Cómo dejar de ser un yonki de internet

Los que trabajamos con el ordenador lo sabemos: internet nos convierte en yonkis. La palabra es yonki porque siempre juramos que el atracón de Twitter de
Foto: Cómo dejar de ser un yonki de internet

Los que trabajamos con el ordenador lo sabemos: internet nos convierte en yonkis. La palabra es yonki porque siempre juramos que el atracón de Twitter de anoche será el último, y que nunca más seremos el último internauta en despoblar la red en nuestro huso horario, y que yo controlo, colega. Ay, Dios, quién te va a creer a ti, desgraciado. Si el wifi funcionase echando monedas te verían pidiendo para un bocata en las inmediaciones de la estación de autobús.

Pensemos en el caso de un escritor. Son las nueve de la mañana y el tipo ha tomado un café, tiene por delante esas horas mágicas de la creación literaria, es decir, horas delante del ordenador. Se promete a sí mismo que se va a centrar, se calza un hábito jesuita o una bata estilo Hugh Hefner y, después de murmurar una novena, abre el Word para ponerse con su novela. Tres horas más tarde, éxito total: el novelista se ha hecho con una buena documentación, siempre que su novela verse sobre la vida de los gatitos.

Hablaba de este tema con un periodista y novelista que se llama Álvaro Colomer. Entre colegas siempre intercambiamos consejos y el tema de moda es el que nos ocupa, cómo luchar contra la adicción y la cosa compulsiva. Él se ha descargado un programa que capa internet y no la devuelve hasta que no se introduce una clave. La clave, jeroglífica, la escribió Colomer en un papel y se la confió a su esposa.

Mi método consiste en no tener internet en casa. Si alguien me espiase me vería consultar lo esencial con un pequeño teléfono móvil, y pensaría con toda la razón del mundo: ¿y este tío escribe en un medio digital?

A mí esto no me funcionaría. Me imagino persiguiendo a la mía con un hacha y destrozando la puerta del baño con cara de Jack Torrance. Mi método consiste en no tener internet en casa. Si alguien me espiase, como en la película Retratos de una obsesión de Robin Williams (descanse en paz), me vería consultar lo esencial con un pequeño teléfono móvil, y pensaría con toda la razón del mundo: ¿y este tío escribe en un medio digital?

Pero es que internet ens roba, que diría Pujol. Nos roba concentración y horas de vida. Quien dijo que internet marcaría el comienzo de la era del conocimiento ilimitado no se paró a pensar en los daños colaterales del invento. Recuerdo que me dijo Manuel Jabois que tú puedes meterte a leer el New Yorker, que tarde o temprano acabarás bajando las persianas. Porque si los caminos de internet son inescrutables, tengo confirmado que muchos llevan hacia cosas peludas. Usted dirá qué clase de gatitos, en español o en inglés, según sus preferencias.

Porque las enfermedades surgen de los sitios más recónditos. El ébola tiene su vivero en la cueva Kitum, que se interna doscientos metros en las entrañas del monte Elgon. Allí viven muchos murciélagos y acuden las manadas de elefantes a chupar la sal que impregna las paredes. Lo mismo ocurre con el ordenador conectado a internet: uno puede internarse en sus cavidades para buscar algo que condimente cualquier tarea, que saldrá mordisqueado por el vampiro que domina las riendas de Facebook y con unas ojeras negras como la muerte.

El poeta mexicano Daniel Saldaña dice que a él le van capando páginas en el ordenador del trabajo, en un intento desesperado de centrar al personal, hasta el punto de que le va a ser más fácil encontrar algo en el cajón de su escritorio que en Google. Y mientras la Unión Europea insiste en que la siesta y el modo de vida español nos condenan a una producción baja, yo les digo a esos señores que vayan a la pestaña de historial de los ordenadores de sus subalternos, a ver qué encuentran ahí.

Como sé que mi método de superar la adicción es demasiado norcoreano, he preguntado a algunos psicólogos a ver qué me aconsejaban. La mayor parte de estos profesionales, de esta gente con estudios y dedicada al apuntalamiento de las debilidades humanas, me respondió a los correos con vídeos de Lady Gaga enseñando un pecho y de osos panda tirándose por un tobogán, muy divertidos todos, así que he tenido que cocinar la lista buscando en la red.

Google devuelve 3.790.000 resultados a la búsqueda “cómo superar la adicción a internet”. La mayor parte de las recetas parecen sacadas de un libro de Jorge Bucay o Paulo Coelho, pero la cantidad de contenido me ha convencido de que esta adicción es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

Primero hay que estudiar a fondo qué nos pasa, llegar al meollo del problema de esta compulsión masiva y de esta inmensa pérdida de tiempo en que nos hemos metido. Tengo pocas esperanzas en una curación. Hace unos días apareció una noticia estrambótica en varios medios: Google crea un potente cerebro artificial y éste decide buscar gatos en internet. Hasta que nos digan qué nos pasa en la sesera sin que nos suene a libro de autoayuda, habrá que crear asociaciones de internautas anónimos para que podamos aguantar.

Y ahora, con el permiso de ustedes, voy a ponerme con mi novela.

(Tras teclear la última línea, el autor se puso a buscar información sobre homínidos por necesidades de documentación. Acabó viendo, primero, vídeos de monetes, y luego otros vídeos de gente resbalando y dándose trompazos. Afuera, tras la ventana, caían una a una las Perseidas como minutos perdidos).

España is not Spain

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