicos.

El presidente libio y José Luis Rodríguez Zapatero en junio de 2010 (EFE)

Quizá guiado por esta premisa, Zapatero tampoco ha conseguido sustraerse a los encantos de Gadafi, uno de los pocos mitos supervivientes de la izquierda eterna, ‘el hombre que devolvió la dignidad a su pueblo’. Gadafi es socialista. Al menos de eso presume. Su hijo Saif al Islam Gadafi, el delfín llamado a ocupar el sillón presidencial, el mismo que amenaza a sus ciudadanos con un baño de sangre, el mismo que se doctoró en la London School of Economics con la tesis El Papel de la Sociedad Civil en la Democratización de las Instituciones de la Gobernanza Global, su hijo Saif al Islam, digo, va más allá. No sólo alardea de socialismo sino que asegura sin rubor que su padre, y no Anthony Giddens, es el creador de la Tercera Vía que inspiró al laborista Tony Blair. Profiere tal afirmación con el mismo entusiasmo que podría atribuirse la Nueva Vía del PSOE o declararse heredero directo de Pablo Iglesias

Las armas de España y el botox de Gadafi

En diciembre de 2007, Zapatero recibió con los brazos abiertos a Muamar Gadafi. A él y a sus aviones, sus coches de lujo, sus camellos, sus corderos degollados, su guardia de corps, sus treinta vírgenes armadas y su jaima, que instaló en el Palacio del Pardo. El presidente español le agasajó también con una cena a la que acudieron representantes de Repsol, Cepsa, Técnicas Reunidas, Cámaras, etcétera. La cosa debió funcionar porque, tal y como informó El Confidencial, España vendería armas a Trípoli por valor de 3,83 millones de euros un año después, en 2008, artículos recogidos en el epígrafe cuatro de la documentación oficial de la Secretaría de Estado de Comercio, esto es, las “bombas, torpedos, botes de humo, cohetes, minas, misiles, cartuchos y simuladores” que el líder libio está empleando contra sus ciudadanos. Lejos de aminorar el comercio, en 2009, Libia se convertiría en el segundo destino de las exportaciones de doble uso con 12,7 millones de euros. España le vendió radares para navegación y tráfico aéreo, así como sustancias químicas para laboratorios.

Nada más levantarse el veto que la ONU impuso al país norteafricano por su negativa a entregar a los autores del atentado de Lockerbie, España se puso a hacer negocios con Gadafi. No fue el único Estado. Los hombres más poderosos del mundo también siguieron sus pasos y no dudaron en postrarse en hinojos ante él en un intento por pescar en el prolífico oasis libio. Ahora se han dado cuenta de que tal acercamiento no resultó ser una buena idea. Estas cosas pasan en diplomacia, que igual te acusan de imponer castigos a un pueblo para vengarte de un dictador, que te atacan poco después por levantar el embargo, dar alas a Gadafi y permitir la masacre.

España fue el primero en restablecer relaciones comerciales y es posible que sea también uno de los primeros en sufrir el tsunami árabe si alcanza a Marruecos o Argelia, nuestros vecinos del sur, donde habitan marabuntas de ciudadanos sometidos y hastiados de sus mandatarios que más que demandar democracia, lo que reclaman son servicios: agua potable, alimentos, vivienda, un teléfono, en definitiva, una porción de ese anquilosado Estado del Bienestar del que disfruta Europa.

Gadafi muestra un aspecto descuidado en sus últimas apariciones en televisión quizá sabedor de que el fin está próximo. Lleva gafas ahumadas, va tocado con una taquiya, su perilla exhibe lagunas y tiene el rostro hinchado como si le hubiera dado una sobredosis de botox. Su temperamento iracundo, el mismo que le ha llevado a bombardear a su pueblo bajo la promesa de un paraíso eterno, contrasta con la templanza de El Rayo del Líder, el caballo que el líder libio regaló a Aznar. Rayo permanece encerrado en su celda de oro -de oro negro, se entiende-, esperando que alguien le abra la cuadra y se suba a la montura para cabalgar de nuevo. 

Caza Mayor
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