Una pendiente resbaladiza

Los lógicos discuten si es falaz el argumento que se conoce como “pendiente resbaladiza” (slippery slope), y que afirma que algunos procesos acaban por llegar a
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    Los lógicos discuten si es falaz el argumento que se conoce como “pendiente resbaladiza” (slippery slope), y que afirma que algunos procesos acaban por llegar a un final inevitable, aunque no fuese tal la intención de quienes lo iniciaron. El argumento tiene más de psicología popular que de lógica estricta, pero así es la vida del común de los mortales y, cuando se resbala por una pendiente, es difícil parar y, más aún, retomar la cuesta arriba.

    A los españoles se les antoja que esto es exactamente lo que ocurre con muchos procesos de deterioro: parece que estamos a punto de estrellarnos de manera inmediata e ineluctable. Quienes crean que siempre es posible elegir una alternativa distinta, han de luchar con el derrotismo y la desesperación de muchos y, si no lo hacen a tiempo y con energía, se pueden encontrar con que el factor que finalmente les derrota es la desmoralización total de sus partidarios. Me referiré a situaciones que parecen responder a esa lógica perversa, con gran desazón de muchos, pero sin que nadie haga nada.

    El primero de ellos es el notabilísimo descrédito de la política, que se sitúa en una pendiente que no para de acentuarse desde hace bastantes años, y, en especial, desde 2004. Según un reciente estudio de la Fundación Sistemas, existe “un creciente retraimiento ciudadano acompañado de signos de desafección electoral”, lo que implica mayores demandas de democracia sin que se sepa cómo se van a conseguir, porque la tendencia al bipartidismo es universal y muy fuerte (se da en todas partes, en EEUU, Inglaterra o Francia, por ejemplo, con sistemas electorales muy distintos al nuestro), la ley electoral dificulta mucho una diseminación, que sería indeseable por otros motivos, y no se ve cómo se podría alcanzar una reforma seria y radical de la forma de hacer política que se juzga tan insatisfactoria. Todo favorece, pues, una impresión de impotencia colectiva para reformar un sistema que claramente no gusta, que es tolerante con la corrupción y enormemente ineficiente a la hora de resolver los problemas reales de la sociedad española.

    Se están empezando a sentir ligeras modificaciones del panorama de fondo, un todavía débil liderazgo cívico que habrá de crecer mientras los políticos parezcan no tener ni tiempo ni imaginación para nada distinto a subir los impuestos y a hacer recortesPara no poner ejemplos que sesguen el análisis, me fijaré en dos casos que afectan a todos: el caótico desarrollo del sistema de alta velocidad ha venido a añadir a las viejas ineficiencias de Renfe nuevos agujeros de déficit, mientras seguimos haciendo costosísimas obras para que circulen trenes que nadie cogerá, o el extraordinario aumento del gasto público en sanidad, que se ha multiplicado casi por dos entre 2002 y 2010, es decir, desde que es competencia autonómica, sin que nadie pueda asegurar que tenemos una sanidad pública mejor.

    Otro punto en el que existe una sensación general de que nos encontramos en plena debacle es el referente a la unidad nacional. Los secesionistas catalanes parecen avanzar hacia ninguna parte, pero tampoco se ve claro cómo se va a parar un proceso destructivo de tal calibre, de modo que cunde la desesperación, y es precisamente este estado de derrotismo nacional el que, aún en contra de su fundamento, puede llegar a convertirse en un factor de disgregación y de conflicto incontrolable. En este punto resulta difícil batir el nivel de despropósitos imperante, salvo que recordemos los delirantes episodios del cantonalismo de la I República con naciones políticas emergentes en campanarios casi despoblados. El problema catalán es muy grave y no se aborda con la seriedad que requeriría, de manera que cabe temer que finalmente el lobo mate a las ovejas.

    No hay ninguna maldición que nos condene a estar en manos de gente no solo incompetente, sino irrelevante y vacía. Tras tantos años de discutir sobre fórmulas económicas, los políticos españoles parecen haber olvidado que su oficio no es primariamente contable, que la política necesita de la Administración, pero es otra cosa. Poco a poco se están empezando a sentir ligeras modificaciones del panorama de fondo, un todavía débil liderazgo social y cívico que habrá de crecer mientras los políticos parezcan no tener ni tiempo ni imaginación para nada distinto a subir los impuestos y a hacer recortes que pueden ser peores que lo que pretenden remediar. Los conflictos que nos atosigan ofrecen otro síntoma de la misma enfermedad particularista, todos a defender su predio y su cazuela, lo que es lógico, pero notoriamente insuficiente y miope mientras España languidece y amenaza ruina.

    Hace falta política, liderazgo, claridad, discusión pública y valor para tomar decisiones. No todo puede ser mirar para otra parte y a cortísimo plazo. Hace falta una ley de partidos que permita ciertos controles externos para cortar la corrupción sistemática e impune y garantizar la participación y la democracia. Hay que reconstruir el pacto constitucional, insensatamente roto para beneficio de los secesionistas, y eso implica una manera muy diferente de hacer política. Lo contrario no es ya una opción defendible. Y quienes ahora están al frente se juegan algo más que la derrota.

    *José Luis González Quirós es analista político
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