Ébola, epidemia de insensatez

La auxiliar de enfermería Teresa Romero ha superado el ébola. Esta es la buena, buenísima noticia, que nos dio ayer el equipo médico que la atiende:
Foto: Miembros del equipo médico que atienden a Teresa Romero, antes de la rueda de prensa. (EFE)
Miembros del equipo médico que atienden a Teresa Romero, antes de la rueda de prensa. (EFE)

La auxiliar de enfermería Teresa Romero ha superado el ébola. Esta es la buena, buenísima noticia, que nos dio ayer el equipo médico que la atiende: las dos últimas pruebas –la segunda realizada ayer– dieron negativo, lo que significa que no hay rastro del virus en su sangre. Ella, que ha combatido la muerte durante todos estos días –llegó, incluso, a temerse su fallecimiento cuando tuvo el fallo multiorgánico–, ha vencido en su lucha y, además, no parece que ninguna de las personas que estuvieron en contacto con ella haya sido contagiada. Ello significa que, desde que aquel 6 de octubre ingresó en el Carlos III afectada por la enfermedad y estallara lo que ya se conoce como la ‘crisis del Ébola’, el resultado final ha sido: una persona contagiada y que ha superado la enfermedad, y el posible brote contenido sin mayores incidencias.

Es decir, un éxito de la sanidad pública española que ha demostrado estar a la altura de las circunstancias y que ha aprendido en estas semanas mucho sobre cómo combatir la enfermedad, y una derrota de los agoreros que se esperaban lo peor y, sobre todo, de una parte de la izquierda española que esperaba la muerte de Teresa Romero para montarle al Gobierno del PP un conflicto social de proporciones semejantes a los que en su día se montaron por el hundimiento del Prestige o la Guerra de Irak.

Los expertos en la agitación y la propaganda ya estaban organizando las manifestaciones ante las sedes del PP el fin de semana del 11 de octubre, cuando la salud de la auxiliar de enfermería había empeorado mucho y se temía por su vida, y sin que se hubiera llegado a producir el fatal desenlace ya estaban convocando en las redes sociales a manifestarse contra el PP y el Gobierno en toda España.

Pero no fue así, y a partir de aquel crítico momento lo que ocurrió fue que por una parte la fuerza de voluntad de la propia Teresa, y por otra un equipo médico dedicado en cuerpo y alma a salvarla, consiguieron sacarla adelante hasta hoy. Todavía tendrá que recuperarse en el hospital, pero Teresa ha pasado de ser una enferma a ser una fuente de salvación para otros, como lo ha sido para ella la hermana Paciencia, que, a pesar de que las autoridades españolas no quisieron traerla a España cuando todavía estaba enferma, una vez superada la enfermedad no ha dudado en venir a nuestro país a servir de antídoto contra el virus, dando un ejemplo de entrega y generosidad que solo se entiende desde la perspectiva de sus convicciones personales.

Se ha creado artificialmente una alarma social sin precedentes, cuando la realidad es que la posibilidad de que un español cualquiera pudiera contagiarse por el virus del Ébola era ínfima en comparación con la probabilidad de morir por cualquier otra enfermedad o por un accidente

Por eso es inexplicable el comportamiento del marido de Teresa. Cuando toda la energía de la sanidad pública española se ha puesto en funcionamiento para salvar a su mujer, cuando debería estar agradecido y ser humilde por todos aquellos otros cuyos familiares fallecen en los mismos hospitales todos los días, en lugar de eso se apresta a intentar hacer de la suya una causa política, en un intento bastante vil de utilizar la enfermedad de su mujer para satisfacer intereses aparentemente partidistas. Pero esto es lo que hemos vivido durante el tiempo que ha durado esta crisis: una epidemia de insensatez a veces sin límites.

Medios de comunicación entregados al morbo y a la autosatisfacción por cada noticia negativa que llegaba a sus redacciones, pretendiendo que con ello la crisis se acrecentara y crecieran sus índices de audiencia y su número de lectores. Se ha creado artificialmente una alarma social sin precedentes, cuando la realidad es que la posibilidad de que un español cualquiera –salvo aquellos que tuvieron un contacto directo con Teresa o con alguno de los misioneros repatriados– pudiera contagiarse por el virus del Ébola era ínfima en comparación con la probabilidad de morir por cualquier otra enfermedad –la gripe misma, mucho más contagiosa– o por un accidente. De todo lo que hemos aprendido en este corto espacio de tiempo, esa debería ser la lección principal.

Verán, en los primeros días de esta crisis se dijeron mentiras, muchas mentiras, principalmente tres: que España era el único país que repatriaba enfermos de ébola, que en España era el único país en el que se morían los enfermos de ébola y que en España era el único país en el que alguien se contagiaba de ébola.

Bien, ninguna de las tres se ha cumplido a la vista de lo que ha pasado en otros países, y todavía hay quienes pretenden darnos lecciones de cómo se ha combatido una crisis como esta en Estados Unidos, cuando es innegable que el éxito español es ahora mismo la envidia de otros países y un ejemplo para las autoridades sanitarias mundiales. ¿Eso significa que estamos libres de riesgo? No, el riesgo cero no existe y esto puede volver a pasar. Por eso es tan importante todo lo que se ha aprendido, y por eso es tan importante que, si ocurriera, fuéramos capaces de no hacer de nuevo demagogia y populismo y sí de utilizar el sentido común y la serenidad.

Dos Palabras

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