La Princesa de Asturias, Letizia Ortiz, en la escuela de vela de Cala Nova, en Palma de Mallorca. (EFE)La Princesa de Asturias, Letizia Ortiz, en la escuela de vela de Cala Nova, en Palma de Mallorca. (EFE)

Nada queda al azar cuando se dilucida el futuro del trono. La boda por amor entre Felipe de Borbón y Letizia Ortiz conllevó la firma de unas aparatosas capitulaciones matrimoniales, redactadas, como suele decirse, por un prestigioso bufete de abogados con dos linajes enlazados y una tilde en cada uno de ellos. En otras geografías preocupará la cláusula que, en caso de ruptura del vínculo, sitúa a las hijas habidas en el matrimonio a disposición del padre y de la corona, un punto que ilustres juristas consideran absurdo y repudiable por los tribunales. En Mallorca inquieta con más fuerza la disposición que otorga a la posible divorciada una residencia de verano, dado que cabe la posibilidad, terrorífica para la huésped y la anfitriona, de que se trate del palacio de Marivent o equivalente.

Si bien el contrato no contempla el comportamiento de Letizia antes del nada deseable divorcio, la futura Reina se comporta como la presidenta del comité de empresa de La Zarzuela. Veranear en Mallorca es un trabajo, tiene derecho a sus jornadas de asueto durante los fines de semana y la jornada laboral no incluye horas extras. Princesa a tiempo parcial, ha firmado un contrato temporal en estricto cumplimiento de las instrucciones de Juan Rosell para la masa laboral del país. Ambos odian los contratos indefinidos. El Príncipe pensaba por el contrario que había tenido la suerte de encontrar a una periodista curtida en los sacrificios y ausencia de horarios de la profesión, por lo menos en su versión legendaria. De nuevo, una sorpresa mayúscula por ambas partes.

La futura Reina se comporta como la presidenta del comité de empresa de La Zarzuela. Veranear en Mallorca es un trabajo, tiene derecho a sus jornadas de asueto durante los fines de semana y la jornada laboral no incluye horas extrasLa hipótesis de una condena mutua al veraneo perpetuo de Letizia es suficiente para que los mallorquines deseen la recuperación de la estabilidad matrimonial y la disipación de los nubarrones que periódicamente se ciernen sobre las parejas más ejemplares. Aunque Letizia apenas si ha pisado Mallorca en agosto, ha causado incluso consternación su posición dominante en la pareja, en especial entre autoridades mallorquinas -todas ellas del PP- acostumbradas a un reparto de roles más clásico. Si leyeran a Lewis Carroll, habrían concluido que la Princesa “está en una edad incómoda”, como decía Humpty Dumpty de Alicia, que rima con Letizia. Dado que el Príncipe aúna los rangos de esposo y heredero, está demostrando un estoicismo ejemplar respecto de desplantes cuya multiplicación pondría en duda sus dotes para el trono.

Siempre tan optimista, La Zarzuela creía haber solucionado hace años lo que denominaba problemas de carácter a ajustar. Dicho en lenguaje shakespeariano, el palacio estaba convencido de haber domado a la fierecilla. En concreto, Letizia había manifestado que no quería fotógrafos mosconeando a su alrededor si decidía salir de compras o al cine. Curiosamente, por tratarse de una periodista, quería poner coto a su derecho a la intimidad y a la imagen, que según la célebre sentencia del Constitucional se diluye y destruye respectivamente en el caso de personajes públicos que han elegido su situación de privilegio. Con notable optimismo, la Casa del Rey creía haber imbuido a la Princesa de las exigencias casi inhumanas de su rol.

La perspectiva de coronar a la primera Reina sindicalista de España no tiene únicamente aristas negativas. Letizia se ha enfrentado en actos públicos a sectores empresariales omnipotentes que no esperaban sus arremetidas, interrogando por ejemplo a los hoteleros sobre los puntos más punzantes de su gestión. En su última reencarnación bordea además la vigorexia. Ha desarrollado una adicción por las carreras que también puso en práctica en el complejo de Marivent, y piensa ya en participar en maratones. Sin embargo, no estaba preparada para tres imponderables: para ser abucheada, para admitir que siempre habrá un Rey por encima de ella y, sobre todo, para la espera interminable de una sucesión que confiaba en obtener antes de que se apagara su estrella de personaje de la Familia Real más solicitado por los organizadores de actos públicos.