“Está usted entrando en zona militar. Control. Abra la ventanilla. Ponga el vehículo en lugar visible”. Las indicaciones están en castellano, también en inglés. En la base aeronaval de Rota no existe margen para el error: “AVISO” (en mayúsculas y en rojo). “Área prohibida. No entre”. Dos mujeres que parecen ser madre e hija esperan en la puerta de acceso. En dos minutos salen con una acreditación enorme con la “V” de visitante. El militar, joven, y sonriente, le dice al reportero: “Yo no le puedo dar información y, si la tuviera, no se la podría dar”. El compañero de la entrada lo aclara todo: “Le puedo decir lo mismo que pone el Google Earth”.

Esta es la entrada principal del estratégico enclave militar de 26 kilómetros de perímetro compartido entre la Armada de España y Estados Unidos, donde llegaron a trabajar 11.000 personas entre personal militar y civil. Hoy son 2.000 militares, unas 6.000 personas en total, de las que 4.000 son estadounidenses. Cada día entran 18.000 vehículos. La base, que espera la llegada inminente del Illustrious, supone para Rota, con 3.600 parados, el 60% de la economía local. El 11% del recinto pertenece al término municipal de El Puerto de Santa María y el resto a Rota, de 28.000 habitantes (en verano se triplica la población). Entre 1960 y 1982, la población roteña se dobló, pasando de 10.000 a 20.000 habitantes.

La base alberga tiendas (todo se paga en dólares), una escuela infantil, un colegio y high-school con sus taquillas peliculeras como las de Sensación de Vivir y Aquellos maravillosos años; 800 viviendas unifamiliares con porche, jardín y bandera de barras y estrellas; un autocine y otro con capacidad para 300 personas. “Casi no hace falta salir de la base”. Lo dice un publicista de 26 años, gaditano de nacimiento, que vivió en la base en la década de los noventa. Afincado ahora en Maryland, su madre, natural de Rota, reside ahora también en la costa Este de Estados Unidos, aunque vuelven casi todos los veranos al pueblo.

Imagen de la playa de Rota. (FOTO: Agustín Rivera)Imagen de la playa de Rota. (FOTO: Agustín Rivera)“Aquello es una mini América. Jugamos al béisbol y tenemos nuestro propio hospital”, cuenta el roteño/americano que ha invitado a varios amigos (uno de ellos con una camiseta blanca, desgastada, con la lengua roja emblema de los Rolling Stones) a pasar unos días de vacaciones en Rota. Acaban de terminar de comer unos pescaítos fritos en la plaza del Padre Eugenio, frente al Castillo de Luna, sede del Ayuntamiento. La madre, de unos 55 años, conoció a su marido en el mítico bar Sangría Shack, junto a la Torre de la Merced. “Fue lo normal de esa época, íbamos en pandillitas, nos gustamos y…”, cuenta esta mujer tras vaticinar la vuelta a Rota después de la jubilación de su marido. “Echo de menos vivir aquí, pero Maryland también es un buen sitio: tiene playa”, asegura. “Yo siempre digo que soy americano, pero es verdad que tenemos dos culturas diferentes y muchas veces no coinciden”, aporta el publicista. Ninguno de los dos quiere decir su nombre. “Somos muy conocidos en Rota”, se excusan. También les une el Atlántico, español y estadounidense.

Siete cines de verano

El escritor Felipe Benítez Reyes vive en el centro del pueblo, al lado de la calle que lleva su nombre. Benítez Reyes es roteño y cuando nació (en 1960) aún faltaban tres años para acabar “el plan de obras de las bases en España, que costó 177,7 millones de dólares aportados por Estados Unidos”, según Rocío Piñeiro, autora la tesis doctoral Guerra y Medio Ambiente: una historia de la base aeronaval de Rota. El ambiente americano no era “algo extraño, sino la circunstancia natural del pueblo; la convivencia con los americanos estaba muy normalizada, para nosotros no era nada exótica”, relata Benítez. Todo cambiaba cuando salían fuera de Rota. Entonces se daban cuentan que el resto de niños de la provincia no sabían lo que eran las chocolatinas Hershey's‎, ni los pantalones Levy’s, ni las sudaderas con capuchas. En Rota los coches eran más grandes, como si acabaran de desembarcar de unos estudios de Hollywood. Y había letreros en inglés por todas partes. En esa época llegó a haber hasta siete cines de verano. Hoy, ni uno.

Cartel tras la verja. (FOTO: Agustín Rivera)Cartel tras la verja. (FOTO: Agustín Rivera)Benítez Reyes tocaba en bandas de música y tenía contactos con los grupos que venían a la base. Les regalaban cuerdas de guitarra. El batería utilizaba como instrumento el tambor redondo de los detergentes Bilore. Eran mediados de la década de los setenta, la de aquella VI flota que desembarcaba en Rota repleta de dólares y con una peseta pálida de valor. Muchos militares estadounidenses, los que se quedaban más tiempo (la media son dos años), vivían en el pueblo y alquilaban una vivienda, como en la excelente playa de La Costilla (1.300 metros de largo y 50 metros de ancho). “Eran unos clientes buenísimos. Pagaban más que un español y siempre al contado y por adelantado. Además, el cobro seguro”, narra Juan, jubilado, que fue conserje en unos apartamentos turísticos, en un descanso de su caminata por los alrededores de un parque cercano a la base.

