Un hombre honrado, un papado difícil

Los angloparlantes lo llaman hindsight 20/20. Los hispanohablantes prefieren decir “no, si ya te lo decía”: ante la noticia de la renuncia de Benedicto XVI al

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    Los angloparlantes lo llaman hindsight 20/20. Los hispanohablantes prefieren decir “no, si ya te lo decía”: ante la noticia de la renuncia de Benedicto XVI al frente de una comunidad humana compuesta por 1.165.714.000 seguidores, quizá lo sencillo resulte ser mover la cabeza con amargo gesto de experiencia negativa: “Pero, ¿cómo se le pudo ocurrir a un hombre de 78 años ponerse al frente de la Iglesia católica?”. Tal vez los mismos que soñaban con la dimisión de Juan Pablo II son los que ahora aventuran todo tipo de tramas e insidias al estilo de Dan Brown que, paradójicamente, resultan más creíbles que la realidad.

     

    La realidad es que Benedicto XVI ha renunciado. Lo ha hecho con palabras y motivos bien claros: “Después de haber examinado ante Dios reiteradamente mi conciencia, he llegado a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”. Y para despejar cualquier duda acerca de la validez de la dimisión pontificia, conforme al requisito exigido por el canon 332 del Código de Derecho Canónico (renuncia libre manifestada formalmente), el Papa subraya: “Siendo muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005, de forma que, desde el 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de San Pedro, quedará vacante”.  

    La comparación fácil aparecía en Twitter: Benedicto XVI renuncia, Berlusconi sigue… Con facilidad no sabemos distinguir, detrás de una dimisión, qué hay de falta de fortaleza y qué de honradez. Aquí me parece que prima lo segundoSi Juan Pablo II fue un modelo de perseverancia y fortaleza hasta el fin, Benedicto XVI lo es de sencillez. Este pontificado de un poco menos de ocho años ha estado marcado -bajo la atenta e inquisidora mirada del mundo globalizado- por dificultades, traiciones, problemas, ataques y serias contradicciones que harían tambalear a cualquier líder del mundo. En la edición digital del New York Times, un espontáneo comentarista de la noticia de la dimisión del Papa señalaba, en un tono enfadado, que más de un político en el mundo debería dimitir, pero se niega a ello; la comparación fácil aparecía en Twitter: Benedicto XVI renuncia, Berlusconi sigue… Con facilidad no sabemos distinguir, detrás de una dimisión, qué hay de falta de fortaleza y qué de honradez. Aquí me parece que prima lo segundo. En una larga entrevista concedida al periodista alemán Peter Seewald, publicada en España en 2010, Benedicto XVI afirmaba con total honestidad: “Yo soy como soy. No intento ser otro. Lo que puedo dar lo doy, y lo que no puedo dar no intento tampoco darlo”.

    Por lo demás, las dimisiones de los papas no constituyen un fenómeno insólito en la historia de la Iglesia católica, aunque sí son infrecuentes. Al margen de las dudas que surgen entre los historiadores acerca de si existieron verdaderas dimisiones o renuncias voluntarias, en situaciones en las que aquellos actuaron bajo presión del poder imperial (piénsese en San Silverio, en el siglo VI), o de las grandes familias romanas (el caso de Benedicto IX en el siglo XI), lo cierto es que en el siglo XIII se 'formaliza' la renuncia pontificia con el Papa Celestino V. Por su parte, Gregorio XII renunció a comienzos del siglo XV, poniendo fin al periodo denominado 'Cisma de Occidente' en el que, como es sabido, existieron varios papas que reclamaban para sí la legitimidad.

    El día 28 queda vacante la sede pontificia. Dicha situación y el posterior cónclave se regulan por la normativa que Juan Pablo II promulgó el 22 de febrero de 1996, la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis. A partir de ese día comienza todo un torrente de noticias e imágenes (el impresionante Juicio Final de la Capilla Sixtina, las distintas fumatas…), que naturalmente vendrá precedido por las intrigas en torno a las listas de papables. No me considero un experto en este tipo de adivinanzas y quinielas. Personalmente, me quedo con lo inmediato: Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, ha sido -y es- un pensador católico profundo, un profesor universitario cien por cien, capaz de hacerse escuchar y entender por los poderosos y los humildes de la tierra, un teólogo que evoca lo mejor de los antiguos Padres de la Iglesia por la calidad y extensión de su obra, un pastor intelectual y honrado. Su obra no ha terminado y me imagino que -como una mancha de aceite- seguirá influyendo en las mentes y en las almas de muchos, católicos y no católicos.

    *Rafael Palomino es catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado en la Universidad Complutense, miembro del Consejo Editorial de la Revista General de Derecho Canónico y Derecho Eclesiástico del Estado y del Advisory Council on Freedom of Religion or Belief de la OSCE.

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