El hombre que quería hablar con Stalin

Este episodio transcurre en el Moscú estalinista. Habían pasado cuarenta y ocho horas del suicidio de Mayakovski cuando, en mitad de una noche de julio de

Este episodio transcurre en el Moscú estalinista. Habían pasado cuarenta y ocho horas del suicidio de Mayakovski cuando, en mitad de una noche de julio de 1928, sonó el teléfono en casa del escritor Mijail Bulgákov. Llevaba cinco años sufriendo una paranoia atenazante. Una llamada a esas horas no presagiaba nada bueno. ¿Cuándo se lo iban a llevar al Gulag? ¿Sería doloroso el interrogatorio?

Bulgákov había escrito en 1925 la novela Corazón de perro, donde un científico trasplanta en un chucho el corazón, las gónadas y el cerebelo de un proletario muerto, con un resultado inquietante: el perro empieza a caminar sobre las patas traseras, escupe, dice ordinarieces y finalmente se transforma en un obrero brutal, pero muy del agrado de las autoridades comunistas.

Con escritos así, Bulgákov tenía motivos para sospechar que le pasaría algo malo. Los autores de la época podían elegir entre el miedo y la alienación, aunque alienarse no era ninguna garantía para vivir sin miedo. Para vivir sin miedo en tiempos de Stalin había que ser Stalin o muy imbécil. Y yo intuyo que Stalin fue el hombre que tuvo más miedo en el estalinismo. Dale a un miedoso el control de los órganos represivos y...

Pero ¿quién quiere hablar de Stalin? Es Bulgákov el que nos interesa, ese médico nacido en Kiev que puso los aperos clínicos al servicio de la escritura satírica. Tenía la desgracia de no poder callarse, de no poder fingir. En un tiempo en que aplaudir al tirano era obligatorio, Bulgákov escribía obras de teatro buscándole las cosquillas. Y Stalin, que mató a tantos disidentes, quiso buscarle las cosquillas a él.

La espera es la parte más cruel de la condena. A veces pienso en los condenados a muerte en Japón, donde la ley especifica que los reos no conocerán la fecha de la ejecución, y me pregunto si hay una tortura peor que ésa. Y entonces me acuerdo de Bulgákov

Su condena fue peor que la muerte: fue vivir encerrado en la Unión Soviética, sin publicar sus obras, sin ser masticado por las mandíbulas de la Lubianka, sin ir a parar a Siberia para convertirse en huesos y en hielo. Simplemente seguir viviendo, sin noticias, sin desenlace, a base de trabajos mediocres de ayudante de dirección en el Teatro del Arte, donde el mismo Stalin, años atrás, había reído con una obra de Bulgákov. 

La espera es la parte más cruel de la condena. A veces pienso en los condenados a muerte en Japón, donde la ley especifica que los reos no conocerán la fecha de la ejecución, y me pregunto si hay una tortura peor que ésa. Y entonces me acuerdo de Bulgákov.

Mientras otros autores molestos para el régimen desaparecían sin dejar rastro, Bulgákov seguía allí. Envió decenas de cartas al mismísimo Stalin. ¿Acaso no recordaba el querido líder cómo le gustaron sus primeras obras? ¿No podía darle cierto trato de favor? Las cartas no recibían respuesta y sus obras eran censuradas una tras otra. Bulgákov dejó escrito en sus diarios que apenas podía conciliar el sueño. Cualquier ruido lo volvía loco y un viento de horror le acompañaba por las calles de Moscú, más tenaz que el frío. Cuando regresaba a casa, tenía la sensación de que unas manos enguantadas habían rebuscado entre sus papeles. Y en esto acertaba, puesto que la policía le arrebató su diario, repleto de anotaciones ingeniosas sobre la vida bajo el estalinismo.

Aquella noche, cuando descolgó el teléfono, escuchó una voz con timbre oficial:

-¿Usted es Mijail Bulgákov?

-Sí.

-Atención. Va a hablar con el camarada Stalin.

Suponemos que Bulgákov tuvo que dejarse caer sobre una silla. Había llegado el momento culminante de su vida. Stalin, afable, le preguntó cómo se encontraba. Poco después atendía a sus súplicas: le permitía largarse de la Unión Soviética y viajar, en vista de que no era útil para la Revolución. Sin embargo, Bulgákov percibió que el tono de voz de Stalin estaba entreverado de ecos fantasmales. ¿Serían las almas de todos los ciudadanos que morían en los campos de trabajo?

Respondió que lo había pensado mejor y quería quedarse. El tirano le felicitó por su decisión y colgó el teléfono. Bulgákov se arrepentiría al instante, pero el dictador no volvería a contestarle jamás: ni a las cartas, ni a las llamadas.

Entre aquel momento fatídico de 1928 y su muerte, en 1940, Bulgákov escribiría su novela capital: El maestro y Margarita, su particular retrato del estalinismo, elaborado durante la condena más cruel y sofisticada que se le haya impuesto a un escritor. En el libro, el demonio aparece en el Moscú de los años 30 y pone patas arriba el mismo orden tiránico que estaba destruyendo al autor. Una venganza parida a base de dolor. Loco por el miedo y la paranoia, Bulgákov quemó el manuscrito y volvió a escribirlo de memoria, poco antes de morir. No se publicaría hasta los años sesenta gracias a los desvelos de su viuda.

Pero “los manuscritos no arden”, dice uno de sus personajes.

En España acaba de publicarse una traducción nueva, a cargo de Marta Rebón, con una calidad muy superior a la que manejábamos hasta el momento y basada en la versión más completa del manuscrito. La publica la editorial Nevsky Prospekts.
España is not Spain
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