¡Americanos, os recibimos con alegría…!

‘Americanos, vienen a España gordos y sanos, viva el tronío de ese gran pueblo con poderío, olé Virginia, y Michigan, y viva Texas,que no está mal,

‘Americanos, vienen a España gordos y sanos,

viva el tronío de ese gran pueblo con poderío,

olé Virginia, y Michigan, y viva Texas,

que no está mal, os recibimos americanos con alegría,

olé mi madre,  olé mi suegra y olé mi tía’    

Bienvenido Mister Marshall 1953.

 

 

La última vez que llegó a España una misión del FMI vino en son de paz. La visita suele producirse una vez al año -normalmente en primavera- y para elaborar el informe los funcionarios del FMI se entrevistan con altos cargos del Gobierno, agentes sociales y económicos y representantes del poder legislativo, como recomienda el propio FMI.

 

Desde hace décadas, prácticamente desde que en 1986 España ingreso en la UE, sus visitas son rutinarias. Carecen de interés informativo. Pero la implicación directa del FMI en la crisis del euro ha creado expectativas desconocidas desde principios de los 80. Por aquella época, España pasó de ser un país deudor en los mercados internacionales de crédito a mantener un saldo acreedor, en coherencia con su desarrollo económico. Es decir, que en vez de recibir fondos para equilibrar su balanza de pagos, prestaba a los países necesitados utilizando sus excedentes de ahorro.

 

Era inimaginable pensar que una visita del FMI tendría de nuevo repercusión mediática, pero lo cierto es que sus funcionarios vuelven a tener mando plazo por el deterioro progresivo de las cuentas públicas. Aunque por el momento España no ha recibido todavía ningún crédito del FMI, parece evidente que el Fondo tiene mucho que decir cuando se ha comprometido a desembolsar hasta 220.000 millones para estabilizar el euro. Y una parte esencial de esa estrategia pasa por la consolidación fiscal.  Y España, no se olvide, es lo que hoy se denomina ‘riesgo sistémico’.

 

Habrá quien piense -con cierta exageración- que estamos ante un protectorado económico de nuevo cuño. Incluso se ha hablado de la creación de una especie de ‘corralito presupuestario’ del que las autoridades no podrán salir salvo que incumplan sus compromisos con Bruselas; pero lo cierto es que la economía española vuelve a estar vigilada. Primera conclusión, España ha perdido capacidad de maniobra fiscal, lo cual es extremadamente inquietante en un contexto recesivo en el que la demanda interna se ha convertido en un lastre en el crecimiento económico. El Gobierno se ha bebido la cantimplora antes de atravesar el desierto y ahora no cuenta ya con instrumentos fiscales de estímulo de la demanda agregada. Un castizo diría que Keynes le ha durado a Zapatero un telediario.

 

Una política de gasto público descabellada se ha convertido más en un problema que una solución. En la madrugada del lunes se enterró la cultura de la estabilidad en Europa

Un problema o una solución

 

Esto pone de manifiesto varias cosas. Pero sobre todo revela cómo una política de gasto público descabellada (destinada a embellecer aceras y a comprar votos) se ha convertido más en un problema que una solución. Esa política, al menos, hubiera tenido un pase si gracias a ese cuantioso déficit, el desempleo hubiera aumentado hasta niveles razonables. O, igualmente, no se hubiera destruido tanto tejido productivo. Ni una cosa ni otra. España ha pasado en apenas un par de años de un superávit presupuestario del 2,2% a un déficit equivalente a 11,2 puntos del PIB, lo que significa un recorrido verdaderamente atroz. Y con un crecimiento de la deuda verdaderamente espectacular. Nada menos 313.000 millones entre 2008 y 2010. Pero, al mismo tiempo, la crisis se ha llevado por delante más de 141.000 empresas inscritas en la Seguridad Social.

 

El déficit público, por lo tanto, no se debe a que el Gobierno se ha gastado el dinero en suavizar el ajuste, sino al efecto combinado de una política de gasto público equivocada y a una brutal caída de los ingresos derivada del ‘ladrillo’. No estará de más recordar, por si acaso, que el gasto en desempleo representa tres puntos del PIB (la cuarta parte del desequilibrio), y que las dos terceras partes de ese dinero se financia con cuotas de empresas y trabajadores. La cobertura de desempleo, por lo tanto, no es responsable de tamaño déficit. Ni siquiera la crisis financiera. España es uno de los países que menos dinero ha destinado a tapar agujeros de la banca. El dinero se ha ido en planes e que apenas han servido para enderezar la situación.

 

Lo curioso del caso es que ahora Bruselas (o sea Francia y Alemania) se muestran escandalizadas con tanto déficit, cuando hace poco más de dos meses dieron el visto bueno al Programa de Estabilidad presentando por el Gobierno español. Bruselas se limitó a pedir medidas más concretas, pero daba por buenas las cifras. Ahora, sin embargo, todo ha cambiado, lo que pone de relieve el escaso rigor con el que trabaja la Comisión Europea, plegada a los intereses de los estados. No debe sorprender teniendo en cuenta que la propia Unión Europea ha sido capaz de forzar sus propias normas hasta límites inimaginables.

 

Como han puesto de manifiesto Federico Steinberg e Ignacio Molina investigadores del Instituto Elcano, el Tratado de Funcionamiento de la UE incluye el artículo 122.2, conocido como cláusula de no bail-out, que prohíbe los rescates financieros tanto por parte del BCE como por parte de la Unión Europea. Dichos rescates se permiten sólo en situaciones excepcionales que escapen al control de los gobiernos, y “es obvio”, aseguran, que una indisciplina presupuestaria que dura más de 10 años (con engaños incluidos) no es excepcional ni escapa al control del Gobierno. Se ha hecho, por lo tanto, trampa. 

 

Jörg Eigendorf, comentarista del diario alemán Die Welt,  lo decía con claridad este martes. Imaginemos que Angela Merkel no hubiera cedido en la noche del lunes. Imaginemos que la canciller hubiera dicho 'no' al deseo de los vecinos europeos de enterrar la independencia del BCE. E, imaginemos que hubiera insistido en un fortalecimiento del Pacto de Estabilidad. Pues bien, es muy probable que esta firmeza hubiera acabado con el euro.

 

Y aquí llega la terrible conclusión. Alemania no puede imponer su cultura de estabilidad en Europa. En la noche del lunes, se quedó prácticamente sola cuando se trataba del rescate del euro. La eurozona es dominada por Estados para los que la estabilidad de la moneda no tiene tanta importancia. Y a la cabeza del lado contrario está el presidente francés. En Europa, la separación de poderes entre la política monetaria y la política financiera ha pasado a la historia. Y no digamos en España, sólo cabe añadir.

Mientras Tanto
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