Escribo estas líneas de mi blog desde mi más humilde desconocimiento respecto de todo lo que rodea a la situación que se está viviendo en Egipto y, en general, en buena parte de los países de esa zona. Lo reconozco, no soy un experto en temas de política internacional y mucho menos en lo que se refiere al mundo islámico, pero me hago las mismas preguntas que, supongo, se hacen muchos de ustedes en una situación muy similar a la mía.

Hace tiempo que venimos leyendo y conociendo mucho sobre eso que los medios internacionales han llamado la Primavera Árabe y que aparentemente tiene que ver con un intento de democratización de sociedades sometidas a regímenes dictatoriales o totalitarios. Egipto fue, sin lugar a dudas -aunque también Túnez-, el exponente máximo de ese movimiento que se daba cita en la ya famosa plaza Tahrir de El Cairo. Sin duda todos nos hemos sentido muy próximos a esa gente que finalmente consiguió que cayera un régimen militar y que se convocaran elecciones.

En ningún país árabe es posible una democracia al estilo de lo que conocemos en Occidente, y eso tiene mucho que ver con su modelo de sociedad profundamente enraizado en una religión extraordinariamente restrictivaSin embargo, el tiempo parece haber dado la razón a quienes desde una posición si quieren ustedes políticamente incorrecta, advertían de los peligros que se avecinaban. ¿Qué ha ganado el pueblo egipcio? Y, sobre todo, ¿qué hemos conseguido los países occidentales contribuyendo a que triunfara ese movimiento aparentemente liberalizador? No parece que ni unos allí, ni otros, aquí, hayamos conseguido el objetivo final de llevar la democracia a Egipto. Lo que sí parece es que hemos visto como caía un dictador controlable por las potencias occidentales al tiempo que el país acababa en manos de un régimen islamista incontrolado e igual de totalitario que el anterior. O sea: un desastre.

¿Dónde está la raíz del problema? Supongo que ustedes, al igual que yo, habrán llegado a una conclusión parecida: no es compatible la democracia con un modelo de sociedad islamista. Creo que no se trata solo de lo que ha pasado en Egipto, sino que es una evidencia que se constata a lo largo del tiempo: en ningún país árabe es posible una democracia al estilo de lo que conocemos en Occidente, y eso tiene mucho que ver con su modelo de sociedad profundamente enraizado en una religión extraordinariamente restrictiva y que no admite conceptos tan básicos para el sostenimiento de un sistema democrático como la pluralidad, la diversidad o la capacidad de elección. Es decir, esencialmente la libertad.

Egipto está muy lejos de tener un sistema democrático que pueda siquiera parecerse un poco a lo que disfrutamos aquíEl simple hecho de que a la jornada del viernes en El Cairo se la calificara de Día de la Ira pone de manifiesto lo mucho que nos separa como sociedad de aquella... Hace poco tiempo, coincidiendo con el esplendor de aquella Primavera Árabe, en España surgió otro movimiento que pretendía ser similar, en el sentido de buscar una mayor apertura democrática de nuestro país: el 15-M. Sin dudar de la bondad de muchas de las aspiraciones que llevaron a mucha gente a ocupar la Puerta del Sol en un intento de imitar lo que está ocurriendo en la Plaza Tahrir, lo cierto es que cualquier comparación de lo que ocurre en Egipto con lo que vivimos en España, con todos nuestros defectos como democracia, que son muchos, resulta odiosa.

Egipto está muy lejos de tener un sistema democrático que pueda siquiera parecerse un poco a lo que disfrutamos aquí. Allí tienen el Día de la Ira. Aquí tenemos una prima de riesgo a 250 puntos básicos como prueba dela credibilidad que España ofrece como país.