El miedo del blanco cristiano: la economía no es el problema de los demócratas, estúpido

Cada vez está más claro que el problema para el Partido Demócrata tiene poco que ver con la economía y más con asuntos como la inmigración, la identidad nacional o la orientación sexual

Foto: Hillary Clinton se dirige a sus votantes tras la derrota en los comicios presidenciales de noviembre de 2016, en Nueva York. (Reuters)
Hillary Clinton se dirige a sus votantes tras la derrota en los comicios presidenciales de noviembre de 2016, en Nueva York. (Reuters)

El Partido Demócrata ha reaccionado a su serie de recientes derrotas electorales concluyendo, una vez más, que necesita mejorar sus propuestas económicas. Tal y como dijo el líder de la minoría del Senado, Chuck Schumer, “los demócratas necesitan un programa económico fuerte, audaz, agudo y que tenga sentido común”. El único desacuerdo dentro del partido es sobre cuán izquierdista debería ser dicho programa. Sin embargo, cada vez está más claro que el problema para los demócratas tiene poco que ver con la economía y más con un conjunto de temas que no deberían volver a abordar: la cultura, las normas sociales y la identidad nacional.

El programa económico de los demócratas es muy popular entre el electorado. Hay más personas prefieren las propuestas del partido que las de los republicanos sobre impuestos, reducción de la pobreza, atención médica, beneficios del Gobierno… incluso en cuanto a cambio climático y política energética. En una reciente encuesta, tres de cuatro estadounidenses apoyaron aumentar el salario mínimo a 9 dólares. El 72% por ciento quería proveer educación preescolar a todos los niños de 4 años de edad pertenecientes a familias sin recursos. Ocho de cada diez apoyaron la expansión de los cupones para alimentos. Resulta significativo que cada una de estas propuestas obtuviese el apoyo de la mayoría de votantes republicanos.

La fundación Democracy Fund encargó un estudio de los votantes en las elecciones presidenciales de 2016 y un erudito, Lee Drutman, presentó su primer hallazgo clave: “El conflicto primario de estructuración de los dos partidos incluye preguntas de identidad nacional, raza y moralidad”. Enfocándose en la gente que votó a Barack Obama en 2012 y después a Donald Trump en 2016, Drutman descubrió que eran notablemente próximos al Partido Demócrata en los temas económicos. Sin embargo, se situaban casi en la extrema derecha en sus actitudes respecto a inmigrantes, negros y musulmanes, y estaban más inclinados a creer que que “las personas como yo” están en declive.

El Public Religion Research Institute y la revista 'The Atlantic' también realizaron un importante estudio para analizar los indicadores más valiosos de las razones de un votante de clase blanca trabajadora para apoyar a Trump. El principal indicador fue si alguien se identifica como republicano, un recordatorio de que la lealtad al partido es muy fuerte. No obstante, después de esto, los dos mejores indicadores fueron “temores de desplazamiento cultural” y apoyo a la deportación de inmigrantes no documentados. Resultaba que aquellos que consideraban que sus condiciones económicas eran precarias tendían ligeramente a votar por Clinton.

Debe reconocerse cuánto ha cambiado el Partido Demócrata en los últimos 25 años. El partido de Bill Clinton ponía mucho empeño en que se le considerase moderado en muchos asuntos sociales. Tenía una postura intermedia en inmigración y era cautelosamente progresista en temas como los derechos de los homosexuales. Eventualmente, los demócratas se desplazaron con valentía hacia la izquierda en algunas de estas áreas, como los derechos de los homosexuales, con un admirable sentido de principios. En otros, como la inmigración, lo hicieron en gran parte para cortejar a un segmento creciente de electores potencialmente demócratas, un proceso que Peter Beinart explica perfectamente en el último número de la revista 'The Atlantic'. Pero en un sentido más amplio, el Partido Demócrata se 'movió' hacia la izquierda porque comenzó a ser una formación política dominada por profesionales licenciados y urbanos, y sus puntos de vista sociales y culturales lógicamente reflejaron esta realidad.

Una pareja de votantes demócratas se besa durante la noche electoral, en Nueva York. (Reuters)
Una pareja de votantes demócratas se besa durante la noche electoral, en Nueva York. (Reuters)

La defensa que hace el partido de las minorías y la celebración de la diversidad son genuinas y loables, pero han creado una enorme brecha entre el Partido Demócrata y una extensa franja del centro de EEUU. Este es un abismo cultural que no puede superarse defendiendo políticas más efectivas en créditos fiscales, cursos de reincorporación al mercado laboral y educación preescolar. Los demócratas necesitan hablar sobre la identidad nacional de Estados Unidos de una manera que resalte los elementos comunes que unen, no aquellos que nos dividen. Las políticas en esas áreas son importantes. El partido debería tomar una posición en cuanto a la inmigración que sea menos absolutista, que reconozca tanto los costes culturales como los económicos de la inmigración masiva.

En alguno de los asuntos relacionados con la orientación sexual, puede (y debería) afirmar sus principios sin compromiso. Sin embargo, tal vez sea posible mostrar una mayor comprensión hacia las zonas del país que no están de acuerdo. California promulgó hace poco una prohibición de viaje que ahora inhabilita viajes financiados por el Estado a ocho estados con leyes que, en opinión de California, discriminan a personas del colectivo LGBTQ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero). Mientras tanto, California no tiene ningún problema en pagar a los empleados para viajar a paraísos de la tolerancia como China, Qatar y Rusia.

Cuanto más estudio sobre este asunto, más me convenzo de que las personas deciden su voto basándose, principalmente, en una unión emocional con un candidato, en el sentimiento de que se entienden el uno al otro. Los demócratas tiene que reconocer esto. Deberían intentar siempre ser fieles a sus ideales, por supuesto, pero también trasladar a una amplia gama de estadounidenses (los del medio rural, los que tienen menos formación, los de mayor edad, los blancos) que comprenden y respetan sus vidas, sus valores y su valía. Es un ejercicio de equilibrio mucho más complejo que presionar para lograr un aumento del salario mínimo. Hoy en día, este terreno de la identidad cultural es el auténtico cruce de caminos de la política.

La dirección electrónica de Fareed Zakaria es comments@fareedzakaria.com.

© 2017, The Washington Post Writers Group

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