Mi cuento de Navidad: el mejor Valor Añadido de 2016

Les deseo lo mejor. A todos, sin distinción. Que la fuerza transformadora del Niño Jesús en el pesebre alcance su razón, su alma y su espíritu. ¡Feliz Pascua del Nacimiento del Salvador!

Foto: La 'Adoración de los Reyes Magos', pintada por Pedro Pablo Rubens. (EFE)
La 'Adoración de los Reyes Magos', pintada por Pedro Pablo Rubens. (EFE)

A El Confidencial, que me sacó de la nada y me realiza en su todo. A mis amigos de la Escuela Europea de Esquí de Sierra Nevada por hacerlo todo fácil. Y, cómo no, a Sonia, mi mujer, mi vocación, mi eternidad.

Era hombre de Dios, amigo de los libros sagrados, piadoso a su manera. De esos que no hacen alarde de su condición y que esperan oír la voz del Señor en el silencio, “en el suave susurro de la brisa”. Como el profeta Elías.

Su corazón estaba alerta, sabedor como era de ser mero usufructuario de su destino. Había descubierto hace tiempo que la libertad no es albedrío sino fidelidad a un camino. Que está dirigida por la voluntad. Y que el motor de esta última solo puede ser la caridad: el amor a uno mismo, limitado por naturaleza, o a los demás, fundado en las propias fuerzas, finitas, o en el sustento de Otro.

Dios le había atrapado sin querer; herencia de sus padres primero, relación cercana después a través del silencio, la lectura y la puesta en práctica de sus enseñanzas. Pasaba los días atento, consciente de su condición de medio. Yermo de correspondencia divina las más de las veces, pero aferrado a su fe, bálsamo frente a la desesperanza.

Madrugó, como cada día, como todos los días.

Clareaba.

Apenas salió de su casa de adobe percibió algo extraño. Todo parecía igual pero era extrañamente distinto. Se fijó en un brote que apenas asomaba en la tierra árida, a pocos pasos de la puerta, a la derecha. De repente, se sintió impelido a ponerse en marcha, a dejar todo y echar a andar.

No lo dudó.

Hizo un hatillo rápido con una manta, un odre de agua, algo de queso y partió.

El sol quedaba a su espalda.

No sabía dónde iba ni a qué; no le importó. Tenía la certeza de que era lo correcto. Se sentía como el niño que salta al vacío seguro de que su padre, a su lado, no le dejará caer. Si se lo hubiera explicado a amigos o familiares, le hubieran tomado por loco. Pero supo que, si volvía la vista atrás, quedaría convertido en estatua de sal, como la mujer de Lot en la huida de Sodoma y Gomorra. Existiría, pero muerto en vida.

No sabía dónde iba; no le importó. Tenía la certeza de que era lo correcto. Se sentía como el niño que salta al vacío seguro de que su padre no le dejará caer

La iniciativa no era suya, no hacía falta que nadie se lo dijera. Cuando menos te perteneces, más dueño eres de tus acciones.

A los pocos días, flaqueó.

No le quedaban recursos y comenzó a pensar si se había equivocado. ¿Y si este raro impulso había sido un espejismo que había confundido su instinto y sus sentidos?

Oeste, siempre al oeste.

¿Por qué?

Se sentó bajo una higuera, sudoroso, presuroso, desconcertado.

Cerró los ojos para relajarse.

“¿Por qué te acongojas, alma mía?, ¿por qué te me turbas? Espera en Dios que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío”. El salmo retumbó en sus oídos como si viniera de fuera de él.

Todas sus dudas quedaron disipadas en un instante.

Con renovado ímpetu comenzó a recitar con voz potente el 138, su favorito: “¿A dónde iré lejos de tu aliento, a dónde escaparé de tu mirada?...”, y prosiguió la marcha. “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan”, decía el 23. Su padre tenía razón: Dios tiene siempre la palabra justa para el momento adecuado.

Dio gracias por su familia.

No se imaginaba entonces que aún le quedaban nueve meses de andanzas por delante hasta llegar a su incierto destino.

Cruzó valles, ríos y desiertos; subió montañas y descendió arroyos; mendigó y trabajó esporádicamente; hizo del hambre su compañera, del sueño una quimera. Notaba cada día que era menos él. Tal pensamiento le reconfortó. Se sabía extrañamente elegido. No caminaba, le llevaban. Los signos se multiplicaron con el paso de las semanas. A veces, con manifiesta claridad; en ocasiones, solo a los ojos de la fe, esa que ayuda a interpretar y dar un sentido a cualquier realidad, por dura o trágica que parezca. Quien viera su aspecto externo, podía apiadarse de su corazón aparentemente abandonado. Él, por el contrario, vivía con la certeza de que eran los otros los que habían renunciado a la propiedad de su vida. Cuanto más desfallecía, más se fortalecía al abrigo de la Sombra que le cobijaba. Se sentía extrañamente feliz pese a lo incierto de su meta. ¿Qué era su sacrificio comparado con el del pueblo de Israel? Nada.

Sus pasos le condujeron a Belén de Judá.

