EEUU ya es un país absolutamente polarizado... y ésta es la razón

¿Por qué la polarización es actualmente tan profunda en EEUU? Los ciudadanos se autodefinen cada vez más por cuestiones identitarias, como la raza o la orientación sexual

Foto: Khuong Lam, de 35 años, posa durante una protesta contra Donald Trump, en California. (Reuters)
Khuong Lam, de 35 años, posa durante una protesta contra Donald Trump, en California. (Reuters)

El tiroteo ocurrido el pasado miércoles durante un entrenamiento de béisbol de congresistas fue un ejemplo terrible de la división política que está haciendo trizas a Estados Unidos. Los analistas políticos han demostrado que el Congreso está más dividido que nunca desde que terminó la Reconstrucción (1865-1877). Estoy en shock, pero no solo por la profundidad actual del partidismo sino también, y cada vez más, por su naturaleza. Las personas del bando contrario no solo están equivocadas y se debe argumentar en su contra: son inmorales y deben ser amordazados o castigados.

Esto no se trata de política. La brecha entre izquierda y derecha durante la mayor parte de la Guerra Fría fue mucho más profunda de lo que es actualmente en ciertas cuestiones. Varios miembros de la izquierda querían nacionalizar o regular sustancialmente sectores industriales enteros; en la derecha promovieron abiertamente un retroceso total del "New Deal". En comparación con eso, las divisiones económicas de la actualidad parecen relativamente pequeñas.

El partidismo actual está más relacionado con la identidad. Los eruditos Ronald Inglehart y Pippa Norris han argumentado que, en las últimas décadas, las personas comenzaron a autodefinirse políticamente menos por asuntos económicos tradicionales y más por identidad (género, raza, etnicidad, orientación sexual). Agregaría a todo esto la mzcla de clases sociales, algo sobre lo que casi no se habla en Estados Unidos pero que es un poderoso factor que determina cómo nos vemos a nosotros mismos. Las elecciones presidenciales de 2016 tuvieron mucho que ver con la clase social, con votantes rurales que no eran universitarios que reaccionaron contra una elite urbana profesional.

El aspecto peligroso de esta nueva forma de política es que la identidad no casa bien, ni fácilmente, con el compromiso. Cuando la división principal era económica, siempre podías romper la diferencia. Si una parte deseaba invertir 100.000 millones y la otra no quería invertir nada, había una cifra entre ambas opciones. Lo mismo sucede con los recortes fiscales o la política del bienestar. Sin embargo, si los temas centrales consisten en la identidad, la cultura y la religión (pensemos en el aborto, los derechos de homosexuales, los monumentos confederados, la inmigración, los idiomas oficiales...) entonces el compromiso parece inmoral. La política estadounidense se está pareciendo más a la política de Oriente Medio, donde no hay punto intermedio entre ser suní o chií.

He visto este giro en las reacciones a mis columnas y, más tarde, a mi programa en televisión. Cuando comencé a escribir columnas hace aproximadamente dos décadas, los desacuerdos eran casi siempre mordaces pero habitualmente trataban sobre la esencia del tema. Cada vez hay menos discusión acerca del asunto del que se habla, ahora en su mayoría son ataques 'ad hominem', que a menudo incluyen mi raza, religión o etnicidad.

Hoy, todo se convierte en combustible para el partidismo. Tengamos en cuenta la obra, ya famosa, de “Julio César” en el teatro público en Central Park, en la que César se asemeja al presidente Trump. Los conservadores han ridiculizado la obra, provocando la indignación entre las personas que nunca la han visto, afirmando que glorifica el asesinato de un presidente y buscan que la producción deje de recibir fondos. Desde que tuiteé una frase en la que elogiaba a la producción, he recibido un aluvión de ataques, varios de ellos bastante desagradables. En el año 2012, en una producción de la misma obra, un César que se asemejaba a Obama era asesinado por la noche y nadie se quejó.

Asistentes a un mitin electoral de Donald Trump en Portland, Oregón. (Reuters)
Asistentes a un mitin electoral de Donald Trump en Portland, Oregón. (Reuters)

De hecho, el mensaje central de “Julio César” es que el asesinato fue un desastre, que llevó a la guerra civil, a la anarquía y a la caída de la República de Roma. Los asesinos son vencidos y humillados y, atormentados por la culpa, sufren muertes espantosas. Por si eso no fuera lo suficientemente claro, el director de la obra, Oskar Eustis, explicó el mensaje que intentaba difundir: “Julio César se puede leer como una parábola que advierte a aquellos que intentan luchar por la democracia utilizando medios antidemocráticos”.

El teatro político es tan antiguo como la civilización humana. Una obra sofisticada de Shakespeare, que en realidad presenta a César (Trump) bajo una luz mezclada y un tanto favorable, es algo que debe ser discutido, no censurado, y sin duda no debe ser culpado por las acciones de un único disparador trastornado.

Recientemente di un discurso en la Universidad Bucknell en el que critiqué a las universidades mayormente liberales por silenciar opiniones que consideran ofensivas, y argumenté que era dañino para los estudiantes y para el país. Lo mismo se aplica a los conservadores quienes intentar montar campañas para que el arte que consideran ofensiva deje de recibir fondos. ¿Acaso ahora los conservadores quieren que Central Park sea su refugio especial? Yo seguiré sosteniendo que los liberales y conservadores deberían abrirse a todos los tipos de opiniones e ideas que difieren con las suyas. En vez de intentar silenciar, excomulgar y castigar, miremos al otro bando e intentemos escuchar, dialogar y, cuando debamos, discrepemos.

La dirección electrónica de Fareed Zakaria es comments@fareedzakaria.com.

© 2017, The Washington Post Writers Group

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