Tres salas de fiesta, 40 cabarés

Tres salas de fiesta, 40 cabarés (el Cocota, La Cabaña, el Missouri) “que no los tenía, no digo Cádiz, ni Jerez, sino ni Sevilla”, detalla Juan sobre la Rota de los cincuenta y sesenta. El dólar cotizaba a 40 pesetas en 1953 y su padre trabajaba en la recolección del algodón o el maíz a 25 pesetas la peonada en el campo. “Al americano se le engañaba demasiadas veces. Si el quinto de cerveza valía tres pesetas le cobrabas 20 pesetas. Aquí el vicio se pagaba en dólares. Las prostitutas ganaron mucho dinero. Emborrachaban a los americanos y le quitaban los dólares”.

Rota fue un pueblo de mucho dinero, todo el que pudo se hizo rico, pero muchos no lo aprovecharon. Cuando el dinero se gana fácil, se malgastaEsos años de bonanza terminaron con la guerra de Vietnam. “Allí cayeron casi todos y el que no cayó se volvió loco”, proclama. “Rota fue un pueblo de mucho dinero, todo el que pudo se hizo rico, pero muchos no lo aprovecharon. Cuando el dinero se gana fácil, se malgasta. Los chiquillos se tiraban al muelle a recoger los dólares que tiraban al mar. Aquí se ganó mucho dinero… Lo que pasa es que hoy no hay tantos americanos en Rota. Había trabajo de sobra, el pueblo creció, pero…”.

Tampoco es igual la flota de transporte público. En la década de los sesenta se llegaron a contabilizar hasta 80 taxis. Hoy en día apenas hay matriculados la mitad. Como clientes, los taxistas prefieren a los casados a los solteros por venir con familia y estar tres años de media, frente a los dos años de los singles. “Se habla mucho de los que van a venir, ¿y los que se han ido ya?”, lamenta un taxista de 59 años, que describe cómo los americanos se podían comprar con un dólar una cerveza y un bocadillo y hoy no se podrían comprar ni la cerveza.

Cervezas en el O’ Grady’s y Los Arcos

En el bar El Triunfo un veterano roteño parece que quiere hacer memoria de las anécdotas de los americanos. Pero no. Prefiere seguir la tertulia en la terraza. “¿Qué le voy a contar? Ha pasado mucho tiempo y quiero olvidarlo”. ¿Cuántos secretos guardará el hombre? En el centro de Rota no quedan muchos rastros estadounidenses. Hay una tienda americana con productos que puedes encontrar en cualquier otra parte. Ahora se divierten en el O’Grady’s, situado junto a la desierta Sociedad Urbanística de Rota S.A. que luce el letrero de “Se Alquila”. En el bar sirven chupitos a un euro todos los jueves y happy hour –los miércoles– de 22 a 23 horas. Patrick es quien regenta el bar, “el único irlandés con dueño irlandés en 150 kilómetros”, según escribe con tiza en una pizarra negra.

Fachada del O'Grady's. (FOTO: Agustín Rivera)Fachada del O'Grady's. (FOTO: Agustín Rivera)La competencia del O’Grady’s, situado en la calle Gravina, junto al muelle José María Pemán, es el pub Los Arcos, inaugurado en 1995, con cerveza del día Red Stripe a tres euros. También anuncian sidra de barril. Para bares de marcha suelen acudir al Diamon Lounge o al Honey don’t cry. Frente al restaurante El Embarcadero, pasando el arco de Gravina, en el Paseo Marítimo inaugurado en 1996, los niños practican el cangrejeo. Recolectan pulpos y cangrejos. El entorno es muy natural. Se mezclan los “de Rota, los sevillanos, los americanos y los de fuera”, como antes se decía en el pueblo, relata Karen Lucas, estadounidense afincada en la zona desde junio de 1991 y procedente de la base área de Zaragoza, donde trabaja en educación de adultos.

¿Un pasaporte para entrar en Rota?

Al poco tiempo de llegar Lucas a Rota, se quedó en paro. Entonces decidió editar un periódico para la zona, en versión papel y digital, denominado Coast Line. El diario se reparte no sólo en el entorno americano, sino en todo el municipio. “Ni ellos me pagan, ni yo les pago. Hago el periódico, lo distribuyo, busco la publicidad y no tengo jefes”, explica la responsable del medio de 20 páginas de media que incluye información militar remitida por la base y la local, “para que los militares sepan lo que están pasando fuera”.

Lucas, “criada en Minnesota”, piensa que cualquier tienda, bar o cafetería de Rota que se anuncia en el periódico nota un efecto inmediato en ventas. “Algunos están muy integrados, pero no todos, por supuesto, un altísimo porcentaje; y se sienten aquí como en casa”. La presencia americana en Rota no siempre se ha traducido como sinónimo de aliciente turístico. “Ahora sí lo es porque no hay tanta presencia militar, pero antes identificaban el pueblo con la base y había gente que me preguntaba si para entrar en Rota se necesitaba un pase especial”, rememora Benítez Reyes. Esa especie de pasaporte, de salvoconducto apócrifo, no existe. Eso sí, en la base, el AVISO, en mayúsculas y en rojo, sigue activo.