Era casi de noche cuando llegó.

Una fuerza irresistible le obligó, sin embargo, a quedarse en la aldea. Había renunciado a hacerse preguntas, “el Señor es mi Pastor”

Estaba convencido de que el Señor llevaba sus pasos a Jerusalén. Todo indicaba que así era. Estuvo dudando si proseguir o no; apenas le quedaba medio día de marcha. Una fuerza irresistible le obligó, sin embargo, a quedarse en la aldea. Había renunciado a hacerse preguntas, “el Señor es mi Pastor”.

Buscó posada, pero el censo que había encargado el conquistador romano hacía que no hubiera sitio disponible en las dos o tres que preguntó. Se preparó para dormir, como en tantas ocasiones, a la intemperie.

Oyó, entonces, el llanto de un niño.

“Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”, resonó en su interior.

Una revelación.

Salió corriendo hacia el lugar de donde procedía el gemido.

Llegó a un pesebre maloliente.

Vino, vio y, sin saber por qué, se paralizó cegado por la sencillez de una madre recién parida y un hombre muy nervioso. Limpiaban al niño con torpeza. El padre buscaba algo con lo que darle calor. Les cedió su manta raída. Menos es nada. La dio por perdida, “quédensela”. La mujer sonrió y lloró, agotada del esfuerzo.

En ese momento llegaron otros dos extranjeros, uno de ellos de color. Tan impresentables en su aspecto como él, ofrecieron agua del pozo y fruta fresca a la pareja; uñas rotas, manos sucias, barba larga y desaliñada. No tenían más. Luego sabría que habían perseguido un destino similar al suyo, nacido de una señal distinta en cada caso y reconocida a la luz de su fe.

Aparecéis como por arte de magia, sois Magos a mis ojos, Reyes en mi corazón. Vuestros presentes son como oro, incienso y mirra. Así os recordará la Historia

“Gracias, muchas gracias”, comenzó la mujer a la que el marido llamaba María. “Todo es extraño esta noche. Inesperado. Venís de lejos, no sois de aquí. Dios os ha traído de su mano para que seáis los testigos de este nacimiento, obra suya, y hagáis alarde de vuestra generosidad para con Él. Os ha elegido. Dais lo que no tenéis y no tenéis porque todo lo dais. Aparecéis como por arte de magia, sois Magos a mis ojos, Reyes en mi corazón. Vuestros presentes son como oro, incienso y mirra. Así os recordará la Historia. Mil gracias”. Bajó los ojos y se aplicó en la tarea de amamantar al bebé.

Se sintieron incómodos y decidieron retirarse a una distancia prudente.

La sucesión de acontecimientos les mantuvo estupefactos. Los más pobres entre los pobres, pastores y guardeses de dientes negros y aliento inconfesable, acudían al portal como guiados por una fuerza superior. Se limitaron a rezar, sin apenas hablar entre ellos. De madrugada, sabían que su trayecto había concluido, que era hora de volver. Se despidieron, no sin antes besar al niño que yacía entre briznas de paja.

El viaje de retorno fue mucho más llevadero. La certeza de la meta aligeraba el trayecto y el paso.

Llegó a su casa.

Le sorprendió un enorme árbol que se levantaba a pocos pasos de su puerta, a la derecha. Recordó que un año antes, el tiempo del viaje, no era más que un brote, aquel que le había movido a caminar en busca de su felicidad. Débil, vulnerable y en tierra poco fértil, el germen se había convertido en tronco fuerte y robusto de raíces hondas en apenas 12 meses.

Sonrió.

No era un milagro. Simplemente, Dios había vuelto a hablar: su Sombra estaba en la tierra. Frágil entre ganado, arraigaría con prontitud en el corazón del hombre. El mundo no volvería a ser igual.

Se aseó, pronunció las bendiciones, comió ligeramente y cayó en un profundo sueño.

Se vio con una larga barba blanca, una capa rica y un cofre lleno de presentes. Miles de niños le rodeaban ilusionados. Despertó sobresaltado. Por más que se puso en presencia del Señor, no supo interpretar tan extraña visión. Y es que quedaban 2000 años para que pudiera siquiera entenderlo...

Llega la Navidad. Y lo urgente de las obligaciones que nos hemos creado, concesión al mundo moderno, desvía la mirada de lo importante que verdaderamente ocurre estos días. Les invito, desde la fe de cada uno, a redescubrirlo. Escuchar cómo habla el silencio, sentir cómo calientan los abrazos, disfrutar de una sonrisa, dejar las prisas para otro día, mirar con los ojos del corazón, saber que las grandes cosas son la suma de muchas otras más pequeñas, valorar la compañía, soñar. Yo, sinceramente, les deseo lo mejor. A todos, sin distinción. Que la fuerza transformadora del Niño Jesús en el pesebre alcance su razón, su alma y su espíritu. Y que este pueda ser, a fin de cuentas, el mejor Valor Añadido de este año 2016. Como hiciera en 2011 con este mismo texto, se lo deseo con todo mi cariño: Feliz Pascua del nacimiento del Salvador.

Valor Añadido

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