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Echarlos
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Leopoldo Abadía

Desde San Quirico

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Echarlos

El artículo que escribí la semana pasada acababa diciendo: "Una nación formada por muchas personas honradas -la mayoría- y que soporta la falta de vergüenza de una

El artículo que escribí la semana pasada acababa diciendo: "Una nación formada por muchas personas honradas –la mayoría– y que soporta la falta de vergüenza de una minoría, sólo tiene que hacer una cosa. Echarlos".

Coincidía con algo que escribió hace poco un amigo mío, refiriéndose a esa misma minoría: "¡Largaos!" Es decir, que el diagnóstico es fácil de hacer y el objetivo final –"echarles", "¡largaos!"–, fácil de definir.

Cuando yo hablaba de estrategia en el IESE, siempre decía que los objetivos debían ser medibles, porque, si no, no eran objetivos. Eran buenos deseos que, normalmente, no se cumplirían. Cuando era difícil encontrar la unidad de medida, había que añadir una coletilla: "Se entenderá que se ha conseguido este objetivo cuando..."

Con esto en la cabeza, me enfrenté con el "echarlos".

Siempre me he preguntado si la democracia tiene que realizarse obligatoriamente a través de la partitocracia

Pero como las cosas que se pueden complicar siempre se complican, se me ocurre leer el Time de esta semana. Me encuentro con una encuesta hecha por WIN/Gallup International en 65 países para determinar cuáles son los top problems del mundo. Resulta que el 21% dice que es la corrupción, dato ante el que alguno de nuestros corruptos sonreirá y dirá que lo suyo no tiene tanta importancia porque pasa en las mejores familias. Además, la encuesta dice que el 12% señala que el top problem es la diferencia entre ricos y pobres, lo cual, a mí, que soy bastante ignorante, me suena a injusticia. Y como la injusticia me parece otra forma de corrupción, sumo el 21 con el 12 y me sale que el 33% está preocupado, muy preocupado, con la actual situación de este mundo que nos hemos inventado, en el que –me copio a mí mismo– "muchas personas honradas –la mayoría– soportan la falta de vergüenza de una minoría".

Vuelvo a enfrentarme con el "echarlos".

Avanzo un poco más en la concreción y pienso en que el "los" de "echarlos" se refiere a personas individuales (es mi manía: creo que los pecados de la sociedad son la suma de los pecados individuales de cada uno de los que la formamos).

Estas personas individuales actúan, normalmente, asociándose con otros de su calaña. El político, con otros sinvergüenzas políticos; el financiero, con otros aspirantes a protagonistas de Wall Street 3, El dinero nunca duerme y si duerme, se despierta; y así...

Como por algún sitio hay que empezar, pienso que en las agrupaciones de políticos –lo que se llama "partidos"– hay bastante trabajo, que no garantiza que, una vez hecho, esté resuelto lo del 21%, pero, por lo menos, nadie nos podrá decir que no lo hemos intentado.

En primer lugar, siempre me he preguntado si la democracia –"doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el Gobierno"– tiene que realizarse obligatoriamente a través de la partitocracia, que es la estructuración de ese pueblo en grupos que tienen una determinada ideología. Grupos que se llaman "partidos", que el diccionario define como "conjunto de personas que siguen una misma causa".

Cuando me he preguntado eso, no me he sabido contestar, porque, aunque pienso que los partidos políticos funcionan de una manera curiosa, favoreciendo el amiguismo, el coleguismo, el enchufismo y el nepotismo, y huyendo como la peste de la denostada meritocracia –no vaya a ser que venga alguien más listo que yo y le apetezca mí puesto–, no encuentro otro procedimiento para que la gente participe en la cosa pública. Lo asambleario no me ha gustado nunca, porque me parece que es una dictadura de unos pocos, y tampoco me gusta la democracia orgánica que montó Don Francisco, nombre con el que, familiarmente, conocemos en casa al general Franco (me parece que la citada democracia consistía en intervenir en la vida pública a través de tres grupos: familia, municipios y sindicatos).

No me gusta lo del 15M, porque, en seguida, les pasaron tres cosas:

1. Que se les fue la salsa por la boca.

2. Que montaron un sistema de vida (horario, recogida de papel higiénico cuando tocase, etc.) que estaba condenado al fracaso, porque representaba un atraso importante en nuestro nivel de vida. Y a la gente normal le gusta utilizar el papel higiénico cuando lo necesita, sin tener que esperar la hora marcada.

3. Que, en seguida, fueron visitados los campamentos (Plaza de Cataluña, Puerta del Sol, etc.) por políticos profesionales, o sea, esos que sólo saben politiquear para ver si los acampados les interesaban para sus fines. Y como no les interesaron, se acabó el invento.

Me encantaría nombrar, para el Gobierno de MI nación, a personas que sepan y que no sean políticos y que vean a MI Patria como una empresa que hay que administrar bien. En un libro que escribí, hablaba de que los partidos políticos, impulsados por el Rey, (lo de "moderar y arbitrar" del Rey incluiría ese "impulso") eligieran un Gobierno reducido de personas que:

1. Supieran de aquello que se les encargaba.
2. Ficharan por un tiempo concreto (no más de 4 años).
3. Tuvieran la vida resuelta.
4. No cobraran nada.
5. Se fueran a su casa el día en que se acabara su contrato, sin medalla, sin jubilación, con una carta del Rey agradeciéndoles los servicios prestados.

A estos señores les llamé safety car, porque, mientras rodaban, tenían que permitir que los partidos políticos –los coches que corren– arreglasen sus problemas y se dispusiesen, limpios de toda porquería, a correr en serio, sin suciedades, sin embragues rotos, sin porquería en los frenos, etc.

Me ilusioné cuando en Italia fue nombrado primer ministro Mario Monti. Pensé que me habían hecho caso. En Grecia, no sé si antes o después, nombraron a Papadimos. ¡Me han hecho caso! Luego vi sus currículos. Los dos, ex-Goldman Sachs. Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE), ex-Goldman Sachs. Luis de Guindos, nuestro Ministro de Economía, ex-Lehman Brothers.


Y me dio orteguiana: "No es eso, no es eso".

Pero el objetivo sigue estando ahí. ¡Echar a la minoría que hace daño!

Se me acaba el espacio y, prácticamente, no he empezado. No sé si seré capaz de continuar. Si es así, escribiré el "Echarlos II", el "Echarlos III" y los que se me ocurran.

Y si no se me ocurre nada más, no volveré a decir que hay que echarlos, porque alguien me podría decir que mucho hablar, pero nada más.

El artículo que escribí la semana pasada acababa diciendo: "Una nación formada por muchas personas honradas –la mayoría– y que soporta la falta de vergüenza de una minoría, sólo tiene que hacer una cosa. Echarlos".

Coincidía con algo que escribió hace poco un amigo mío, refiriéndose a esa misma minoría: "¡Largaos!" Es decir, que el diagnóstico es fácil de hacer y el objetivo final –"echarles", "¡largaos!"–, fácil de definir.

Cuando yo hablaba de estrategia en el IESE, siempre decía que los objetivos debían ser medibles, porque, si no, no eran objetivos. Eran buenos deseos que, normalmente, no se cumplirían. Cuando era difícil encontrar la unidad de medida, había que añadir una coletilla: "Se entenderá que se ha conseguido este objetivo cuando..."

Con esto en la cabeza, me enfrenté con el "echarlos".

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