Qué hacemos con los musulmanes: ¿echarlos o integrarlos?

El PP de Cataluña, liderado por Alicia Sánchez Camacho, está planteando en los primeros pasos de la campaña electoral un interesante debate sobre la inmigración en

El PP de Cataluña, liderado por Alicia Sánchez Camacho, está planteando en los primeros pasos de la campaña electoral un interesante debate sobre la inmigración en España, y está siendo valiente en la formulación de algunas propuestas dirigidas a situar esa discusión en el terreno del sentido común, lejos de posiciones extremistas como las defendidas por Josep Anglada por un lado, o los apóstoles del multiculturalismo, por otro. El domingo, en Alemania, la canciller Angela Merkel hacía también su particular incursión en este asunto -que debería preocupar mucho más de lo que lo hace a las autoridades europeas- y afirmaba sin rubor que el multiculturalismo se ha demostrado que no es la solución para una convivencia en paz y libertad de propios y extranjeros. Giovanni Sartori ya nos advirtió hace tiempo de que multiculturalismo y pluralismo no eran la misma cosa, sino más bien la contraria, ya que el primero “invierte la dirección de marcha pluralista que sustancia la civilización liberal”, en primer lugar porque el pluralismo invita al individuo a liberarse de las señas de identidad si quiere hacerlo mientras que el multiculturalismo lo atrapa en esas mismas señas, y, en segundo lugar, porque mientras el pluralismo invita a la convivencia compartida el multiculturalismo provoca guetos, es decir, sociedades cerradas y homogéneas.

 

Durante años, la izquierda ha estado engañando a la opinión pública con una falsa visión del multiculturalismo como una pata insustituible de la mesa de la democracia, y situando a los detractores del mismo en las antípodas del sistema. Eso llevó a la izquierda a poner en marcha, por un lado, una política de puertas abiertas y papeles para todos que sirvió de reclamo a una inmigración masiva que entró en nuestros países sin control alguno y, por otro, a practicar el buenismo y la complacencia con los recién llegados, hasta el punto de permitir la vulneración de las leyes mirando hacia otro lado por aquello de que eran “cosas de su cultura”. Así, hemos visto infinidad de casos de casos de mezquitas instaladas en sótanos de edificios de vecinos en los que éstos tienen que soportar estoicamente el ruido que hacen los devotos musulmanes a las tres de la mañana… O carnicerías que uno imaginaba solo existían por sus condiciones de insalubridad en algún zoco marroquí… O, lo que más polémica ha levantado, niñas con las cabezas tapadas por el velo islámico y vestidas de manera que hace imposible su participación en asignaturas obligatorias para el resto de alumnos como la gimnasia. En algunos casos atentan contra nuestras leyes, en otros contra nuestras costumbres, pero en ningún caso buscan la integración y respetan nuestro modo de vida, sino que tratan de imponer el suyo.

El multiculturalismo es una doctrina perversa, que actúa contra las leyes de la democracia

 

Bien, nos preguntamos qué es lo que hay que hacer… ¿Echarlos? Y aquí les respondo con absoluta contundencia: nunca. Jamás. No diré bajo ninguna circunstancia, porque creo que se acepta de manera bastante universal la expulsión cuando se trata de delincuentes habituales. Pero si de lo que hablamos es de inmigración legal, yo, al menos, me declaro radicalmente en contra de expulsar a nadie de nuestro país, porque entre otras cosas se ha demostrado que la inmigración legal aporta riqueza y contribuye al bienestar económico de todos. Pero ahora que se ha puesto de manifiesto que el multiculturalismo es una doctrina perversa, que actúa contra las leyes de la democracia, lo nos estamos planteando es cómo conseguimos que aquellos a los que hasta ahora les permitíamos sobrevivir en sus guetos se integren en nuestro modelo de sociedad. Y es aquí donde el PP de Cataluña está haciendo propuestas valientes como la del “certificado de buena convivencia”. Pero, más allá de ‘papeles’ que certifiquen la buena conducta de unos o de otros, la manera más efectiva de integrar a quienes aparentemente se niegan a hacerlo es el cumplimiento íntegro de las leyes y la observancia de nuestras costumbres. Dicho de otro modo: mismos derechos, mismas obligaciones.

 

Es decir, no debería plantear ningún debate el hecho de que en un colegio se expulse a una alumna por llevar velo o negarse a cumplir con sus obligaciones escolares. No debería ser motivo de escándalo que la policía clausure una mezquita situada en los sótanos de una vivienda colectiva, o que se multe a un imán por llamar a la oración a las tres de la mañana despertando a todo un barrio, o que se sancione a una mujer por bañarse vestida en una piscina pública. Nuestras normas y nuestras costumbres son las que son, y quienes las rechacen saben que pueden volverse por donde han venido o, en caso contrario, la ley actuará contra ellos. Esa tiene que ser la única línea de actuación, es la única posible en un Estado de Derecho: la observancia de la ley, su cumplimiento sin relajaciones. ¿Y por qué planteo esta cuestión desde el punto de vista de la relación con las sociedades musulmanas? Porque, evidentemente, por su cultura son las que más conflictos de convivencia generan pero, insisto, existen muchos musulmanes que han comprendido que es posible guardar sus costumbres sin invadir las nuestras, y ese ejemplo de convivencia y de integración debe imponerse a todo el colectivo musulmán en nuestro país.

 

Hacerlo así será, además, la mejor manera de evitar que tengan éxito aventuras ultraderechistas como la de Anglada, que en definitiva promueven hacia los colectivos inmigrantes las mismas dosis de intolerancia que las sociedades musulmanas manifiestan hacia los cristianos. La nuestra es una civilización que se fundamenta en los valores de respeto y tolerancia propios de una sociedad abierta de tradición cristiana, y eso significa que no podemos actuar con ellos igual que ellos actúan con nosotros en sus países de origen. Pero respeto y tolerancia no son lo mismo que buenismo y complacencia.

 

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