En un parto no se tiene ningún respeto por el cuerpo de la mujer

Todo vale en un parto con tal de facilitar la tarea del médico, desde episotomías a fórceps pasando por chutes de oxitocina. Tu bienestar es lo de menos

Foto: Doctores y enfermeras durante un parto en un hospital portugués en 2014. (EFE)
Doctores y enfermeras durante un parto en un hospital portugués en 2014. (EFE)

La historia de mi parto parece un concatenamiento de 'invents'. Por eso –antes de empezar– he de alegar que tengo un testigo ocular que puede dar fe de todo lo que os voy a contar.

Me había comprado un camisón de embarazada sexy para la ocasión, pero la matrona me entregó uno de color amarillo pis que me daba el mismo porte que a Bette Davis en '¿Qué fue de Baby Jane?'. Estaba terminando de cambiarme, observando la sala de dilatación con detenimiento, cuando se abrió la puerta y entró alguien vestido a medio camino entre la vecina de Valencia –con chubasquero y bolsa de la basura en la cabeza– y el asesino de 'Sé lo que hicisteis el último verano'. “¿Cariño, ¿cómo estás?”. Era el padre de la criatura. En su atuendo no faltaba un detalle. Hasta le habían metido los pies en unas mini bolsas de plástico verde fosforito a juego con una especie de gorro de ducha. De repente, yo era la mejor vestida de la habitación. Quieras que no, y dadas las circunstancias, eso me alegró la noche.

Llevaba como unos cinco meses sin verme el chichi. Necesitaba un descanso después de todo el periodo de gestación en el que, por supuesto, no pude salir, ni fumar, ni beber, ni comer grasas saturadas porque todo me engordaba a lo loco. Hay gente para la que esto no es importante, pero yo valoro mi vida social tanto como la profesional, y eso es mucho. Gané más de 20 kilos. Estuve a un paso de poder trasladarme como Boliche, el niño perdido de 'Hook', rodando de un lado a otro. Solo pensaba en salir una noche y beberme, por lo menos, la mitad del líquido que estaban reteniendo mis piernas en botellines.

Para colmo, mi hijo se retrasó en llegar cuatro días. Después de que pasaran cuarenta y ocho horas desde la fecha en que salía de cuentas, la matrona me recomendó comer piña –sobre todo el tronco–, beber té de frambuesa y follar mucho –alguna ventaja tenía que tener todo esto–. Se supone que este es un combo mágico que ayuda a que tu futuro hijo quiera salir a explorar el mundo. No funcionó. Tuvieron que practicarme la maniobra de Hamilton: la ginecóloga introduce un dedo para separar la bolsa amniótica de la pared del útero. Duele un poquito. Al día siguiente por fin comenzó la 'party'.

Como os iba diciendo, allí estábamos mi chico y yo en la sala de dilatación. Entró la matrona y me preguntó si iba a querer ponerme un laxante. Es bastante recomendable porque debido a los esfuerzos del parto, si tienes el estómago lleno, puedes acabar montando un cirio pascual en la habitación que ni Divine en 'Pink Flamingos'. Que te cagas encima, vaya. De la vergüenza que te entra, si ocurre, puedes dejar de apretar y complicar el final del embarazo.

Nos hacen creer que la anestesia es para que no suframos, pero no es cierto. Es solo una manera de reducir el tiempo de duración del proceso

Yo os juro que creía que no lo necesitaba, porque no tuve ningún problema de estreñimiento, pero resulta que sí. No daré más detalles de este asunto porque esto es un periódico serio y quiero seguir escribiendo aquí, pero sí me gustaría reconocer que aquello pesó más que mi bebé recién nacido. Por otra parte pensé: tranquila Henar, esto significa que no has engordado más de veinte kilos, visto lo visto habrán sido unos dieciocho. La operación bikini había comenzado.

Epidural para no aguantar caritas del personal

Si había algo que tuve claro durante todo el embarazo es que quería intentar llegar a término de la manera más natural posible. Esto no tiene nada que ver con movidas hippies-zen porque yo no creo en esas cosas, soy completamente protecnología. Con todo y con ello, la realidad es que nuestro cuerpo está preparado para los dolores del parto. Es importante que sepamos las consecuencias de permitir que 'medicalicen' nuestro alumbramiento.

¿Qué significa esto? Pues que como ya no sientes dolor, pueden empezar a manipularte para acelerarlo y evitar que te tires un día entero ocupando una cama. Los dolores que puedes llegar a sentir si la anestesia falla después de que hayan convertido tu cuerpo en una 'rave' son peores que si te clavan agujas debajo de las uñas.


La matrona me preguntó si quería la epidural y dije que no. Torció el gesto. Durante las dos horas siguientes volvió a preguntármelo como tres veces más. La última vez, y cito textualmente la conversación, me dijo:

- Al final la vas a querer. Debo saberlo con tiempo porque tengo que ponerte un suero antes para que estés hidratada.

- De verdad, te lo agradezco, pero prefiero continuar así.

- Voy a por el suero.

Y me puso el suero por sus santos ovarios. Entendí perfectamente a las mujeres que llegan con intención de tener un parto natural y acaban pidiendo la epidural. ¡No paran de ofrecértela! Al final, somos seres humanos y estamos sintiendo dolor. Mientras tratamos de lidiar con las contracciones, una persona se acerca a ti cada media hora para decirte que tiene el remedio a tu pesar. Lógicamente, llegado a cierto punto, es difícil resistirse. Todo sería mucho más sencillo si colaborasen y respetasen tu decisión. Así que unas cuatro horas después claudiqué y dejé que punzaran mi columna vertebral.

En el momento en que acepté la epidural, la matrona respiró tranquila. Os lo juro. De repente tuve la sensación de que les había estado jodiendo la jornada laboral, como si por fin les hubiera dado permiso para empezar a trabajar. Primero pasó el anestesista y, al poco, otra matrona me rasgó la bolsa. Yo no había roto aguas, sabía que el parto había comenzado por el dolor intenso e intermitente en el abdomen. Mientras una matrona recogía el líquido amniótico, otra fue colocándome la oxitocina.

Una vez que la epidural hace efecto –y como ya no sentimos dolor–, pueden utilizar estas estrategias y medicamentos para producirte más contracciones y con ellas acelerar el parto. Quiero decir, siempre nos hacen creer que la anestesia es para que no suframos durante el alumbramiento, pero no es cierto. Es solo una manera de reducir el tiempo de duración del proceso.

La función del dolor en el parto

El dolor en el parto tiene una función que es la de indicarte por dónde va el niño, lo que está sucediendo, si debes empujar más, etc. Si no sientes nada y no sabes si estás forzando lo suficiente, lo más probable es que lleguen complicaciones en forma de fórceps, ventosas o espátulas. Este instrumental sí que produce desgarramientos y situaciones dignas del mejor David Cronenberg. ¿De qué sirve utilizar una anestesia que te alivie el dolor de unas horas si luego deberás lidiar meses –o años– con las consecuencias de un desgarro generado por unos fórceps? Esto es lo que yo llamo pan para hoy y hambre para mañana.

Si les importara lo más mínimo nuestro cuerpo o el dolor que sufrimos, en primer lugar no pariríamos tumbadas. No sé si sabéis que la única razón por la que lo hacemos de esta manera, y no en cuclillas o de pie, es porque el rey Luis XIV exigió ver cómo sus descendientes venían al mundo. Los médicos descubrieron que era mucho más cómodo para ellos. Parir tumbada tiene la misma lógica que cagar tumbada: ninguna. El esfuerzo que tenemos que hacer se multiplica.

Tampoco realizarían episotomías a no ser que fuera estrictamente necesario. Se trata de una incisión en el periné que se realiza supuestamente para evitar desgarros, pero teniendo en cuenta que lo practican casi por defecto cuando una mujer va a parir, yo diría que es por comodidad del médico. Quiero decir, ¿se imaginan que a los hombres les cortaran un huevo “por si acaso” cada vez que llegaran a una consulta con unos síntomas determinados? ¿No, verdad?

