Murcia y la mafia

¿En cuántos de los casos de corrupción que se han conocido en España estaba detrás la mafia? No lo sabremos, y por eso se debe prestar atención a lo que ocurre en Murcia

Foto: Pedro Antonio Sánchez. (EFE)
Pedro Antonio Sánchez. (EFE)

En Murcia no para de llover. Siguen cayendo chuzos de punta aunque los 'flashes' de los fotógrafos y los focos de las televisiones hayan dejado de alumbrar la actualidad de esa región en cuanto el presidente de la comunidad, Pedro Antonio Sánchez, accedió a representar el papel que le tenían asignado en la comedia y presentó la dimisión. Se apagaron los ecos tras ese portazo teatralizado, pero luego ha seguido lloviendo aunque ya nadie le preste atención a esta lluvia que se ha hecho habitual. Rutinaria, podría decirse, y es justo ahí, en esa rutina, donde surge el mayor sobresalto.

Otra vez se ha denunciado el ‘extraño robo’ de un ordenador en la Fiscalía Anticorrupción de Murcia, y como es ya la tercera vez que ocurre, no es posible pensar en las coincidencias, en el azar del destino, sino en la existencia de un sustrato mafioso como única explicación de todo lo que está pasando. Tres veces han asaltado al fiscal para robarle información, para hacer desaparecer documentos o, simplemente, para intimidarlo. Y eso, a ver, es mafia. No tiene otro nombre.

Ya sé que es posible que, al hablar de mafia, haya alguien que se espante o lo considere exagerado. Quizás el problema está en el mismo concepto de mafia, acaso porque se establece una relación mental inevitable en cuanto se pronuncia la palabra y, chas, aparece la imagen de Vito Corleone o de Pablo Escobar. Pero la mafia existe, silente y constante, sibilina, al margen de los grandes capos, cinematográficos o reales. Hace unos años estuvo de visita en España un carismático fiscal italiano que se hizo en voz alta una sola pregunta: “¿Che cosa è la mafia?”. El tipo era carismático porque reunía todos los requisitos físicos de un antihéroe; nada que ver con esos jueces o fiscales estrella que parece que caminan sobre sedas, envueltos en una nube de perfume caro.

No, el fiscal italiano, Francesco Messineo, fiscal jefe de Palermo, era un tipo bajito, con un traje gris oscuro que se intuía gastado, gafas redondas y una ligera corvadura en la espalda. El pelo cano y una cara corriente, quizá con la expresión de un hombre bonachón, la típica estampa, en fin, de un funcionario a punto de jubilarse, como los que describía Pessoa. Pero era, sin embargo, el fiscal de Palermo, la capital de Sicilia, acaso la región del mundo en la que la mafia tiene más extendidos sus tentáculos. El fiscal que lucha contra la mafia allí donde la mafia ha llegado a secuestrar, estrangular y disolver en ácido a un niño de 12 años para extorsionar a un testigo; el fiscal que cada vez que sale a la calle lo tiene que hacer en un coche blindado y rodeado de una escolta de cinco 'carabinieri'.

La diferencia con respecto a otras asociaciones estriba en que la mafia persigue el control de la vida pública

Cuando Messineo se preguntó en voz alta qué es la mafia, se respondió primero con los textos legales, quizá para desmitificar el concepto cinematográfico que tenemos de los mafiosos y aterrizar en la realidad a esos delincuentes. “Consideramos mafia —dijo Messineo— la asociación de delincuentes que tiene como fin el control de actividades económicas, concesiones administrativas, servicios públicos… Es decir, que la diferencia de la mafia con respecto a otro tipo de asociaciones de delincuentes estriba en que la mafia va más allá del delito y persigue el control de la vida pública en las zonas en las que se asienta”.

Luego, también para desmitificar la imagen que tenemos de la mafia, descartó que las mafias se dediquen solo al tráfico de drogas, sino que invierten en sectores tan diversos como la construcción, supermercados o cadenas de alimentación, y en zonas en las que se presentan grandes oportunidades de penetración, como la costa española. El negocio de la mafia, sostenía Messineo, sigue siendo el mismo, la acumulación de dinero a través de la extorsión. “La mafia ya no invierte en Italia, lo hace en otros países como España”.

¿En cuántos de los casos de corrupción que se han conocido en España estaba detrás la mafia? Quizá nunca lo sepamos, pero no será precipitado asentir si pensamos en todos los casos investigados, desde la Marbella de Jesús Gil hasta los negocios catalanes de los exlíderes de Convergència, pasando por las redes que operaban en casi todo el Levante español: la costa mediterránea al completo. No lo sabremos y, justo por eso, se debe prestar una atención especial a lo que ocurre en Murcia, por si puede servir de hilo para desenrollar un ovillo.

Algo grave ocurre cuando el fiscal anticorrupción denuncia que en tres ocasiones ha sido objeto de robo por parte de unos supuestos ladrones

Algo grave ocurre cuando el fiscal anticorrupción denuncia que en tres ocasiones ha sido objeto de robo por parte de unos supuestos ladrones. Le han robado dos veces los ordenadores, en su casa y en el despacho, y, otra vez más, los supuestos ladrones entraron en su domicilio, registraron varias dependencias y se largaron sin más, sin llevarse nada. “Solo querían dejar la tarjeta de visita”, llegó a decir el antiguo fiscal superior de Murcia, Manuel López Bernal, y añadió luego que “es una situación que afecta a muchos fiscales de este país que han luchado contra la corrupción (…) No puede ser que se persiga más a los fiscales que a los corruptos”.

Cuando le han preguntado al fiscal general del Estado, José Manuel Maza, sobre los comportamientos mafiosos de Murcia y el acoso de las mafias al fiscal anticorrupción, jamás ha llegado a considerarlo como un problema general, apenas un par de casos aislados. “A los fiscales anticorrupción los protegeremos, ¡claro que sí!, porque es un trabajo duro y arriesgado. Principalmente, en este tipo de investigaciones, el delito organizado, las mafias de narcotráfico y de prostitución", dijo hace unos días en el Congreso. Pero no quiso citar a Murcia y, sin embargo, sigue lloviendo. La cuestión, en fin, es tan obvia como que lo único que no es posible pensar es que, de pronto, los delincuentes comunes le han encontrado un atractivo más poderoso a robar ordenadores de fiscales que a atracar bancos.

Matacán

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