Así es como las redes sociales se enriquecen mientras tú te radicalizas

Funcionan de forma opaca, influyen sobre nuestra forma de pensar y crean su riqueza con el oro negro del siglo XXI: nuestra información personal

Foto: Foto: Reuters.
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'El filtro burbuja' de Eli Pariser (Taurus) es un libro tan necesario que debería ser lectura obligatoria para cada usuario de las redes sociales. Investiga hasta el fondo, armado con una cantidad abrumadora de datos y referencias científicas, el mecanismo por el que las redes sociales están empobreciendo nuestra mente sin que seamos conscientes de ello.

Además, Pariser sigue la senda de Andrew Keen -“Internet no es la respuesta” (Catedral)- para desmontar el mito de que empresas todopoderosas como Google o Facebook operan según los optimistas códigos new age que todavía les atribuyen muchos de sus usuarios. Funcionan de forma opaca, influyen sobre nuestra forma de pensar y sobre nuestro comportamiento, y crean su riqueza con el oro negro del siglo XXI: nuestra información personal. Cuando el servicio es gratis, el producto somos nosotros.

Buena parte del libro contiene un estudio pormenorizado de lo que estas empresas (Facebook, Amazon, Google, Netflix, etc) hacen realmente con la catarata de datos personales que les proporcionamos a cambio de sus servicios. Por ponerlo claro: cada vez que uno de los millones de usuarios en todo el mundo dice dónde ha comido, cada vez que alguien comenta qué le ha parecido una película, incluso cada vez que una persona expresa si está triste o se siente feliz, las granjas de la información para las que trabajamos como gallinas obtienen un huevo más con el que comerciar.

Según los habitantes de Silicon Valley y demás tecno-optimistas, la consecuencia de este proceso será simplemente una publicidad mucho más inteligente, que incluso podrá adelantarse a nuestros deseos y anunciarnos justo lo que necesitamos, y también un servicio tan avanzado que nos dirá lo que queremos buscar en Google antes incluso de que se nos haya ocurrido. Sin embargo, Pariser lanza un mensaje oscuro para recordarnos que la información es poder, y para que sepamos a qué tipo de entidades se lo estamos entregando.

Pese a que Facebook presume de conectarnos con nuestros amigos, sus algoritmos nos están convirtiendo en de pueblerinos digitales

Pero lo más interesante no es esto, sino el efecto que tiene teniendo sobre la democracia nuestra conexión permanente, algo sobre lo que también investigo en mi libro “Arden las redes”. El concepto “filtro burbuja” describe la ceguera inducida y la cerrazón ideológica, la aldeización de lo que nos vendieron una comunidad universal. Pese a que Facebook presume de conectarnos con nuestros amigos por todo el planeta, pese a que Google parece conectarnos con toda clase de informaciones plurales, lo cierto es que sus filtros y sus algoritmos nos están convirtiendo en de pueblerinos digitales.

Funciona así: cualquiera puede seguir en Facebook a gente que no piensa como él, pero todos los usuarios tienen una tendencia natural a premiar con el “me gusta” las publicaciones con las que están de acuerdo. Facebook, empeñado en ofrecer una experiencia agradable para que el usuario permanezca conectado el mayor tiempo posible, detecta estos “me gusta”. Su algoritmo crea un ranking con el tipo de publicaciones que el usuario va a ver más a menudo.

La consecuencia es que los filtros burbuja nos hacen creer que la mayoría de la gente piensa como nosotros, al mismo tiempo que nos alejan de las opiniones disonantes. Como nos recuerda Pariser y advertía Adam Smith, la democracia requiere que los ciudadanos estén en contacto con las ideas extrañas, con lo diferente. Por el contrario, el filtro burbuja encierra a los usuarios en islas ideológicas.

Sospecho que este filtro tiene mucho que ver con la polarización extrema de las opiniones políticas que están aprovechando políticos extremistas, pero también con asuntos más triviales, como la sorpresa que se llevaron los votantes de Podemos cuando las elecciones dieron al traste con el sueño del sorpasso. Habían pasado tanto tiempo viendo cómo su página de inicio se llenaba de mensajes esperanzados, que muchos llegaron a sospechar que la victoria técnica del PP era el resultado de alguna clase de pucherazo.

Si permitimos que las redes sociales nos hagan creer que siempre tenemos razón, y que el resto de la gente piensa más o menos como nosotros, será una tendencia natural que los disidentes nos parezcan seres ajenos a la sociedad, parias o enemigos.

España is not Spain

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