Esto se nos llena de comunistas (o de fachas)

La banalización de la política lleva a una situación singular. Se habla en vano de fascismo, de comunismo, de xenofobia... Despojando a esos términos de su carga ideológica

Foto: Discurso de Mussolini en Milán en mayo de 1930.
Discurso de Mussolini en Milán en mayo de 1930.

A la inclasificable Gertrude Stein se le atribuye la expresión 'generación perdida' para definir a un grupo de escritores estadounidenses expatriados en el increíble París de los años 20. El término fue popularizado por Hemingway, a quien Stein, tomando la expresión de un mecánico de coches harto de ver tanta molicie en los empleados de su taller, le dijo: 'You're all a lost generation' -algo así como 'todos vosotros sois una generación perdida'- por su afición al alcohol y a los excesos. Desde entonces, la expresión representa una metáfora del fracaso juvenil.

Poner etiquetas no es sólo una manifestación propia de la literatura. Es decir, las vanguardias, los novísimos, la generación del 98 o la 'generación beat'. Desde hace mucho tiempo, la política ha convertido en un arte poner etiquetas para ningunear al adversario utilizando expresiones prejuiciosas con el objetivo de desprestigiarlo ante la opinión pública. Al fin y al cabo, como decía Baroja, “toda generación es desinfectante para la que precede e infecciosa para la que le sigue”. Y de ahí que marcar distancias mediante la descalificación sea un instrumento políticamente útil.

Lenin hablaba del 'renegado Kausty' para humillarlo antes sus camaradas, y hasta el propio Alfonso Guerra bautizó a Adolfo Suárez como el 'tahúr del Mississippi'. A Thatcher todo el mundo la identificaría como la 'dama de hierro', y es muy conocido que los críticos de Lerroux utilizaban la expresión 'Emperador del Paralelo' para denunciar su vida disoluta.

Se habla de fascistas o de nazis con naturalidad, como si los conceptos fueran ajenos a lo que significan. O como si el país se hubiera llenado de camisas negras

Poner motes al adversario, por lo tanto, no es nada extraordinario. Lo que es singular es la banalización de determinados conceptos políticos para desprestigiar al adversario. Eso explica que ahora, por ejemplo, se hable de fascistas o, incluso, de nazis con total naturalidad, como si ambos conceptos fueran ajenos a lo que realmente significan. O como si el país se hubiera llenado de camisas negras que transitan impunemente por las calles.

Sin embargo, tanto los fascismos -en sus diferentes formas- como el nazismo son ideologías totalitarias, y de ahí que manosear unos términos tan siniestros sólo sirve, en realidad, para trivializar el enorme sufrimiento que ambos movimientos llevaron a Europa durante varias décadas del siglo pasado. Hoy, incluso, se habla de ‘nazionalismos’ refiriéndose a lo que está pasando en Cataluña, lo cual es un desprecio a la memoria de millones de personas que murieron víctimas de la barbarie.

El peso de las palabras

El término comunismo, igualmente, se ha banalizado. Hasta el punto de que hoy cualquier idea radical de izquierdas es tachada de 'comunista'. Desconociendo, con ello, la enorme carga ideológica que tiene un movimiento que creó los 'gulags', pero que, al mismo tiempo, se enfrentó con saña al fascismo.

Monumento a Lenin en Bielorrusia. (EFE)
Monumento a Lenin en Bielorrusia. (EFE)

Hoy, de hecho, el término comunista está vacío de significado, y cualquier propuesta de actuación de tinte socialdemócrata es considerada por algunos como 'comunista', como si hoy alguien planteara seriamente la nacionalización de los medios de producción, la colectivización de la tierra o la dictadura del proletariado.Incluso, se denomina 'extrema izquierda' a cualquier opinión -incluida la crítica a una globalización desmesurada- contraria a la opinión dominante.

Todo es tan disparatado que a tenor de lo que se puede leer hoy en muchos sitios, sobre todo en las redes sociales, habrá más de uno que piense que las calles de Madrid o de Barcelona, donde gobiernan esos comunistas a los que se refería este viernes el presidente del Gobierno en la Moncloa, están sembradas de checas.

Lo mismo sucede con otras expresiones con fuerte carga ideológica, como xenofobia, cuyo uso frecuente convierte el odio hacia los extranjeros en una simpleza, en una nimiedad. Si en Europa hubiera tantos xenófobos, parece evidente que el clima de convivencia en el viejo continente sería irrespirable. Y aunque es cierto que en Europa hay mucho indeseable que tiene fobia por lo que viene de fuera, parece obvio que las calles de Londres, París o Madrid no tienen nada que ver con las del periodo de entreguerras. Por mucho que se haya deteriorado la mirada hacia el extranjero en el Reino Unido tras el Brexit, nadie está obligado a llevar escarapelas en algún sitio de su atuendo para conocer su identidad.

Detalle de un grafiti en el minarete de la mezquita de Ditib en Schwaebisch Gmuend (Alemania). (EFE)
Detalle de un grafiti en el minarete de la mezquita de Ditib en Schwaebisch Gmuend (Alemania). (EFE)

Excesos verbales

Es verdad que estos excesos verbales son útiles en términos políticos. Cuando el debate público se circunscribe a 140 caracteres, lo más rentable es tirar por la calle de en medio e insultar poniendo un calificativo para vejar al adversario. Y de ahí el éxito que tienen los exabruptos como forma hacer política. Pero eso lleva, inevitablemente, a un empobrecimiento del debate político con fatales consecuencias.

Cuando alguien dice que en el PP está lleno de fascistas, en realidad, lo que está haciendo es sacar del mapa político a amplios segmentos de la población que paga sus impuestos, no se salta los semáforos en rojo y procura lo mejor para sus hijos. Y cuando alguien dice que todos los de Podemos son unos comunistas desarrapados que ni siquiera son demócratas, en realidad está insultado a millones de electores que también pagan impuestos, respetan los semáforos y procuran la prosperidad de sus vástagos.

Este embrutecimiento de la política -jaleado por la mayoría de los medios de comunicación- explica que la cosa pública se haya convertido hoy en un fango que muchos no quieren pisar. Ni siquiera temporalmente.

Hace poco, en una conversación privada, un ministro del actual Gobierno reconocía sus dificultades para cerrar algunos nombramientos porque la política se ha convertido en una selva. Cualquier alto cargo es sospechoso a los ojos de muchos por el simple hecho de ocupar un puesto en la Administración, y por ello es vilipendiado en las redes sociales o maltratado en ciertas televisiones a altas horas de la madrugada, lo cual expulsa del servicio público a muchos ciudadanos que estarían encantados de colaborar para que el país fuera mejor. La nueva política, desde luego, no es eso.

Mientras Tanto

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
34 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios