“Hay dinero para estupideces como el ejército o los bancos y lo que choricean los políticos, pero para lo importante no”. “No se puede ahorrar en vidas”. “Recibiréis subvenciones, y bastantes, cuando un político tenga cáncer”. Decenas y decenas de mensajes en las redes sociales han mostrado su indignación por la noticia, adelantada por el diario Materia, de que el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) iba a tener que afrontar una ronda de despidos y rebajas de sueldos para tapar sus deudas.

La indignación es comprensible: en un país en el que se anuncian inyecciones de más de 30.000 millones en los bancos, o en el que se perdona las deudas a clubes de fútbol con presupuestos que multiplican por diez a los de la ciencia, los 24 millones de euros en tres años que necesita ahorrar uno de los mejores centros de investigación de España parecen una broma macabra que coloca, de nuevo, a los políticos en el centro de la crítica pública: recortan en ciencia, educación y sanidad mientras siguen pagando cantidades millonarias a la banca o a la iglesia.

Es una interpretación válida, aunque simplista. La crisis del CNIO tiene que ver con los problemas que causan los recortes en tiempos de crisis pero también con la pésima gestión que se hace de la I+D en España en época de bonanza. Hay tres explicaciones que justifican este razonamiento:

El presupuesto

El CNIO es uno de los primeros centros de investigación del cáncer del mundo. Además, fue uno de los ocho centros reconocidos con el primer distintivo Severo Ochoa de excelencia en España y, como tal, es una de las niñas mimadas del presupuesto en I+D. Es el centro español con mayor presupuesto aparte del CSIC, con 50 millones de euros, y la mitad aproximadamente de esa cantidad es una subvención directa del Estado, lo que significa que consigue unos 25 millones de euros al año en convocatorias competitivas.

El Ministerio de Cristina Garmendia preservó esas cifras, y la secretaría de Estado de Carmen Vela las ha recortado alrededor de un 5%. Es mucho dinero de menos y más para un centro que pelea por estar en la élite, pero es una cantidad muy inferior a la media de recortes, que ronda el 30%. La Administración se ha preocupado mucho de no ahogar a uno de los principales motivos de orgullo de la I+D española.

El agujero

Un borrador interno elaborado por el director gerente del CNIO, Juan Arroyo, aseguraba ya hace unos meses que el déficit de la institución era de 9,4 millones de euros.

En el Patronato celebrado el pasado día 31 se aprobó un nuevo plan de viabilidad partiendo de la base de que los tres millones de euros que se preveía ahorrar este año son insuficientesEn el Patronato celebrado el pasado día 31 se aprobó un nuevo plan de viabilidad partiendo de la base de que los tres millones de euros que se preveía ahorrar este año son insuficientes, y que los cuatro millones más que Vela ha prometido inyectar en el CNIO este año tampoco son suficientes. La entidad necesita ahorrar ocho millones de euros en 2014, 2015 y 2016, es decir, 24 millones de euros en tres años.

A los problemas de reducción de ingresos propios de la crisis, se suma la dificultad, que cada vez es más grave, de que el centro tiene que devolver los 43,7 millones de euros en créditos que pidió Mariano Barbacid, el anterior director del centro, para el  programa de terapias experimentales. Barbacid estaba asesorado por el mismo director gerente que hoy permanece en su puesto.

La bicefalia

El auténtico problema del CNIO está en su modelo bicéfalo de gestión, como ha denunciado en repetidas ocasiones el presidente de su comité científico, Joan Massagué. Tiene una dirección científica, que ostenta María Blasco, y una dirección económica en la que está al frente Juan Arroyo. El problema no es solo que la desconexión entre ellos sea absoluta.

La cuestión es que, además, su enfrentamiento se ha elevado varios escalones en la cadena de mando: Carmen Vela está del lado de Blasco y llegó a anunciar a Arroyo, a comienzos de 2012, que preparaba su relevo en un patronato que se celebraría unos días después y que, curiosamente, tardó muchos meses en celebrarse.

Las tensiones en la dirección de la I+D española, entre Carmen Vela y el gabinete de De Guindos, están imposibilitando resolver la crisis de uno de los mayores centros de investigación del paísArroyo tiene el apoyo explícito del gabinete del ministro Luis de Guindos, del que de hecho forma parte Jesús Hernández Carabias, hasta el año pasado, uno de los dos adjuntos al director gerente del CNIO -el otro, José Ignacio Fernández Vera, es ahora director de la Fecyt-.

Las tensiones en la dirección de la I+D española, entre Carmen Vela (que, recordemos, ha sido señalada por la prensa conservadora como una de las promotoras del movimiento de la zeja) y el gabinete de De Guindos, están imposibilitando resolver la crisis de uno de los mayores centros de investigación del país. Y lo que quizá es aún peor: están impidiendo dirimir de quién es la responsabilidad de la pésima gestión económica que ha llevado a uno de los mejores centros de investigación del cáncer en el mundo a acumular una deuda que le va a impedir concentrarse en invertir y crecer en, al menos, los próximos tres años.

Conclusión: 28 despidos y 36 "no renovaciones"

La mezcla de estos tres factores ha desembocado en un plan de viabilidad que, entre otras medidas, incluye 28 despidos y 36 “no renovaciones”, lo que afectará a las investigaciones en marcha, por más que el Ministerio se empeñe en negarlo, y que significa que, como en muchas otras áreas de la economía española, en la ciencia también son los de abajo los que pagan los errores de los de arriba.

Los empleados que trabajan con fondos procedentes de proyectos internacionales quedarán al margen, pero la medida afectará, inevitablemente, a algunos de los grupos de investigación básica, los pata negra del CNIO y a los que debe su prestigio internacional.

Al Gobierno le espera un septiembre caliente en la gestión de la ciencia. Tendrá que solucionar la crisis abierta en el CSIC y tendrá que afrontar las consecuencias de los problemas de la joya de la corona de la investigación del cáncer en España, que van más allá de los recortes puntuales que provoca la crisis y muestran un modo caciquil y antiprofesional de gestionar la ciencia que es el auténtico drama de nuestro sistema de I+D.