Iglesias se hace el harakiri de la mano de Bildu y la CUP

Los posicionamientos del líder de Podemos en los últimos días le identifican claramente con las opciones más radicales del panorama político español

Foto: El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, en el Congreso de los Diputados. (EFE)

En los últimos días el líder de la formación morada Podemos, Pablo Iglesias, ha protagonizado varios gestos políticos que le identifican claramente con las opciones más radicales del panorama político español. Primero fue la reunión junto a miembros de ERC y EH-Bildu con los agresores de los guardias civiles de Alsasua y la petición de libertad para los tres detenidos por aquel acto que tuvo todos los ingredientes de otros similares calificados en su día de terrorismo. El hecho de que ETA ya no mate y de que prácticamente este extinta no significa que haya dejado de haber gente capaz de utilizar la intimidación, como ocurrió en Alsasua, recordando tiempos mucho peores que los actuales.

En perfecta sintonía con esa postura, el líder de Podemos ha defendido el acercamiento de presos al País Vasco -lo cual, ciertamente, debe ocurrir en el momento en el que ETA desaparezca del todo, pero tampoco es explicable tanta prisa-, y ha presentado una propuesta de reforma del Código Penal para que desaparezca el delito de enaltecimiento del terrorismo. No contento con todo eso, se ha alineado con el nacionalismo más radical, la CUP, en la defensa de quienes de manera violenta y propia del peor de los fascismos ocuparon la sede del PP en Barcelona pidiendo el referéndum.

Íñigo Errejón.
Íñigo Errejón.

¿Qué busca Iglesias con todo ello? Pues es evidente: ser el referente de ese electorado a nivel nacional, e incluso intentar hacerse con esos votos en las elecciones autonómicas. Por eso se abraza con los movimientos más radicales, una estrategia política que fue ampliamente criticada por el errejonismo. De hecho, el propio Errejón se distanciaba estos días de algunos de esos gestos porque, en el fondo, él sabe que por ese camino Podemos no va a ninguna parte, salvo a la marginalidad. El discurso de Iglesias se ha plagado, de nuevo, de referentes rupturistas y antisistema, como si él y los suyos sintieran nostalgia de la ocupación de las calles.

Lo mismo le ocurre al resto de movimientos marginales de izquierda que solo se alimentan de la provocación callejera, y de ahí la invasión por parte de miembros de la CUP de la sede del PP. En el fondo, todos estos movimientos necesitan de la violencia para subsistir, no son nada sin ella, y eso explica lo de Alsasua, lo de Barcelona y la constante referencia de Iglesias a volver a las calles contra sus enemigos de siempre: la casta, los banqueros, los ricos y poderosos, etcétera. El problema es que hubo un tiempo en que ese discurso encontraba audiencia en una ciudadanía que anteponía la visceralidad contra lo que ellos consideraban culpables de la crisis, de su crisis, a la estabilidad del sistema o la necesidad de su permanencia.

El discurso de Iglesias se ha plagado de referentes rupturistas y antisistema, como si él y los suyos sintieran nostalgia de la ocupación de las calles

Eso ha cambiado. Aún siendo cierto que la salida de la crisis ha dejado a muchas familias en la ruina, también lo es que la necesidad de encontrar espacios de tranquilidad se ha superpuesto al revanchismo. Cada vez son menos los que quieren acabar con el sistema y más los que apuestan por reformas democráticas del mismo. Eso lo entendió en su día Errejón, consciente de que Podemos perdía su única oportunidad echándose en brazos del radicalismo. El discurso antisistema ya no tiene cabida si se quiere gobernar el país o ser decisorio en la gobernabilidad del mismo. Por mucho que Iglesias se empeñe en sumar el electorado radical de la CUP o de BIldu, ¿a dónde va a llegar con eso? Por el contrario, pone en bandeja de plata la permanencia del bipartidismo y la alternancia en el poder del PP y del PSOE, siempre que en este último las primarias las gane Susana Díaz, porque de hacerlo Sánchez el camino del PSOE será el de la ruptura.

Iglesias es un hijo de la revuelta, de la protesta, de la ocupación de las calles, y es incapaz de comprender que por ese camino no se llega más que a la mediocridad y la marginalidad. Algo debería aprender de aquellos a los que abraza: ni siquiera en los años más difíciles del terrorismo, cuando Bildu –Batasuna- sumaba miles de seguidores, consiguió jamás ser decisiva. Como tampoco el radicalismo nacionalista ha gobernado en Cataluña hasta que no se ha identificado con los partidos del sistema. Dicho eso, a Iglesias le están esperando sus enemigos a la vuelta de la esquina.

Dos Palabras

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