Bancaja y Caja Madrid, el burro grande ande o no ande

Le recomendábamos a don Rodrigo Rato hace escasas fechas que se ahorrara su deseo de convertirse en el Emilio Botín de la segunda década del siglo

Le recomendábamos a don Rodrigo Rato hace escasas fechas que se ahorrara su deseo de convertirse en el Emilio Botín de la segunda década del siglo XXI y se centrara en la gestión de Caja Madrid. Entre otras cosas, porque las propias cuentas de la entidad madrileña eran como para salir corriendo, su nula gestión hasta el momento acrecentaba aún más el problema y el concepto too big to fail empezaba a no aplicarse en los corrillos financieros madrileños en relación a la firma por él presidida. El hecho, además, de que tratara de alcanzar la condición de banquero reputado por vía de la designación dactilar primero, y la cesión política de otros activos bancarios regionales después, deslegitimaba aún más tal pretensión. Sin embargo, está claro que nuestros consejos han caído en saco roto, como era por otra parte de suponer. El antiguo dirigente popular había echado un órdago a la grande en la primera mano de esta extraña partida y, una vez puesta toda la carne en el asador, sólo quedaban dos alternativas: susto (operación que completara sus aspiraciones más allá del primer SIP anunciado) o muerte (allí os las veáis vosotros que yo ya estoy mayorcito para determinadas cosas). Visto el desenlace, no sé que habría sido peor… como en el chiste.

Vayamos con la previa. La unión entre Caja Madrid y Bancaja es el fruto de un compromiso político; del deseo de Mariano Rajoy de crear una suerte de Caja Popular que sirviera de contrapeso tanto a esos núcleos regionales en la órbita de los partidos nacionalistas (La Caixa, por un lado, y las cajas vascas, por otro), como al poder aglutinador de instituciones financieras sólidas en comunidades gobernadas por el PSOE como Asturias, Aragón y Andalucía a través de Unicaja. Sin embargo, el eterno candidato no contaba con la astucia de un Nuñez Feijóo que, haciendo alarde de su recién ganado peso dentro del PP, decidió tirar por la calle de enmedio y emprender el incierto camino de una absurda fusión interior que veremos qué depara finalmente: el coste social de la misma se puede volver en su contra y puede haber sorpresas. El eje este-oeste (Valencia-Madrid-Galicia) quedaba cercenado por el Atlántico. En la esfera mediterránea, con CAM en brazos de Caja Astur y Caja Murcia emperrada en ir por la vida de verso suelto, sólo quedaba Bancaja. La debilidad de un Paco Camps que se ha quedado compuesto y sin caja, la apatía de una Esperanza Aguirre que prefiere ganar guerras a batallas, la necesaria escenificación del acuerdo Zapatero-Rajoy en Moncloa y la premura exigida por el Banco de España en el proceso de concentración, han acelerado una unión que, hasta hace apenas dos semanas, nadie contemplaba.

De hecho, las opciones preferidas por el supervisor pasaban por una integración Ibercaja-Bancaja, con una complementariedad geográfica y de balances más que interesante, o por la unión de la firma valenciana con su homóloga murciana, que entre todos la cortejaron y ella sola se quedó. Eso por no hablar de sus temores sobre la evolución de Caja Madrid. Se ha impuesto, sin embargo, su voluntad de contentar a todos, política de gestos. Sirva, como prueba de la precipitación del asunto, el hecho de que la fórmula inicialmente acordada sea la de los Sistemas Institucionales de Protección o SIPs que, tal y como recordábamos aquí mismo hace exactamente una semana, no dejan de ser una fórmula comúnmente aceptada para camuflar la inexistente reforma sectorial pues no sirve para resolver los problemas de capacidad instalada, solvencia y liquidez a los que se enfrenta la industria.

Decíamos entonces que estas fusiones virtuales parecen más “el fruto de una necesidad perentoria que de una racionalización fundada del tamaño, perfil y características que la banca requiere en el difícil entorno que se avecina”. Algo que se pone aún más de manifiesto en este acuerdo donde el perfil de las instituciones en términos demográficos, de exposición crediticia, calificación, peso de la actividad promotora, dependencia de la banca mayorista en beneficios, errática cartera industrial, cuenta de resultados y nivel de solvencia es bastante similar. Uno más uno que… ¿cuánto suman? Sin las plusvalías de determinadas transacciones cerradas justo antes del estallido de la crisis, estaríamos hablando en términos mucho más dolorosos. Oportunismo brillante que hay que reconocer a ambas.

Es pronto para lanzar las campanas al vuelo pues está por confirmar si esto es el paso para algo más que dé sentido real a toda esta fanfarria. De momento, el balance agregado crece y se cumple el objetivo perseguido por Rato, compromiso ineludible para su desembarco en Caja Madrid y que justificaría su inactividad hasta ahora: ya está a lomos de un burro grande, la tercera entidad financiera de España por volumen de activo. ¿Será capaz de lograr que ande? Porque llega renqueando y una cosa es predicar y otra bien diferente dar trigo. El banquero no nace, se hace a base de intuición, decisión y acción. Pues bien, llegó la hora de la verdad. El camino no va a ser de rosas. Ni en términos operativos, donde los ratios de eficiencia de partida son ya bastante bajos, ni en el ámbito político pues desde determinadas esferas se cuestiona, precisamente, el afán de don Rodrigo por aprovechar su representatividad para impulsar, junto con Isidre Fainé, la despolitización de las cajas y su necesaria reconversión en entidades plenamente privadas susceptibles de captar capital en los mercados financieros. Qué atrevimiento. Si la integración termina progresando adecuadamente, los desencuentros pasados con algunos presidentes de relumbrón aferrados al cargo van a parecer un juego de niños. Nos vamos a divertir. Al tiempo.

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