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Historias de Asia

Batallas ecológicas y fábricas de árboles en el pulmón de Asia

  En la primera década de este siglo Indonesia se ha convertido ya en el país que más deforesta del planeta, superando a Brasil. Sus exuberantes
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En la primera década de este siglo Indonesia se ha convertido ya en el país que más deforesta del planeta, superando a Brasil. Sus exuberantes bosques tropicales, repartidos en 17.508 islas, han ido perdiendo terreno dramáticamente ante el desarrollo acelerado de la economía. Bastan un par de números básicos para entender lo que está pasando: esta nación del Sudeste Asiático es la tercera más boscosa del mundo y también la cuarta más poblada. Los cerca de 240 millones de personas que allí viven aspiran, lógicamente, a mejorar su nivel de vida; mientras que las grandes empresas que les dan trabajo aspiran a multiplicar sus beneficios. Y ocurre que explotar los bosques vírgenes es el atajo más rápido para ambos.

El entorno ayuda y clientes no faltan: Asia demanda cada vez más terreno de cultivo, más aceite de palma, más papel, más madera, más caucho, más café, más cartón, más de todo. “Los bosques selváticos son nuestro principal capital. En los años 70, cuando empezó la tala masiva, el 90% de Indonesia era selva. Ahora el porcentaje ha bajado del 70%”, concretó en Jakarta Agus Sarsito, director del departamento de conversación forestal del Ministerio de Bosques.

El panorama es desolador pero algo parece estar cambiando en medio del catastrofismo habitual. La presión de las organizaciones ecologistas, muy agresivas en sus campañas internacionales pidiendo el boicot, han empujado al Gobierno de Jakarta a plantearse el problema, sentarse a hablar con las grandes empresas privadas y poner en marcha un complejo mecanismo de permisos, licencias y sellos para evitar la tala ilegal, así como la exportación de madera o papel que no cumpla con unos requisitos de sostenibilidad. “Tenemos ya 630 auditores comprobando que se cumpla la ley en todas las islas”, dice Sarsito. La idea, al menos en teoría, es que la deforestación se vaya reduciendo hasta frenarse del todo antes de una década y que toda la industria (la papelera, el aceite de palma, el café, etcétera) se concentre a partir de entonces en las hectáreas que ya han sido arrasadas.

En contra de los buenos propósitos, es cierto, juegan las presiones de los lobbies industriales, la pobreza, la dificultad de controlar un territorio vastísimo y mal comunicado y la tremenda corrupción instalada en la burocracia de un país que, por poner un ejemplo, no ha conseguido que ningún inversor confíe lo suficiente como para montar una línea de metro en la capital. Jakarta, una ciudad de 20 millones de habitantes constantemente colapsada por el tráfico, pide transporte público a gritos, pero todas las empresas que ha intentado involucrar el Gobierno salen huyendo después de ver el panorama institucional.

Asian Pulp Paper (APP), la primera o segunda productora de papel del mundo (según quien haga el recuento), tala un millón de árboles al día y, en teoría, trabaja codo con codo con el Gobierno indonesio para cumplir los objetivos de sostenibilidad antes descritos. Han empezado introduciendo una política de transparencia. Sus posesiones en Sumatra eran hasta hace poco un espacio vetado a reporteros y fisgones. Ahora, sin embargo, se organizan viajes para que periodistas escogidos en todo el mundo vean con sus propios ojos una parte de su vasto territorio, seguramente la más presentable. Desde un helicóptero, me enseñaron enormes extensiones de selva virgen, interminables plantaciones de eucalipto y no escondieron los depósitos madereros a orillas de los ríos (lodazales con miles de troncos tumbados) ni las monstruosas chimeneas de sus fábricas de celulosa. La excursión incluyó una visita a escuelas construidas para los obreros y a los laboratorios donde los árboles se producen en probeta. Allí, en la “fábrica de árboles”, los retoños brotan en tubos de cristal, son clonados cuidadosamente por ejércitos de obreros con mascarilla y después se dejan crecer unos centímetros en invernaderos antes de transplantarse a la selva. Los ingenieros de APP aseguran que se trata de plantaciones “altamente eficaces”, la mayoría de eucaliptos y acacias. Cada árbol produce 1250 folios de papel y sólo necesitan seis años de vida antes de ser pasados por la trituradora.

Tras haber asumido durante largos años el papel de villano ambiental, APP busca ahora un cambio de imagen: sus principales accionistas se han comprometido a crear reservas verdes, financiar santuarios de tigres e implementar protocolos con los que evitar procesar pasta de papel procedente de la tala ilegal. “Ahora mismo el tema de la sostenibilidad es necesario para hacer negocios, por eso tenemos que ponernos al día. Todavía no nos podemos comparar con Norteamérica o Europa, pero estamos haciendo grandes esfuerzos para mejorar”, nos explicó durante la visita Aida Greenbury, directora de los programas de sostenibilidad de la compañía. Y añadió: “Las ONG ecologistas no se conforman con que cumplamos las leyes locales o nacionales, sino que también nos piden que cumplamos unos estándares internacionales. Estamos en ello y en dos años alcanzaremos la “deforestación cero”.

En asociaciones como Greenpeace se muestran sin embargo muy escépticos. “A nivel legislativo está habiendo algún progreso, pero las grandes empresas ejercen mucha presión para potenciar la explotación agrícola, maderera o de minas y la corrupción es un enorme problema”, me advirtió en una entrevista por correo electrónico Zulfahmi, un destacado activista de la organización ecologista en Jakarta. “Los gobiernos locales ofrecen las licencias de explotación y eso deja mucho margen para corruptelas. Sin más transparencia y sin un sistema de certificación adecuado no se puede crear una industria sostenible. No habrá mejoras si no mejora la calidad del Gobierno”, agregó. Esta asociación ecologista, una de las más combativas en Indonesia, está convencida de que la grandes empresas, en connivencia con el Gobierno, siguen siendo las principales responsables e intentan sacudirse las culpas culpabilizando a los pobres. “Echan la culpa a la tala ilegal y apropiaciones de tierras por parte de particulares, cosas que no se pueden negar, pero que no son lo más grave. Se utiliza esto como excusa para dar más licencias de tala y justificar la deforestación”, abundó el activista. Sea como sea, y a pesar de los problemas propios de un país en desarrollo, superpoblado y tremendamente corrupto, es innegable que el debate está ya sobre la mesa. Que no es poco.
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...Negocio que no tiene nada que ver con el Montañismo...
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