Toros de la Feria de San Isidro: ¡ostras, qué morlacos!

Alejandro Talavante se llevó una oreja en una faena completa, con grandes tandas y con mucha verdad

Foto: El diestro Diego Urdiales, durante la faena a su segundo toro. (EFE)
El diestro Diego Urdiales, durante la faena a su segundo toro. (EFE)

Plaza de toros de las Ventas, 6 de junio de 2017.

27ª de Feria. Lleno de no hay billetes en tarde primaveral.

Seis toros de Victorino Martín, de entre 517 y 592 kilos serios, con los distintos tipos de su encaste, algunos vareados y lavados de cara en exceso, lo que produjo alguna protesta suelta. Por presencia, destacó el lote de Ureña, que luego fue el mejor junto con el primero de Talavante.

Diego Urdiales, de verde carruaje y oro, pitos y silencio con algunos pitos.

Alejandro Talavante, de fucsia y oro, oreja y silencio con alguna protesta.

Paco Ureña, de barquillo y oro, vuelta al ruedo tras dos avisos y silencio.

"¡Ostras, qué toro!", me salió decir al verlo en la plaza. No fue por comparación con sus dos hermanos precedentes, que fue del susto. Dos pitones de a metro equidistantes de sus palas, finas, blancas y separadas. Apuntando hacia el cielo como quien implora el agua. Sienes anchas y perfiladas que buscan vertiginosas la punta del hocico y que dibujan, triangulan, esa cara de rata tan propia de Albaserrada. Frente cana, entrepelada con flequillo prominente. Ojos vivos, brillantes, astutos y de mirar atrayente. Pecho fino, con principio de papada. Manos cortitas y cuello peligrosamente muy largo. Ancho de caja, bajito, de lomo recto que enseña al final el rabo. Morrillo redondo y culata potente, con la penca a la vista aunque lo mires de frente. Señal de toro bravo y bien hecho. Victorino prominente, de cartel de antiguas ferias, de esas bellezas cárdenas que anticipan lo siguiente.

"¡Ostras, qué toro!", alcancé a decir cuando se arrimó a la barrera. Y ya no solo fue de miedo, fue de admiración por su belleza, por su presencia, por su poder, por ese aura de fortaleza que irremediable y misteriosamente recorre en décimas los tendidos. Por ese trapío evidente que es conjunción de belleza y condensación de energía. Que es percepción visceral de esas anatomías desarrolladas para la pelea y que de forma intuitiva todos los animales descubrimos en el instante de cruzarnos con el otro, y que explican por qué nos da miedo un perro y risa otros, por qué nos asusta un bajito y nos da ternura un gordo. Trapío: esas caras que nos dan miedo y esas que nos reconfortan. No se puede ni explicar, hay que vivirlo. Y una de las cosas bonitas por las que ir a la plaza es sentir esa reacción que te brota de muy dentro cuando ves un toro bravo incluso cuando estás lejos.

Paco Ureña. (EFE)
Paco Ureña. (EFE)


Se encaminó galopando con todo mi reconocimiento hacia el burladero del ocho donde esperaba Ureña, y cuando llegó a sus dominios y en lugar de embestir se le paró en seco, no pude evitar gritar: "¡Ostras, qué toro!". Porque pensé en el torero y en lo que supone superar el miedo de enfrentarse a estas bellezas así criadas para cortarte el aliento. No es que me pillara de sorpresa lo difícil de torear con el capote un Victorino, pero la conjunción de frenazos, resoplidos, giros contorsionistas y esprines dejaron bien a las claras que Pastelero iba a ser de los de acortar la faena o tratar de buscar el triunfo aun muriendo en el intento.

No lució en exceso en el caballo, aunque se dejó pegar sin miedo y en banderillas se puso serio y esquivo, y con sus precauciones y advertencias dejó casi en evidencia una cuadrilla que, le hubiera pasado a cualquiera, no consiguió sorprenderlo. Puso el cárdeno sus arreos tan en el centro y tan a las claras que el run-run iba en aumento sobre hacia dónde la faena se decantara.

Y empezó a embestir Pastelero con esa mirada tan seria, con esa fuerza tan grande, con esa listeza tan viva, con esa bravura cambiante, que me volvió a salir muy de dentro: "¡Ostras, qué toro mi madre!".

Ese toro de jugarte la vida a una carta, de asegurarte la herida, de cambiarte la moneda, como antes se decía. Un toro que al principio tampoco pasaba en la muleta, y que solo la firmeza y la determinación del lorquino permitieron que fuera rompiendo para adelante conservando su fiereza, la búsqueda de zapatillas y las ganas de llevarse cualquier cosa por delante.

Alejandro Talavante. (EFE)
Alejandro Talavante. (EFE)


"¡Ostras, qué toro más difícil y qué toro más importante!". Pensaba yo y pensábamos todos. ¡Qué difícil estar delante! Bueno, y detrás y al lado y alrededor... Y qué difícil estar por encima y qué frecuente estar por debajo. El oficio de Ureña asumió el desafío técnico, sus ganas de ser torero el desafío inhumano. Faena de puerta grande o, con tantas ostras, relegarte al ostracismo de cuando te gana aquí un toro. De triunfo descomunal o de ostión muy importante.

Yo pondría esta faena para poder describir sin estas torpes palabras lo que es un toro serio. Un toro serio en la forma y un toro en el fondo serio. Que no abrió la boca, que no permitió un tonteo. Que te exigía sin bromas demostrar si eres torero. Y Paco Ureña lo hizo, y a pesar de lo duro del asalto resultaba triunfador hasta la estocada que, de no caer tendida y fallar con el descabello, hubiera encumbrado a un torero y a una faena, a un toro y a un ganadero...

Talavante, con más oficio, resolvió la papeleta del primero con la nota de una oreja. Si pensamos que presidía el levanta-aurículas, hurta-apéndices o roba-orejas del señor D. Javier Cano, deduciremos que ha sido una faena completa, con grandes tandas, con mucha verdad y temple, con el buen arte de Talavante. No comparto las protestas sobre la concesión de la oreja, pero tan enfrentado me siento al criterio del presidente que no he disfrutado del triunfo, quizá fue la estocada, quizá fue que la faena me pareció intermitente, quizás esas miradas al tendido que ahora prodiga Alejandro buscando el aplauso más fácil... quizá llevo muchos toros, quizá me mate Talavante...

Diego Urdiales nada pudo hacer con su lote. Nada. Le tocaron la cruz de los 'victorinox'. Esos de dar navajazos con precisión y multifunción suiza, de bonito diseño y construcción casi indestructible más aptos para el ejército que para ejercitar la lidia.

¡Ostras, qué toros los Victorinos! Solo me faltó el champán para hacerlo inolvidable.

Feria de San Isidro

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