Nuevos tiempos, viejos modos

La crónica decía así: “Entre dos mil y tres mil invitados acudieron a la recepción en el Palacio Real… Al menos durante dos horas, la concordia

Foto: Felipe VI recibe el fajín de su padre
Felipe VI recibe el fajín de su padre

La crónica decía así: “Entre dos mil y tres mil invitados acudieron a la recepción en el Palacio Real… Al menos durante dos horas, la concordia nacional entre rivales de la política, la economía, el arte… ha dejado paso, como también es tradicional, a la armonía, la comprensión y el diálogo, al amparo del afán común de felicitar y estar con el Rey… el cual garantiza la convivencia libre en una España plural”. Estas líneas, que bien podrían haber salido de una pluma monárquica, o incluso de una republicana, de ese republicanismo converso que empieza a proliferar en esta España huera que cambia de valores como el que cambia de gorra cuando hay boato y se sirven canapés calientes, estas líneas anteriores, hay que aclarar, no son actuales. Se escribieron hace más de treinta años, el 25 de junio de 1983, y entonces, como ahora, también se postraban en hinojos en los jardines del Campo del Moro del Palacio Real y había cantantes, toreros y periodistas cumplimentando a Su Majestad.

Todo aparentemente sigue igual. Aun llevando por bandera la regeneración de las instituciones, las primeras señales que se han enviado a la ciudadanía se traducen en que nada ha cambiado. Donde antes acudía Raphael, ahora lo hace Bisbal, en vez del traje de luces de Palomo Linares está la muleta de El Juli y en representación de Luis María ‘Anson’ aparece el propio Luis María ‘Ansón’, amén de la recua importante de caballeros con causas judiciales pendientes que hicieron acto de presencia. Si quisieron planear una ceremonia transversal, en la que estuviera representada toda la sociedad, no esa sociedad naif y pija que abundaba en Palacio, sino esa otra de gente sencilla, esa sociedad cambiante y exigente de nuevos modos y maneras, lo cierto es que estuvieron a años luz de conseguirlo. Esa España, que es la mayoritaria, no estuvo representada. Aunque tampoco lo estuvieron, verdad es, los amigos de cacería de Don Juan Carlos. Algo es algo.

Los momentos clave del discurso

Al igual que el manifestódromo posterior del Palacio Real, el discurso de Felipe VI careció de esa transversalidad que muchos se han obcecado en otorgarle. El pasado miércoles, luego de la firma de la ley de abdicación en el regio Salón de Columnas, un vetusto e hinchado Don Juan Carlos se acercó a parlamentar con los invitados que habían acudido como testigos. Entre ellos, Rosa Díez, líder de Unión Progreso y Democracia (UPyD). “Rosa, te va a gustar el discurso que va a pronunciar mañana mi hijo. Al Gobierno no le gusta”, le adelantó el Rey saliente.  

Con estas declaraciones previas, algunos augurábamos un alegato histórico y rupturista que sentara las bases del nuevo reinado, que marcara un antes y un después. No lo fue. Al contrario, el discurso empleaba con tal énfasis la terminología gubernamental que parecía sacado del magín del mismísimo Mariano Rajoy. No hablaba de regeneración, sino de “revitalización de las instituciones”, se cuidaba muy mucho de mencionar una “reforma de la Constitución” para limitarse a decir que en la actual Carta Magna “cabemos todos”, y se refería a la crisis que “ha golpeado duramente a los ciudadanos” como algo externo del que sólo fueran responsables los mercados financieros o Manolo, el vecino moroso de 13 Rue del Percebe.

Aunque son muchos los que defienden su tono reformista y alegan que no había más discurso que ése habida cuenta del papel constreñido del nuevo Monarca, lo cierto es que la música de Felipe VI sonaba a antigua, a lugares comunes, apenas retales de disertaciones anteriores de su padre. No hubo riesgo. Como escribiera Arcadi Espada, “la obligación de un rey en su primer discurso es que todas las palabras suenen nuevas. Fracasó. Como también lo hizo en el modo de decirlas”. A día de hoy, la paternidad de la homilía real se atribuye indistintamente a Felipe VI; la reina Letizia, cada vez con mayor ascendente; Jorge Moragas, jefe de gabinete del presidente del Gobierno; Javier Ayuso, o Ayuso el Breve, director de Comunicación de la Casa del Rey, y Rafael Spottorno, jefe de la ídem y responsable de que el besamanos de la proclamación acabara trocando en romería de El Rocío.

Felipe VI en el momento de su discurso en el Congreso. (Efe)
Felipe VI en el momento de su discurso en el Congreso. (Efe)

Los historiadores concluirán algún día que el reinado de Don Juan Carlos no terminó con la rúbrica de la ley de abdicación, sino horas más tarde, en el derrière de Mariló Montero, porque fue allí, en el vaporoso vestido blanco de la presentadora de televisión, donde se perdió la mirada y la discreción de un Spottorno también de salida. El último servicio a Su Majestad o las nalgas de Mariló como metáfora de una Casa del Rey discutida y discutible.

Spottorno siempre pareció sacado de una novela de Graham Greene, como esos espías dobles que no se saben muy bien para quién trabajan hasta que llegan las últimas páginas y es ahí, salivando el final, cuando te percatas de que su único jefe era él mismo. Fue el fallecido editor Jesús Polanco el que lo metió en la Zarzuela con cargo de secretario general. Allí estuvo nueve años, de 1993 hasta 2002, fecha en la que Alberto Aza fue designado jefe de la Casa del Rey. Lo primero que hizo nada más tomar posesión fue echar a Spottorno. Diferencias de piel. Eso sí, como es norma en Zarzuela, le buscó poltrona en la Fundación Caja Madrid. De hecho, fue uno de los diez directivos que pretendían repartirse el ‘superbonus’ de 25 millones de euros. Rato les quitó el caramelo y Spottorno presentó la dimisión. O mejor, se la presentaron. Luego, con una mano detrás y otra delante, lo repescaron como jefe de la Casa. Caja Madrid terminó nacionalizada y Don Juan Carlos, abdicando. Ahora dicen que busca acomodo en una embajada. Dicen que en la de Inglaterra. De ser así, demos por perdido definitivamente Gibraltar, tal vez La Línea y quién sabe si hasta Estepona.  

España ha cerrado filas con el nuevo Rey. La proclamación ha apuntalado la Monarquía. Le ha dado un respiro que no será eterno, sino temporal, hasta la vuelta del verano, tal vez un año, que es a lo más que llega una sociedad en proceso de cambio a la que han pisoteado por el derecho y el revés.

Ya está, se acabó la fiesta, toca reinar. Y para este reinado constitucional al servicio de los ciudadanos no hay peor pecado que la complacencia y peores siervos que los aduladores. España ya no es la que era. A fuer de humillada y golpeada, luce unas heridas que tardarán en cicatrizar. Por ello, esta nueva Monarquía ha de desprenderse de los caducos modos que la precedieron y mostrarse cercana y comprensiva. Así, al menos, parece estar haciendo en estos primeros días tras la proclamación de Su Majestad, con una apretada agenda que recoge viajes a lugares donde antes no se iba y en la que se va a despachar con quienes antes eran repudiados.

Felipe VI debe ganarse la Corona, levantar puentes con la sociedad y cuidarse de los entornos, quizá el peor de los pecados capitales en los que incurrió su padre. La llegada a la jefatura de la Casa de Jaime Alfonsín, un abogado del Estado tan sobrio como enigmático parece la decisión correcta. Aun así, deberá estar ojo avizor para evitar que otro Manolo Prado se le cuele tras los tupidos cortinajes de palacio.

Caza Mayor
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