Sin derecho a la compasión

Recuerdo los meses anteriores a la muerte de Amy Winehouse. Había un cachondeo monumental. La pobre Amy subía al escenario borracha como una cuba, borracha como
Foto: La cantante británica Amy Winehouse, fallecida a los 27 años. (Reuters)
La cantante británica Amy Winehouse, fallecida a los 27 años. (Reuters)

Recuerdo los meses anteriores a la muerte de Amy Winehouse. Había un cachondeo monumental. La pobre Amy subía al escenario borracha como una cuba, borracha como una diosa caída en desgracia. Las escenitas se sucedían con patetismo. Qué bien canta, pero qué loca está la muy puta, decía la gente. Cualquiera podía reírse. Se dio el derecho a la risa, a la crueldad. Yo no me reía. Ahí teníamos a una chica destruida por la máquina de la fama. Subía al escenario desorientada, con ganas de irse, la música seguía.

– The show must go on.

Terminaba un tema y se sucedía otro y Amy cada vez cantaba menos. Dejaba plantados a los músicos y se iba a bambalinas a meterse algo por la nariz. No hay que defenderla, pues era imbécil. Amy Winehouse era una inmensa artista y una inmensa imbécil. Los fans no entienden esto, quieren que su ídolo sea indiscutible y estaban enfurecidos. La abandonaban.

– Nos has decepcionado, Amy.

No hay nada más peligroso que un fan. Se otorga el privilegio de odiar con el mismo fanatismo con que amaba. En aquel tiempo, cada dos por tres, aparecía la noticia falsa de que Amy había muerto. Como una bandada de cuervos, el público difundía rumores: accidentes de coche, sobredosis, asfixia con su propio vómito, asesinada. Las quinielas macabras sustituyeron a la compasión, pues la moda era mearse en Amy Winehouse. Borracha, drogadicta, se había ganado a pulso que la gente se meara sobre ella.

No hay nada más peligroso que un fan. Se otorga el privilegio de odiar con el mismo fanatismo con que amabaLa cantante británica cumplió con su público. Murió a los 27, reventada por la droga después de infructuosas terapias de rehabilitación, para que la pudieran convertir en un ídolo más luminoso, menos teñido de oscuridad. Cumplió también con la letra de uno de sus éxitos:

– They tried to make me go to rehab but I said no, no, no.

Los Mötley Crüe describen muy bien el fenómeno del desgaste de las estrellas en su libro Los trapos sucios. Cuentan que la máquina de la industria atrapa a los músicos, deseosos de recibir el premio de la fama, y una vez que llegan alto los lanzan al estrellato. Esta es la peor parte, especialmente si la estrella es joven. El ritmo de conciertos en gira que dicta la productora resulta insoportable. Los Mötley anduvieron un año entero girando, qué mareo, con shows cada dos días por todo el globo terráqueo. Las drogas eran parte consustancial en sus viajes. Aquellos veinteañeros enloquecidos no encontraban otro modo de soportarlo. Tampoco lo tenían fácil para aguantarse a sí mismos, pues la fama temprana convierte a los chavales en auténticos monstruos. Lo vimos con Michael Jackson, lo vimos con Macaulay Culkin. Tres discos de éxito y al cuarto los Mötley casi habían desaparecido, desgastados, locos como estrellas del rock.

– Que vaya pasando el siguiente.

Parece que le toca el turno a Justin Bieber, que en marzo cumplirá veinte años. El último ídolo de las jovencitas es un producto de la industria sin la más mínima personalidad. Un jeque discográfico vio el vídeo que un niño cursi había subido a YouTube. Habló con el niño y con sus padres. Meses más tarde, el niño era una fábrica de producir dinero. La industria, esquilmada por las descargas piratas, había encontrado una cara que las chicas estaban dispuestas a comprar en la carátula de un disco.

Justin Bieber. (Reuters)
Justin Bieber. (Reuters)
Justin Bieber siempre resultó repulsivo por su vacuidad, puro producto, extremada cursilería. Se lo percibía como un diseño para enganchar a las chicas y nada más. Daba tanta grima que costaba recordar lo evidente: había un niño detrás. Igual que con la borrachería de Amy, la cursilada de Justin dio carta blanca al público para atacarlo. A las estrellas se les puede escupir sin cargo de conciencia, tan lejos están. Pero Justin, coño, era un niño. Un niño camino de convertirse en monstruo.

La estrella infantil crecía y pronto quedaría más pasado que Joselito. La industria tenía que revalorizar la moneda. Recientemente, la transformación de otra emperatriz infantil en mujer lasciva había dado resultado. Hannah Montana se rebautizó como Miley Cyrus, se agarró a los tornillos de la máquina y logró permanecer arriba rentabilizando los escándalos, los chochos y la droga.

Difícil conversión de niño en adulto, de estrella infantil en ídolo canalla. Se estrellará contra el suelo, sufrirá el veneno de su propia famaA los niños estrella les regala la industria consolas de videojuegos adaptables a pantalla de cine, viajes a Disney con el parque cerrado para ellos y sus amigos, cualquier chuchería a cualquier hora del día o de la noche y lo más peligroso: la adulación constante. Luego llega la adolescencia, y los caprichos empiezan a venir de Colombia o de las destilerías Jack Daniel's. La industria, ese padrino mafioso, lo alienta: el niño tiene un contrato, es una inversión a largo plazo. Debe convertirse en el estereotipo canallesco que vende entre las adolescentes, y si se va de las manos, siempre quedarán las curas de rehabilitación.

– And I say no, no, no...

Leo las últimas noticias sobre Justin Bieber y siento lástima por él. Ya ha ido preso, ya ha conducido borracho. Mea por el balcón a unos peatones, la clásica chiquillada, la típica broma inmadura y gilipollesca, y Justin Bieber es vilipendiado por la prensa. Él se droga y sigue los pasos de estrellas adultas como Amy Winehouse, muerta a los veintisiete. Muertos venden más que vivos. El que de crío recibió amor industrial a raudales, aquel chavalín que hacía discos que las madres compraban a las hijas, ahora aparece encabronado como un demonio de Tasmania. 13.000 firmas quieren declararlo persona non grata en Estados Unidos. Ya no es una buena influencia para las niñas.

Triste. Difícil conversión de niño en adulto, de estrella infantil en ídolo canalla. Se estrellará contra el suelo, sufrirá el veneno de su propia fama. Y habrá quien siga riéndose de él. Habrá quien siga recriminándole las canciones cursis que cantaba, la parafernalia repelente en que nos lo dieron envuelto. Como si el mito fuera real. Como si no hubiera un ser humano débil, torpe y malogrado detrás.

España is not Spain
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