Si les importara nuestro cuerpo o el dolor que sufrimos, no pariríamos tumbadas. Parir tumbada tiene la misma lógica que cagar tumbada: ninguna

Recuerdo entrar en colapso cuando el jefe de ginecología de un hospital del centro de Madrid dijo en una charla de preparación al parto que era de ser muy “ingenua” pensar que no iban a realizarte la episotomía. De hecho, el mejor consejo que puedo daros, si estáis embarazadas, es que si vuestra pareja o algún familiar va a estar con vosotras dentro de la sala le encarguéis que evite que el médico meta la tijera nada más comenzar.

Para colmo, el hospital donde di a luz es universitario. Yo no quería ir allí, pero a las tres de la mañana –y después de dos horas esperando en el hospital que sí había escogido– me dijeron que no había camas y que tendrían que trasladarme. Era agosto. ¡Claro que había camas! Lo que no había era personal, pero este es otro tema. Como iba diciendo, al tratarse de un hospital universitario, participan en el proceso una media de quince personas. Os juro que aquel día me metió más gente la mano en el coño que en toda mi adolescencia.

(EFE)
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La matrona principal explicaba cómo se determina la cantidad de centímetros que has dilatado y unos tres o cuatro futuros médicos metían su mano para poner en práctica lo que estaban aprendiendo. Otros tantos miran el panorama. Mi novio permanecía a mi lado cogiéndome la mano vestido de Vecina de Valencia. Y yo ahí, con las piernas abiertas como si mis genitales fueran un garito y repartieran gratis copas dentro.

Cesárea a la vista

Finalmente, pasó lo que no quería que pasase. Empecé a sentir dolor y avisé a una de las doctoras. Me comentó que me prepararían nuevas dosis de anestesia. Nada. El dolor cada vez era más fuerte y la epidural definitivamente no cumplía su función. Colocaron la cama en forma de trona porque el niño me estaba pinzando el nervio de una pierna y ya no era capaz de seguir tumbada –las camas de ahora son como Transformers para que podamos establecernos como nos resulte más cómodo si es que el doctor lo permite–. Empecé a sentir las contracciones brutales que me habían generado con la oxitocina. No terminaba una y empezaba otra. Me vomité encima varias veces. Miré la cara de mi pareja que no pudo evitar ponerse a llorar al verme retorcerme de aquella manera.

Llamaron corriendo al médico y tal y como entró por la puerta le pregunté si me estaba muriendo. Me dijo que no, que aquellos dolores solo eran producto de las contracciones. Contracciones –repito– generadas artificialmente. Contracciones brutales que el cuerpo no puede ni está preparado para soportar a no ser que lleves más drogas encima que Ramón de Pitis. Me llevaron al quirófano.

Empecé a sentir las contracciones brutales que me habían generado artificialmente con la oxitocina. Me vomité encima varias veces

Me desperté unas cuatro horas después. No tenía a mi hijo conmigo. Nadie sabía decirme si estaba mal o bien. Solo recordaba haberle visto una microdécima de segundo medio adormilada y con dos matronas sujetándome los brazos en el quirófano. Aunque estaban programados quince minutos para visitas familiares de los pacientes que estábamos en aquella unidad de vigilancia, nadie había avisado a mi pareja de que podía venir a verme.

Me miré el vientre y pensé que Leatherface debió ser el encargado de coserme porque me habían generado una doble tripa horrible, como si hubieran hecho un guruño con las pieles internas y hubieran cosido sin más. Me dijeron que no me preocupara, que aquello bajaría en unos meses y volvería a tener todo en su sitio. Mi hijo tiene un año y un mes y ahí sigue.

Podría deciros que todo esto son chorradillas, que al fin y al cabo mi hijo está sanísimo, pero mentiría. Ya basta de que se descuide nuestro bienestar con la excusa de que lo único importante es el niño. ¿Es que nosotras no importamos? No somos vasijas que poblamos el mundo, somos personas. No tenemos porqué pasarlo mal sin motivo ni soportar el poco respeto que la medicina androcentrista tiene por nosotras y nuestro cuerpo. Poder es querer, lo que pasa es que no quieren.

Con dos ovarios
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