Un tal Rufián que hizo honor a su apellido

El portavoz adjunto de ERC, hijo de inmigrantes andaluces, nacido en Cataluña bajo un régimen democrático que ahora él repudia, es la máxima expresión de nuestro fracaso
Foto: El portavoz adjunto de ERC, Gabriel Rufián. (EFE)
El portavoz adjunto de ERC, Gabriel Rufián. (EFE)

Hay que reconocer que la tarde del viernes en el Congreso de los Diputados fue no poco entretenida y, desde luego, más que lamentable el espectáculo que ofrecieron sus señorías, empezando por un incapaz presidente del Hemiciclo, Patxi López. Pero si hubo algo que me dejó estupefacto fue la intervención de un personaje que, supongo, dará mucho que hablar en el futuro. Ya lo hizo cuando se negó a ir a la Zarzuela a la ronda de contactos con el Rey, aunque sorprendió que el pasado martes su turno en la sesión de investidura, o de no-investidura, de Pedro Sánchez lo ocupara un siempre insolente Joan Tardá.

A la vista está que ERC prefirió guardarse el plato fuerte para el final, a sabiendas de que cada intervención de cinco minutos del viernes por la tarde para fijar posición de cara a la votación segunda y última, iba a ser escudriñada con lupa. Y allí subió a la tribuna un tal Rufián, cara redonda, ojos achinados y rostro que si no fuera por la barba negra podría parecerse al de Kim Jong-un con uniforme negro que recordaba amargamente a las camisas tan al gusto de Mussolini.

No hay peor fanático fundamentalista que el converso. La mirada de Rufián, perdonándonos la vida a todos los que observábamos entre absortos y atemorizados su presencia en la tribuna, apoyado sobre el codo derecho como si estuviera en la barra de un bar y repasando las caras de cada uno de los diputados allí presentes, quizás grabándoselas a fuego en su mente para no olvidarlas, su mirada, digo, me recordó vagamente a la mirada entre lánguida y drogada de los asesinos fanáticos del Estado Islámico antes de inmolarse o de rebanarle el cuello a alguno de sus rehenes.

Hijo y nieto de inmigrantes andaluces… Igual que los conversos occidentales reclutados por el fundamentalismo del ISIS para luchar en una guerra que no es la suya, Rufián ha sido reclutado por el independentismo para luchar en otra que tampoco es la suya, pero de la que se ha convertido en su mejor estandarte. El converso es una máquina perfecta de propaganda: si Goebbels hubiese a tenido Twitter al alcance de su mano, habría reclutado a cien mil rufianes para coparlo con sus mentiras. Nacionalismo y socialismo se unieron entonces, como ahora, para glosar la ideología más perversa y mortal para el ser humano que se haya conocido.

Un tal Rufián que hizo honor a su apellido

Rufián, allí subido a una tribuna en la que no cree porque le han embutido en su cerebro el odio como forma de convivencia, engarzó un discurso patético y voraz que nadaba entre las máxima de Confucio y las rimas de todo a un euro de Melendi, pero tremendamente eficaz para alimentar el apetito sentimental de esa parte de la sociedad catalana que ha caído en las redes de fundamentalismo. ¿Qué pintaba ahí el tal Rufián? Nos preguntábamos los presentes sin entender la profunda vocación provocadora que va estrechamente ligada al fanatismo. Rufián estaba ahí para hacernos hervir la sangre mientras él mantenía una aparente tranquilidad cimentada en su crédula superioridad moral.

Y consiguió, en efecto, lo que pretendía: inflar los cojones de los allí presentes a cuyos gritos e improperios respondió con un desprecio rayano en la crueldad. Rufián, hijo de inmigrantes andaluces, nieto de inmigrantes andaluces, nacido en Cataluña bajo el amparo de un régimen democrático que ha velado por su subsistencia y al que ahora él repudia manipulado por un odio que no es el suyo, no es más que la máxima expresión de nuestro fracaso. Sí, de nuestro fracaso, de nuestro acomplejamiento, de nuestra cesión a cambio de la lealtad nacionalista a unas reglas del juego que han violentado desde el día siguiente a haber aprobado la Constitución del 78.

El Estado no ha existido en Cataluña, en una Cataluña en la que se ha educado a los jóvenes en el odio a España, a jóvenes que ni siquiera eran catalanes de tradición, aunque sí de nacimiento, y en los que no tenía sentido alguno –tampoco lo tiene en quienes si acumulan ocho o más apellidos catalanes- que floreciera la mies del independentismo sembrada y regada a conciencia en tantas escuelas públicas. Que Rufián nos sirva de lección.

Dos Palabras

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