El 15M, hacia la madurez

Mientras la elite cocina encuestas, el 15M confeccionó el menú y se prepara para servirlo. Si quieren disfrutarlo, voten mirando a las calles y las plazas. Olviden las encuestas

Foto: Manifestación convocada por el 15M con el lema 2015M: No nos amodazarán. La lucha sigue en las calles, este sábado. (Efe)
Manifestación convocada por el 15M con el lema "2015M: No nos amodazarán. La lucha sigue en las calles", este sábado. (Efe)

Los cuatro años de vida del 15M señalan otras tantas etapas de crecimiento. La criatura se nos ha hecho mayor; pero no vieja. No hay motivo alguno, pues, para la nostalgia. Ninguna edad pasada fue mejor. “Cada una tiene lo suyo”. “Para bien y para mal”, se suele añadir. Por eso, no son tiempos de balances. Que es lo que buscan los enterradores del quincemayismo. Un balance sólo es posible al final de una trayectoria que, esperemos, sea larga y, por tanto, fecunda. Generadora de muchas más sorpresas. Como las que proporciona la evolución de toda criatura viva. Más aún si recién concebida proclamó “voy despacio porque voy lejos”.

En 2011, el 15M surgido en las plazas (y antes en las redes digitales), fue una expresión ciudadanista. Invalidó la campaña electoral de los políticos profesionales, con dos eslóganes de incontestable mensaje. Toda una declaración de identidad: “No somos mercancías en manos de banqueros y políticos”.  “Nuestros sueños no caben en vuestras urnas”. Juntos manifestaban autonomía, ganas de autodefinirse y desarrollarse con criterio propio. Algo así como la primera vez que tu hija te desafía: “Yo no soy tú y, mucho menos, tu proyecto”. Aquel primer año, la criatura, como si ya cumpliese diez, tomó conciencia de sí misma: comenzó a ejercer el “uso de razón” y exigió que se le reconociese como tal.

Nadie niega ya la conveniencia de realizar primarias en los partidos o de excluir a los imputados de las listas electorales

En 2012 –cada año de vida del 15M representa casi una década– el quincemayismo comenzó a pensar en el mundo laboral; en quién quería ser de mayor. Y el 15M veinteañero vio tan crudo, siquiera elegir de qué iba a comer, que supo autoconvocarse con los funcionarios jibarizados, las legiones de precarios, desempleados y exiliados económicos. Las mareas defendieron la sanidad y la educación públicas, líneas de flotación de un Estado de Bienestar que, como señalaba la PAH, ni siquiera garantizaba el derecho humano a techo. Fue entonces, cuando además de reinventar la acción sindical, se desplegaron proyectos de autoayuda y cuidado colectivo que reinventan los servicios sociales como bienes comunes autogestionados.

En 2013, ya treintañero, el quincemayismo empezó a perfilarse como actor político capaz de desbaratar el juego electoral establecido. Y mostró sus primeras intenciones sin ambages. El barómetro del CIS de abril de 2013 señalaba que PSOE y PP juntos apenas sumaban el 25% de la intención directa de voto. Nadie dio acuse de recibo de que el bipartidismo hacía aguas. Igual que se negó que el 15M expresaba un consenso mayoritario y transversal (con más apoyo y en todos los sectores sociodemográficos) que el de la Transición. Y, encima, opuesto... antagónico. El conflicto que planteaba el 15M ya no se gestionaba en pactos, basados en silencios y rubricados en los reservados de los restaurantes. Se expresaba en la calles, sin pedir permiso, buscando traducción instituciónal sin encontrarla. Por eso la construyó.

La amenaza/chantaje de “Yo o el caos” –del PP y el PSOE, para disimular su condición siamesa– ya no resultaba creíble: ¿dónde estaba la alternativa? Las redes del 15M desvelaron una misma trama mafiosa, tejida con silencios impuestos por el miedo, blindada con opacidad institucional y la connivencia de la oposición oficial. Cuando en junio de 2014, Podemos logró cinco eurodiputados y, meses después, se perfiló como la primera fuerza en intención de voto, los partidos tradicionales dieron muestras de reacción. Un 15M cuarentón les disputaba, como exigía su edad, gestionar su propio destino. Ya no intenta pasar de la protesta a las propuestas; sino adquirir y desplegar el poder de llevarlas a cabo.

La amenaza/chantaje de 'Yo o el caos' del PP y el PSOE ya no resultaba creíble: ¿dónde estaba la alternativa?

El Podemos rompepistas se echó a bailar y todos comenzaron a imitarle. Nadie niega ya –al menos de boquilla– la conveniencia de realizar primarias en los partidos (abrirlos a la participación). Ni la exclusión de los imputados de las listas electorales e, incluso, de los parlamentos con sentencia condenatoria (transparencia ligada a purga de responsabilidades). Ya no hay en estas elecciones dos candidaturas capaces de imponer una agenda electoral fraguada por el duopolio político-mediático hasta ahora vigente (y que, como es lógico, aún resiste). Ningún tiempo pasado fue mejor. Ni siquiera debe darse por pasado. Lo único que merece la pena de cumplir años es reconocerse.

Y las candidaturas municipalistas independientes representan, por primera vez, una coalición de intereses al margen de las tramas inmobiliarias y los pesebres administrativos. Con Podemos han entrado a disputarles, sin créditos bancarios, el poder de frente. Como en las plazas hace cuatro años. Ni mejor ni peor que entonces. Con diferente edad e identidad. Por eso 2015 no será el año del cambio ni del recambio. La mayoría social y demoscópica pronto obtendrá una nueva traducción electoral; con más impacto y proyección. Que no les mientan. Nada se desinfla, sino que pasa a ser la atmófera que nos rodea. Mientras la elite cocina encuestas, el 15M confeccionó el menú y se prepara para servirlo. Si quieren disfrutarlo, voten mirando a las calles y las plazas. Olviden las encuestas.

*Víctor Sampedro es catedrático de Opinión Pública y Comunicación Política de la Universidad Rey Juan Carlos.

Tribuna

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