Mientras Kurt Cobain se metía la escopeta en la boca

Mientras Kurt Cobain terminaba de escribir su nota de suicidio, rematada con el verso de Neil Young “mejor arder que apagarse lentamente”, en España, en 1994,
Foto: Kurt Cobain. (Reuters)
Kurt Cobain. (Reuters)

Mientras Kurt Cobain terminaba de escribir su nota de suicidio, rematada con el verso de Neil Young “mejor arder que apagarse lentamente”, en España, en 1994, muchos adolescentes escuchaban las canciones difíciles, estridentes y doloridas de In utero, el último disco de estudio de Nirvana.

Muchos adolescentes en este país tan ajeno a las preocupaciones de Cobain se sentían arropados por su música y se lo imaginaban como un primo lejano que los comprendía, como alguien que ha visto más mundo y ha sufrido más y con quien podría hablarse en las tardes largas de la adolescencia junto al fuego, en una comunión de sacrílegos. Los fans españoles y adolescentes de Nirvana se decían a sí mismos que, por encima del desconcierto de sus vidas, había alguien, una estrella, que veía el mundo exactamente como lo veían ellos.

¿No es fascinante? Repartidos en cada pueblo muchos niños greñudos y tristones se vestían con jerséis de punto y camisas de franela y acarreaban sus mochilas hacia el instituto con la voz desgarrada de Cobain animándolos desde el walkman, animándolos con su desesperación. Cuando Cobain se metió el cañón de la escopeta en la boca, un adolescente de Asturias estaba metiéndose en la boca un cigarrillo, pensando:

– Yo quiero ser como tú.

Al otro lado del ruido de los océanos y las ciudades y los yermos y los bosques resonó la última nota de Nirvana: una detonación de escopeta.

Sin toda la cultura a un clic, esta se saboreaba mejor y más intensamente. Se quemaban los discos y las películas y los libros con dedicación, cada canción y cada página era un tesoro valiosoEn aquella época, el fallecimiento de una estrella tardaba algo más de tiempo en alcanzar a la audiencia. No era como hoy que, antes de que el doctor le haya puesto el fósforo encendido en los dedos para descartar catalepsia, ya se ha expandido por todo el globo el olor mitológico de su muerte. Ayer estaba pensando en aquel tiempo fabuloso de la ingenuidad. Yo empecé a escuchar a Queen con siete años y tuve miedo de que Freddie Mercury me contagiara el sida a través del altavoz: había oído que el sida se transmitía “por amor” y yo amaba verdaderamente las canciones de Queen.

– No es exactamente “por amor”, sino...

Lo sé, doctor.

– Es una aclaración pertinente porque...

Estamos hablando de los noventa. ¡Los noventa! Tiempo de construcción para los de mi quinta, tiempo de fanatismo por las estrellas del rock. Con diecinueve vi por primera vez el concierto de Wembley de Queen. Lo emitían en las pantallas de la Fnac y me quedé parado en mitad de la tienda hasta que terminó el concierto de dos horas y pico. Hasta entonces no tenía más que una noción de dos minutos sobre el movimiento de Mercury sobre el escenario.

Sin YouTube y su bandeja instantánea de cuerpos en movimiento, la imagen de nuestros ídolos se limitaba a las fotos de las revistas, de los libretos de los discos y a algunos clips cazados con suerte en los programas de música y los telediarios. Pero, sin toda la cultura a un clic, esta se saboreaba mejor y más intensamente. Se quemaban los discos y las películas y los libros con dedicación, cada canción y cada página era un tesoro valioso. Difícil de encontrar.

Hay una historia no oficial de las consecuencias de la muerte de los ídolos: la silenciosa. La de los chicos que descubren que el ídolo no los comprendía ni tenía el más mínimo interés por ellos y, al contrario, estaba dispuesto a suicidarse para acabar con su propio sufrimientoEl adolescente asturiano fan de Nirvana aprendía el inglés suficiente para entender las letras de las canciones y, una vez que podía asegurarse de lo que estaba cantando Cobain, la música se le figuraba mensaje directo a su soledad. Si un día conocía por el pueblo a otro fan de Nirvana, podría cimentarse una amistad que durase décadas. Si alguien decía que Nirvana era una mierda, la enemistad sería igualmente longeva. Querían amar como amaba su ídolo, vivir como vivía su ídolo y, en los casos más extremos, incluso morir como había muerto su ídolo. La adolescencia es esa transformación grasienta del niño en adulto durante la que cualquier canción de un artista remoto explica más sobre el mundo que todo lo que le rodea. ¡Maravillosa estupidez!

El escritor Manuel Astur ha escrito una novela sobre los adolescentes que quisieron emular a Kurt Cobain. Cuando muere una estrella del rock vemos en el noticiario a los fans: lloran, se arrancan los cabellos y corren a besar la lápida, llenándola de carmín como ocurre con la de Oscar Wilde en el cementerio de Père-Lachaise. Pero hay una historia no oficial de las consecuencias de la muerte de los ídolos: la silenciosa. La de los chicos que descubren, de repente, que el ídolo no los comprendía ni tenía el más mínimo interés por ellos y, al contrario, estaba dispuesto a suicidarse para acabar con su propio sufrimiento, tan ajeno al sufrimiento de los demás.

La novela de Manuel Astur se publica en Principal de los Libros, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Cobain, y se llama Quince días para acabar con el mundo. Narra la vida de un chico misántropo y apasionado en un pueblecito asturiano, apóstol del grunge en un desierto sin oídos afines. Leerla me ha devuelto a la época en la que los gustos musicales era la elección de los materiales para construirse una identidad. Al tiempo en que escuchar a Nirvana te convertía en un elegido de Cobain.

El libro se articula en torno al momento en que Kurt Cobain se metía la escopeta en la boca mientras miles de españoles con granos en la cara escuchaban su música y creían estar menos solos. Ese instante fabuloso, esa desconexión, merece en mi opinión más homenajes que cualquier suicida. Y en la novela de Manuel Astur, los antiguos fans de Nirvana habrán encontrado el suyo.

España is not Spain
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