A los compradores de bebés: no somos vasijas y la genética nos avala

Creer que un ser humano que se ha desarrollado en el interior de una mujer durante nueve meses no tiene ningún lazo con ella es desconfíar mucho de la naturaleza y confiar demasiado en el capitalismo

Foto: Una mujer espera a un asesor junto a decenas de retratos de bebés en una clínica de fertilidad en Bangkok. (EFE)
Una mujer espera a un asesor junto a decenas de retratos de bebés en una clínica de fertilidad en Bangkok. (EFE)

Algún día, la OMS registrará la falta de empatía como pandemia mundial. Desde que las más de 20 familias españolas quedaron atrapadas en Kiev después de adquirir un bebé, no he dejado de leer declaraciones absolutamente escalofriantes sobre cómo se desarrollan estos procesos. Son muchas las familias que se han dejado entrevistar y que han comentado, en un alarde de psicopatía disfrazada de gratitud al prójimo, que entraron al paritorio para cortar el cordón umbilical, que estaban preparados para recoger al bebé nada más abandonar el cuerpo de su madre e, incluso, que alguna de ellas tuvo que divorciarse porque la ley había dejado de permitir que casadas gestaran para terceros. Todo esto en nombre del altruismo y adornado con agradecimientos y frases de Mr. Wonderful, como si las mujeres tuviéramos la obligación de renunciar a nuestro cuerpo en favor de la felicidad de unos desconocidos y de hacer de este un mundo mejor. De verdad que sentía que algunas palabras salían directamente de la boca de Serena Joy u otros personajes de 'El cuento de la criada'.

En casi todas estas ocasiones, los compradores finiquitaban sus discursos con un “al fin y al cabo, no es nada de ella”, “genéticamente, no es nada suyo” y otras frases similares. Parece un mantra común, un rezo que se ha propagado entre los progenitores de pago que han debido decidir repetirse para no sentir que lo que están haciendo es explotar el cuerpo de una mujer y comprar un ser humano. Es curioso, porque en un reportaje que realizaron en 'En el punto de mira', de Cuatro, una de las madres ucranianas también aseguraba tener que repetirse cada día que ni el bebé que crecía en su interior, ni ese embarazo ni ese parto eran suyos, para que así, cuando llegara el momento de entregar al recién nacido, no lo viviera como algo traumático. Algo me temo imposible: lo decía limpiándose las lágrimas. Ambas partes necesitan acallar la voz del sentido común, una para no sentirse culpable y la otra para no sentir dolor.

Quiero dejar la cuestión ética a un lado, ya he vivido lo suficiente como para comprender que el ser humano es absolutamente despreciable. Pero sí quiero explicarles a todas esas familias que compran bebés que por favor busquen otra manera de lamerse las heridas. Que dejen de repetir que esos niños no portan nada de la madre que los ha parido y que el hecho de pagar les convierte en progenitores. Además de generar una visión de la mujer en la que no es más que una incubadora, están afirmando algo que es mentira. Creer que un ser humano que se ha desarrollado en el interior de una mujer durante nueve meses, que lleva su carne y su sangre, no tiene ningún lazo con ella, es desconfíar mucho de la naturaleza y confiar demasiado en el capitalismo.

Les recomiendo a quienes consideran que podemos hacer exclusivamente funciones de horno que empiecen a leer sobre epigenética. Se trata del estudio de los procesos que modifican y varían la expresión del ADN sin alterar su secuencia. En el caso de los vientres de alquiler, un nuevo ser llevará los genes de quienes hayan cedido el material para el embrión. Sin embargo, el estado de la madre, su forma de vida, sus costumbres, etc. podrían generar marcas epigenéticas que, sin poder considerarse genes, sí influyen en la genética del nuevo ser.

Lo explicaré de la forma en que me lo enseñaron a mí: el genoma humano funciona de la misma manera que una partitura musical. En un pentagrama encontramos una secuencia de notas, pero existen otros símbolos que nos indican cómo hemos de tocarlas. Podremos hacerlo más rápido o leerlas en clave de Sol o de Fa. Tampoco sonará igual si le damos vida a esa partitura con un piano, un violín o una guitarra eléctrica. Todas estas variantes se corresponderían con las marcas epigenéticas. Su verdadera madre, esa que le gesta y le trae a este mundo con el sudor de su frente, esa a la que sus pechos se llenan para alimentar al ser al que acaba de dar la vida, también interviene en su expresión genética.

Y la cosa no acaba ahí. En el libro 'La maternidad subrogada. Qué es y sus consecuencias', dirigido por Nicolás Jouve, catedrático de Genética por la Universidad de Alcalá, se asegura que “entre las marcas biológicas se ha demostrado la presencia en muchos órganos de la madre gestante de ADN y células fetales diseminadas, que permanecerán de por vida en su cuerpo, contribuyendo incluso a la reparación de algún daño ocasional en los tejidos u órganos maternos como un medio de autoprotección del feto durante su desarrollo". Es decir, se produce una simbiosis entre la madre gestante y el feto que lleva en su interior. Ella influye en la expresión genética de él, pero también ese nuevo ser podría modificar la de ella.

La gestación no se puede subrogar. Nadie puede gestar en el lugar de otra mujer. Como nadie puede comer o mear por otra persona. Si esto realmente fuera así, no existirían paquetes que permitieran escoger el sexo del bebé o que te devolvieran el dinero si el niño no nace sano. Una mujer que quiere ser madre y que ha sentido cómo ese niño ha crecido en su interior y que ha tenido que parirlo, no lo repudiaría porque fuera de un sexo u otro, ni permitiría que lo llevaran a un orfanato si nació con alguna anomalía, ni lo dejaría morir solo en el hospital porque llegó a este mundo gravemente enfermo. Todo esto son historias reales, aberraciones del sistema capitalista que permite que se encarguen seres humanos a medida como si fuesen muebles.

No sé hasta qué punto alguien a quien no le importa entrar a un paritorio a cortar el cordón umbilical, y no cederle ese primer abrazo a la mujer que ha dado la vida a un recién nacido, cumple con los requisitos para ser padre y criar con humanidad a otra persona. No me extrañaría que muchos de esos niños busquen a sus madres cuando sean mayores. Aunque ahora sus compradores quieran negarlo, llegará un momento en que tendrán que rendirse a la evidencia de que la sangre tira. Quizás en un futuro veamos en la televisión reportajes como los de los niños robados y entonces nos echaremos las manos a la cabeza. ¡Viva la madre que me parió! O la que de verdad fue generosa y me adoptó.

Con dos ovarios

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