Los objetivos de Reino Unido para el Brexit son unilaterales e irreales

En el epicentro de los problemas de Reino Unido reside un modelo económico roto. Uno basado en servicios y finanzas, que ha beneficiado enormemente al país desde su entrada en el Mercado Único

Foto: Comparecencia de Theresa May seguida desde un bar de Fuengirola. (Reuters)
Comparecencia de Theresa May seguida desde un bar de Fuengirola. (Reuters)

En su discurso de ayer, la 'premier' británica Theresa May detalló 12 objetivos para su estrategia de negociación en el Brexit. Bajo nuestro punto de vista, dichos objetivos parecen unilaterales e irreales. Reino Unido se enfrenta a un complejo malabarismo en su salida de la UE. El Gobierno de May necesita gestionar las diferentes expectativas de los votantes pro-Brexit —a quienes se les prometió un divorcio 'gratuito'—, los inversores —que piden certidumbre y claridad— y los socios europeos —que no quieren que el caso británico sirva como precedente para otros países—.

La primera ministra podía haber utilizado el discurso de ayer como una oportunidad para presentar una estrategia de negociación y una actitud realista. No lo hizo. En lugar de eso, May volvió a presentar al electorado un cuento fantástico, donde Reino Unido logra una ruptura a bajo coste, un proceso de transición tranquilo y consigue un nirvana económico convirtiéndose al final en la "Gran Bretaña global".

Un nuevo acuerdo de libre comercio

May dejó claro que Reino Unido abandonará el Mercado Único y que habrá un nuevo acuerdo de libre comercio (FTA) fuera del marco existente de la Unión Aduanera. Sin embargo, el acuerdo de libre comercio propuesto por la primera ministra es impracticable: su objetivo es tener "el mayor acceso posible al Mercado Único" mientras adopta solo regulaciones y reglas seleccionadas y evita contribuir al presupuesto de la UE.

Proteger los derechos de los trabajadores

La primera ministra también reiteró la visión de una "Gran Bretaña más justa" que protege los derechos de todos los trabajadores. Pero, detrás del eslogan, May fue de nuevo incapaz de detallar cualquier medida concreta para encarar la desigualdad creciente en el país. Irónicamente, la legislación británica para proteger los derechos de los trabajadores se basa en la legislación europea, mientras que May quiere retirarse de la jurisdicción del Tribunal Europeo de Justicia y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Un Brexit tranquilo y ordenado

La primera ministra prometió evitar un final abrupto para la relación con la UE y afirmó que Reino Unido perseguirá una implementación por fases de la nueva relación. Sin embargo, May sabe que la implementación gradual será incierta.

La 'premier' también envió algunas amenazas veladas a sus homólogos europeos, en un intento por evitar un acuerdo punitivo. Primero citó el poder militar británico, poniendo el foco en la importancia de que Reino Unido siga teniendo una participación activa en la defensa común de Europa. En segundo lugar, lanzó la amenaza económica de convertir el país en un paraíso fiscal y "adoptar las políticas que atraerán a Reino Unido a las mejores compañías del mundo y los mayores inversores". Incluso fue un paso más allá: también advirtió sobre potenciales medidas de represalia en forma de alteraciones comerciales para exportaciones de la UE si se alcanza un escenario antagonista.

Estas amenazas no son creíbles. Mientras la UE sin duda se vería afectada al perder sus exportaciones a Reino Unido, el 48% de la inversión extranjera en el país procede de la Unión Europea —y en mucha menor medida de otros países; por ejemplo, solo un 1% de China, según Ipsos Mori—. Además, nuevas bajadas de impuestos para atraer a compañías internacionales reducirían el poder de negociación del Gobierno sobre dichas empresas y aumentarían aún más la desigualdad.

Economía en apuros

En el epicentro de los problemas de Reino Unido reside un modelo económico roto. Uno basado en servicios y finanzas, que ha beneficiado enormemente al país desde su entrada en el Mercado Único, en 1973. Al convertirse en el punto central de los servicios de Europa, los británicos doblaron su PIB per cápita durante este periodo, pero el país también se hizo más dependiente de los mismos países con los que ahora quiere romper lazos.

Hoy en día, Reino Unido es un importador neto de trabajadores cualificados y de bienes, y un exportador neto de servicios. Una divisa más débil y una mayor incertidumbre conllevan más inflación y menos crecimiento: estanflación. Por ello, estimamos el coste total de un 'Brexit duro' en 140.000 millones de libras, o un 7,5% del PIB.

Si Theresa May dice en serio que quiere lograr un Reino Unido más unido, más justo y más global, ha elegido un mal punto de partida. Unir al país contra los extranjeros y la inmigración ha sido un plan de juego exitoso, pero con poca visión de futuro. Reino Unido se ha convertido en un reino más dividido, y el Brexit en síntoma de una desigualdad social y económica de profundas raíces.

Desigualdad

En un país donde el 1% de arriba obtiene el 27% de la renta y donde la desigualdad está en su mayor nivel en 100 años, justicia significa dar acceso a buenos colegios para todos los niños —no solo a los que han nacido en el código postal correcto—. En la actualidad, el 7% de los británicos educados en centros privados representa dos tercios de los jueces y miembros de la Cámara de los Lores y la mitad de los periodistas y diplomados. Los ahorros de 16,8 millones de personas son inferiores a 100 libras, según Money Advisory Services, una ONG, y 8,4 millones padecen escasez de alimentos, según la Food Foundation. Una cifra similar a la población de Londres.

Muchos ciudadanos han salido perdiendo de la reciente recuperación de activos-ricos y salarios-pobres, en la que programas del Gobierno como Help-to-Buy o el Funding-for-Lending elevaron los precios de los inmuebles sin construir nuevas casas. Fuera del negocio global de Londres, muchos se han quedado fuera del sistema y votaron por algo que les presentaron como una manera sencilla de mejorar su suerte, reparar el erario público y perseguir los intereses de los británicos. Pero no era la verdad.

Escepticismo

En mayo de 1940, en plena Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill advirtió al Reino Unido de que solo le esperaban sangre, lágrimas y sudor. En su discurso del martes, Theresa May podría haber advertido a los ciudadanos de los costes del Brexit: pérdida de empleos, inflación y una prolongada incertidumbre, especialmente para los más pobres. En cambio, pidió unidad y continuó prometiendo un nirvana económico al final del viaje —mientras se implementan políticas que supondrán exactamente lo contrario—. Una libra en declive y un creciente interés en la deuda muestran que los inversores, yo entre ellos, son escépticos. Pronto será obvio para todos que el barco se dirige directo hacia un iceberg. En ese punto, tal vez sea demasiado tarde para dar la vuelta.

*Alberto Gallo es jefe de Macroestrategias en Algebris Investments y Portfolio Manager para el Algebris Macro Credit Fund.

Tribuna Internacional

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