Las muertes silenciosas en el Mediterráneo son reales. Yo tengo que certificarlas

El Confidencial publica el testimonio en primera persona de la doctora de emergencias del barco de rescate 'Aquarius', que se lamenta de que el número de fallecidos supere al de los que pudieron salvar

Foto: El cadáver de un migrante flota en una playa en Tajoura, al este de Trípoli, Libia, el 4 de diciembre de 2016. (Reuters)
El cadáver de un migrante flota en una playa en Tajoura, al este de Trípoli, Libia, el 4 de diciembre de 2016. (Reuters)

En 24 horas he tenido que certificar la muerte en nueve ocasiones. Ha sido muy extraño hacerlo y no tener ningún familiar de la persona fallecida a la que dar la mala noticia.

Cuatro de las personas cuya muerte certifiqué hoy viajaban en una balsa de goma, sus cuerpos fueron localizados después de que su embarcación naufragara. 23 supervivientes fueron rescatados por otro barco que, finalmente, los trasladó junto con los cuerpos al 'Aquarius'. Las cuatro víctimas mortales y el testimonio de los supervivientes son las únicas pruebas de lo que sucedió. Nadie podrá saber jamás cuánta gente iba a bordo de la lancha (aunque la media actual nos dice que podrían ser entre 120 y 160 personas). Los traficantes no se preocupan de facilitar una lista de pasajeros. No todas las muertes son registradas; esos fallecimientos que pasan inadvertidos me persiguen.

Cuando escribo estas líneas, al menos 200 personas han muerto en el Mediterráneo en las últimas 24 horas. Es muy probable que sus familias nunca sepan en qué circunstancias, cuándo, o siquiera que murieron. Sin testigos de estas tragedias, es virtualmente imposible que los escasos cuerpos recuperados sean identificados.

Mientras que algunas de las tareas que un médico lleva a cabo pueden ser delegadas en otros profesionales, el pronunciamiento sobre la muerte y la certificación del fallecimiento de una persona permanecen firmemente en la descripción de nuestro trabajo en la mayoría de los entornos. Esta trascendental y sagrada responsabilidad ha coincidido hoy con la supervisión de la atención a cientos de rescatados, el cuidado intensivo de algunos pacientes, de los que dos necesitaron evacuación en helicóptero, y la atención a cada una de las personas a bordo del 'Aquarius' para que estuvieran sanas, salvas, secas y alimentadas en medio de un aguacero torrencial.

Cuando examino a una persona fallecida, trato de tomarme mi tiempo. Poso mi guante sobre su cuerpo y le digo algunas palabras. Algunas veces las pronuncio en alto, pero a menudo se las dirijo en silencio. “Lo siento, amigo mío, lo siento de verdad. No estás solo. Cuidaremos de ti”; a menudo es todo lo que puedo verbalizar sin derrumbarme. Les dirijo estas palabras porque me gustaría que alguien me las dijera a mí o a un ser querido, todo el mundo merece una despedida.

Migrantes se hacinan en una embarcación de goma mientras esperan ser rescatados por el 'Aquarius' frente a la isla italiana de Lampedusa, en abril de 2016. (Reuters)
Migrantes se hacinan en una embarcación de goma mientras esperan ser rescatados por el 'Aquarius' frente a la isla italiana de Lampedusa, en abril de 2016. (Reuters)

Mientras que algunos prefieren eludir el momento de la certificación de la muerte, los silenciosos instantes que paso con los fallecidos me permiten reflexionar sobre la incesante tragedia que acontece en el Mediterráneo. Este espacio de tranquilidad me ayuda a comprender que cada bolsa de cadáveres contiene una tragedia humana, que una familia, en algún lugar del mundo, ha cambiado irremediablemente, y que una persona, no un número, ha dejado este mundo. El silencio a solas con las víctimas redimensiona una tragedia de masas a un nivel individual. Y aquí es a menudo cuando las lágrimas fluyen.

Lo siento, amigo mío. Siento no haber podido impedir que este mundo fuera un lugar tan horrendo; lamento que te vieras forzado a huir de tu hogar junto con tu familia y que tuvieras que pedir prestada una enorme cantidad de dinero para tratar de encontrar una vida mejor. Arriesgaste todo y perdiste.

Quienes esta mañana te lanzaron al mar, en un día de mal tiempo, hacinado junto a decenas de personas a bordo de un precario bote de goma, te mataron. Me enfurece profundamente que no haya otro lugar para sus sueños y talentos que el fondo del Mediterráneo. El hecho de que tantos se hayan beneficiado económicamente de su esfuerzo y de su muerte me genera una intensa cólera ante la que no sé cómo reaccionar.

Aunque durante mi estancia en el 'Aquarius' habremos participado en el rescate o traslado de más de 4.000 personas, una se siente impotente aquí sentada, en el Mediterráneo, en un pequeño buque blanco y naranja, yendo de desastre en desastre mientras que la gente sigue ahogándose. Resulta inconcebible que, a pesar de las decenas de miles de personas rescatadas, el número confirmado de fallecidos supere la cifra de personas que han pasado por el 'Aquarius' durante mis cuatro meses a bordo.

Ojalá pudiéramos hacer más. Sé que no puedes oírme, amigo mío, y sé que no ayuda a nadie más que a mí, pero lo siento mucho. Lo intento de verdad, y no es suficiente.

*Sarah Giles es doctora de urgencias del 'Aquarius', el barco de búsqueda y rescate en el Mediterráneo operado conjuntamente por Médicos Sin Fronteras (MSF) y SOS Méditerranée.

Según datos de Acnur, más de 5.000 personas han fallecido en el Mediterráneo en 2016, la mayor cifra desde que se realizan registros. La travesía del Mediterráneo central, la que lleva de Libia a Italia, es la más peligrosa; nueve de cada 10 muertes se han producido en esta zona. El 'Aquarius' permanecerá operativo todo el invierno.

Tribuna Internacional

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