Querida maestra

Mi profesora de lengua y literatura Pilar García Madrazo tuvo una mala caída en una exposición de El Greco, se le quebró el cuello entre obras de arte

Mi profesora de lengua y literatura Pilar García Madrazo tuvo una mala caída en una exposición de El Greco, se le quebró el cuello entre obras de arte, así murió, así murió ayer. Ella le explicó a un burro lo que era el síndrome de Stendhal, a mí, que ni siquiera sabía quién era Stendhal. Ella me explicó quién era Stendhal y me obligó a leer Rojo y negro a los quince años.

Creo que no entendí nada. Pero ella me obligó a decirle que era bello, que era voluptuoso, que era lo mejor que había leído en mi vida. Me obligó, yo no había entendido nada. Así trabajaba Pilar. Así, hasta tener razón.

Madre no hay más que una pero algunos profesores contribuyen con tanta energía a hacer una persona que son como padres y madres adyacentes, padres y madres alfareros. A la clase de mi profesora Pilar entré desafiante y quinceañero con la boina calada hasta los ojos y salí convertido en un adolescente deseoso de escribir, de formar parte del reino fabuloso de la literatura al que Pilar nos dejó asomarnos a todos los alumnos de aquella clase de Tánger.

Ella me enseñó los rudimentos de la admiración. Se me da muy mal recordar la indumentaria de la gente y la suya la estoy viendo ahora, basta cerrar los ojos para que se iluminen sus pantalones anchos de pinza bien planchada, sus blusas con pequeñas flores delicadas, su colgante, su pulsera de piedrecillas marrones. Recuerdo su indumentaria porque la admiraba. Era una señora de sesenta años y mala salud que caminaba con la espalda recta y tenía un tic en la boca, parecía lanzar besos prietos y pequeños a cada idea que había dicho, a cada idea que soltábamos nosotros como respuesta desde los pupitres. Pilar era temible. A un mal comentario de texto le ponía una anotación de este cariz: “Decepcionante, deprimente, no has entendido nada de nada. Es triste. La próxima vez lo harás mejor”, acompañada de un cero.

La semana siguiente, el comentario podía ser éste: “Estremecedor y bellísimo”, acompañado de un 10.

Nos matábamos por tener un 10, pero sobre todo por tener un estremecedor, un bellísimo. Mis compañeros eran marroquíes, hijos de familias acomodadas que asistían a las clases del Instituto Español Severo Ochoa de Tánger para irse a la universidad española. Moritos, mis compañeros, españolizándose con las clases de sintaxis y literatura de Pilar García Madrazo. Pero no sabíamos que ella era una fábrica de escritores. Yo lo supe antes de irme a estudiar a Madrid.

Pilar me invitó a su casa a tomar un chocolate cuando acabó el último curso. Había estado muy enferma, tuvo septicemia por una perforación intestinal y se había recuperado. Había pasado mil veces por el quirófano. Era dura, tenía voluntad, una voluntad de hierro para enseñar. Siempre regresaba y nos ponía a leer Guerra y Paz y a Miguel Hernández. Recuperada, me invitó a merendar chocolate a su casa. En esa merienda me explicó lo que era el síndrome de Stendhal y me recomendó que tuviera cuidado en Madrid, en el Prado. Me dijo:

-El Prado es peligroso, la belleza es peligrosa. Tú eres un alma sensible.

Yo estaba feliz, feliz de oír aquello. Mis clases con Pilar fueron una lucha: tuve que derrotar a mi ignorancia y a mi escasa sensibilidad literaria, a mi sensibilidad sin desbastar, para ser a sus ojos un buen alumno, un alumno brillante. Era una profesora tan buena que todos queríamos ser brillantes a sus ojos, todos sin excepción. Ella dirigía la revista de literatura escolar y me publicó mis dos primeras piezas, un texto sobre una bahía nostálgica, empalagoso, y otro sobre un funcionario tenebroso, plagio de Kafka, a quien Pilar nos había presentado.

También supe en la merienda que Pilar, antes de irse a Tánger, había enseñado en el Ramiro de Maeztu de Madrid. Allí se convirtió en una fábrica de producir escritores, en un horno donde entraba mineral y salían poetas. En la última merienda tangerina Pilar me habló de Álvaro Tato y Julio Reija, dos alumnos suyos, y de las meriendas en el Vips en las que se reunía con sus mejores alumnos del pasado, a las que yo estaba invitado. Siempre he pasado por los Vips de Madrid oteando las mesas, a ver si estaba allí Pilar con Álvaro y con Julio, para sentarme con ellos y escuchar.

-Ellos son como tú -me dijo-, tienen alma sensible, tienen alma de escritor. Cuando vayas a Madrid debes conocerlos.

Todo lo que me decía Pilar sobre Madrid me daba miedo. Con Álvaro Tato, hombre adorable, tierno, bondadoso y divertido, nunca he podido comportarme con naturalidad. Con Tato siempre he sentido timidez, una timidez espantosa. Como si hablase con Miguel Hernández, como si hablase con Ramón del Valle Inclán. Es culpa de Pilar, reina Midas, ella lo hizo de oro para mí. Después de merendar, Pilar me hizo acompañarla a mirar joyas en los bazares de Tánger. Yo caminaba junto a la señora recta y marcial lleno orgullo. Ella me tomaba del brazo y entrábamos a tiendas de joyas baratas, donde ella me explicaba que eran hermosas, hermosísimas, y yo asentía, joven y maravillado de estar con ella fuera del aula.

Me propuse ser escritor en esa época, bajo su influencia. Y todo lo que he escrito desde entonces, todo, lo he escrito anhelando su anotación de bolígrafo rojo, su “estremecedor y bellísimo”, y temiendo su “decepcionante, deprimente, la próxima vez lo harás mejor”.

Ayer murió esta fábrica de escritores, este foco de contagio de la sensibilidad europea. Una mala caída en una exposición de El Greco, como si el síndrome de Stendhal se la hubiera llevado. Mi despedida es para ella y para todos sus alumnos. Y para todos los lectores que le deben el vicio a sus maestros de la escuela pública. Y para todos los buenos maestros de la escuela pública, y de la escuela privada. Maestros, profesores, esforzaos por ser como Pilar García Madrazo. Esforzaos por ser brillantes, por que vuestros alumnos os amen.

Esto es para todos, Pilar, por tu culpa. Esto es para ti.

España is not Spain

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